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¿Sabes por qué a Dios no hay que intentar comprenderle?

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Nunca podremos meter a Dios en nuestro intelecto. Sólo hay algo que podamos hacer...

De que nos sirve tener el intelecto tan despierto si tenemos el espíritu -el alma- tan dormida. De que nos ha servido saber tanto, poseer vastos conocimientos si entre más sabemos más nos alejamos de la fuente de la verdadera sabiduría.

Sabemos que a Dios no hay que entenderlo, solo hay que amarlo. Porque al amarlo sucede algo grande y milagroso, todo comienza a tener sentido, como si de verdad el concepto de Dios y sus obrar cupieran en nuestro intelecto.

Claro que no es así. A Dios nunca le podremos abarcar porque es infinito. Es entonces cuando nos vamos conformando con lo que vamos conociendo de Él, con lo que Él mismo se nos va revelando conforme a su bendita voluntad. Ni poco ni mucho, es lo suficiente para nuestro entendimiento, para abrazar su amor.

Con Dios sucede algo “extraño”, es una saciedad que no sacia jamás. Es como tomar agua cuando sentimos sed para saciar nuestra necesidad. De momento se nos quita ese deseo, pero en un rato sentiremos nuevamente ese apetito. Es decir, entre más conocemos a Dios, más le deseamos -le necesitamos-. Y así le iremos amando “in crescendo” hasta que llegue el momento de respirar, de mirar, de vivir a través de Él y que solo Él -La Verdad- sea quien nos posea.

Amar a Cristo es vivir en Él. Vivir en Gracia de Dios es poseer “La Verdad”, a Jesús. Un día platicaba con mi hijo sobre lo que es la Gracia de Dios y de cómo actúa en nosotros hasta poseernos y que de esa forma los demás puedan ver a Cristo en y a través de nosotros. Me hizo esta comparación: la gracia de Dios se parece al aroma del pan recién hecho -del que te quieres comer, pero de ya- que expiden esas deliciosas panaderías. Es una fragancia que te atrae, que te llama. La sigues hasta que das con el lugar de dónde proviene. Entras porque ya no resistes más el “buen olor”.

Al estar ahí tú tienes la opción de comprar el pan o no. Y como es tan agradablemente delicioso ese olor, no resistes más, lo compras y te lo comes. Lo mismo sucede con la Gracias santificante de Jesús. El aroma del pan actúa como lo hace la Gracia de Dios, te ronda, te atrae, ahí está, pero tú decides si la sigues -la aceptas- o no.

Cuando eliges decir sí a que su Gracia -Jesús- te conquiste, cuando te alimentas de Él ya sea por medio de su Palabra o de los Sacramentos Él entra a poseerte, a hacer morada en ti y te impregna de su aroma – bonus odor Christi. Llevarás ese aroma porque Jesús vivirá en ti. Las personas podrán oler a Jesús en ti porque tú lo transpirarás -reflejarás a Cristo- por donde quiera que pases. La gente te verá y reconocerá lo que hay dentro de ti sin necesidad de que tú digas nada. Y tú, tan solo con tus actos manifestarás cómo San Pablo: “Ya no soy yo quien vive, sino Cristo que vive en mí.

Decía San Josemaría: El “bonus odor Christi —el buen olor de Cristo es también el de nuestra vida limpia, el de la castidad —cada uno en su estado, repito—, el de la santa pureza, que es afirmación gozosa: algo enterizo y delicado a la vez, fino, que evita incluso manifestaciones de palabras inconvenientes, porque no pueden agradar a Dios.

Hoy más que nunca hay que esforzarnos por vivir en La Verdad, en la Bondad, vivir la Belleza de las perfecciones que hay en Dios, por manifestar todos estos atributos que hay en Él por medio de nuestras acciones y desde nuestra trinchera, de una manera pura -casta-, siempre con rectitud de intención y buscando solo el Bien.

Seculares sí, pero sin secularizarnos. Vivimos en medio del mundo, pero no somos mundanos -del mundo- y es aquí donde tenemos que dar testimonio de esta Verdad. Sí, es una realidad que hoy esta Verdad, -la de Cristo- choca, cae mal, repele y muchas veces será despreciada, malbaratada y hasta prostituida.

Aún así nuestro papel será ir contra corriente -“Duc in Altum”-, defenderla como Él nos enseñó a hacerlo, con caridad; seguir poniendo las verdaderos del Evangelio en alto, echar las redes de nuestra fe y que con tú ejemplo y el mío arrastremos a quien esté listo hacia la Verdad.

Esto es muy importante: solo quien esté preparado entenderá y aceptará el mensaje. Por lo mismo, no nos desesperemos si nos oyen, pero no nos escuchan; si nos ven, pero nos ignoran. Perseveremos en nuestra fe y vida de piedad. Hagamos más mortificación y sacrificio por ese que teniendo oídos no quiere escuchar y que teniendo ojos elige no ver.

A cada uno nos llega nuestro momento, el de sentirnos enamorados de Jesús para luego dar el gran paso: amarle profundamente, como si nunca hubiera habido un antes ni un después. Como si el tiempo se hubiera detenido y jamás hubiéramos vivido fuera de Él. Como si no hubiera nada más en este mundo que su amor. Ni antes ni después, Dios nunca llega a destiempo.

Cuando visito a “La Verdad”, a Jesús Sacramentado en el Sagrario siento como si el tiempo se detuviera. Lo observo, me meto en Él hasta hacernos uno, le permito que me posea. Me dejo amar por Él y entre suspiro y suspiro yo solo atino a decir como la Sierva de Dios Alexia González Barros: “¡Qué bien se está aquí!”

Es tantísimo el amor que está en mi pecho que le tengo que pedir a Jesús que me preste por un momento su corazón para amarle a través de él porque el mío está a punto de estallar de gozo. Mis lagrimas simplemente brotan por la emoción tan inexplicable que experimento y Él me deja llorar y de rato me las enjuga. Converso con Él, a veces hablo yo, a veces Él.

Podría pasarme horas hablándole de amor: “Amado mío, mi dulce y tierno amor. Si así me siento aquí, flotando y que el alma se me quiere desprender del cuerpo, qué será cuando esté viendo tu rostro, cuando esté cara a cara perdida en tus ojos, tus manos acariciando mis mejillas y que con amor me des la bienvenida a la morada eterna con la Trinidad Beatísima”.

Ese es el anhelo más grande de mi vida, estar con mi Cristo para siempre y ser merecedora de un beso, pero de uno eterno y no separarme jamás de Él, del amor de mis amores. No sé cuando será eso que tanto mi alma ansía y muestras ese día tan deseado por mi corazón llega desde donde estoy le sigo amando como mi Verdad absoluta. Para mí no hay más Verdad que Él quien por su Gracia y amor vive en mí… Y en ti…

 

 

Tags:
alma
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