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¿En qué consiste la «santa indiferencia» de los santos?

Sue McDonald | Shutterstock

Carlos Padilla Esteban - publicado el 07/10/17

Decir sí a los planes de Dios me salva de la angustia en el presente y en el futuro

Creo que el sí es la palabra más bella que puedo pronunciar con mis labios. El sí de María en la anunciación del Ángel cambió la historia de los hombres. Un simple sí dicho desde la experiencia de la propia pequeñez. Un sí audaz y valiente.

Tal vez mi felicidad consista en ser capaz de decirle sí a Dios cuando me invite a seguir sus pasos. Sí a estar con Él. Sí a mi vida tal y como es hoy, en este mismo momento. Sí al peso de la cruz que cargo y a la renuncia que me exigen mis pasos. Sí a mis talentos. Sí a mis defectos. Sí a las personas con las que comparto el camino.

Tengo claro que hay muchos síes en medio de mi vida que me cuesta dar. Siempre de nuevo vuelvo a ellos, para no olvidarme, para no dejarme llevar por las prisas, por los vientos. Vuelvo a poner mi mano sobre el madero de la cruz. Mi mano firme. Y con voz pausada digo que sí.

Y de repente lo veo de nuevo, mi sí cambia el mundo. No sé cómo sucede pero lo cambia. Mi sí construye la vida. Cambia mi propia vida. Es curioso. Cambia mi forma de vivir, de esperar, de soñar, de mirar. Y al cambiar mi vida cambia también la de otras personas. Mi sí afirma mi corazón en terreno seguro y afirma el corazón de otros.

Pero a veces siento una resistencia dentro de mí a decir que sí. Dudo, me da miedo, me asusta. Es como si dudara de las capacidades de Dios para conducir mi vida.

Si Él es Padre, si Él me quiere, ¿por qué tengo miedo? ¿Por qué no me entrego por entero y me abandono? Trato de retener las riendas en mis manos. Para que la vida no vaya por cualquier lado.

Me da miedo. No sé si decirle sí a los planes de Dios para mi vida. ¿Y si no me gustan? ¿Y si pierdo demasiado al confiar de forma inocente? ¿Y si Él que conduce mi vida no sabe tan bien como yo lo que me conviene?

Entonces me doy cuenta. Vivo tantas veces inquieto y con angustias. Angustiado por lo que puede venir. No tengo seguridad. Me siento frágil en medio de un mundo lleno de violencia y de odio.

Dudo de mi capacidad para ser fiel al sí dado hace tiempo. Dudo de mi amor que tantas veces es inmaduro. Dudo de mi fuerza de voluntad para levantarme de nuevo cada mañana y empezar un nuevo día.

Dudo de mis afectos desordenados. Dudo de mi honestidad para ser fiel a mis valores y principios y no dejarme llevar por lo que el mundo piensa.

Dudo de mi valentía para levantarme de nuevo después de una caída. Dudo de tantas cosas que suceden a mi alrededor y me hacen temer por mi vida. Dudo porque no sé si seré capaz de hacer lo que me piden. Dudo y me angustio.

Y busco en el mundo, entre los hombres, la seguridad que necesito. Y no lo logro. Me siento inseguro. Pero yo insisto una y otra vez. Y choco con la misma piedra que me impide el paso. Y no lo logro. Quiero una seguridad para caminar tranquilo. Pero no la obtengo.

Decía el P. Kentenich: No pretendamos tener la seguridad de una mesa sino aquella del péndulo. Aquí en la tierra no hay seguridad alguna que pueda serenarnos. Sólo hay un péndulo que oscila en el aire. La solución de todos los problemas reside en la vinculación íntima, sencilla y filial al Padre. Si no os hacéis como los niños, no podréis entrar en el reino de los cielos [1].

No hay en la tierra una seguridad que pueda serenarme. Esta afirmación me da paz. Entonces cobra más fuerza mi sí filial. Es un sí sólido y profundo que repito cada mañana, cada noche.

Quiero ser capaz de darle el sí a los miedos que me amargan. A los temores que me angustian. Sí a lo que pueda pasar. Sí a lo que temo con nombre y apellidos. Sí a lo peor que pueda suceder. Sí de antemano. Si ocurre ya no será tan duro, porque el sí ya se lo habré dado antes.

Ese sí me salva en el presente, porque me permite vivir con paz. Y me salva en el futuro, si es que llega a suceder lo que temo ahora. Es la santa indiferencia que viven los santos.

Jesús me invita a seguirlo hasta la cruz, cargando con mi cruz. Y yo le digo que sí. Se lo digo con fuerza, desde dentro, desde lo hondo. Una fuerza interior mueve mi corazón.

Quiero pensar en todas mis angustias. En todas las cosas a las que me cuesta decir que sí. Se lo digo de rodillas. Como ese hijo que dice que sí con su vida. No sólo de palabra. Quiero que mi sí se haga carne. En obras, en gestos.

¡Cuántas veces le he dicho que sí a Dios con los labios pero luego veía mi corazón anclado al mundo, oscilando de un lado a otro, mecido por las olas! ¿Cómo es mi sí a Dios y a mi vida como Él la quiere hoy?

[1] J. Kentenich, Niños ante Dios

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