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Docentes que son auténticos maestros

© Alain PINOGES/CIRIC
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Un homenaje para todas aquellas personas que trabajan en la educación de niños y adolescentes

Docente viene del latín docens (el que enseña). Se refiere a la persona que da conocimientos. Es así como se les denomina en muchos países y de hecho se les paga por que cumplan la misión que se les encomienda: transmitir al niño y adolescente una serie de conocimientos para que este pueda desarrollarse en una materia en el futuro y llegue a ser competente en ella.

Sin embargo, creo que estaremos de acuerdo en que la palabra docente se queda corta al valorar la tarea de quien enseña, porque en su sentido más profundo va más allá de la transmisión de conocimientos. En los 60 minutos que dura una hora de clase, todo lo que ocurre dentro del aula afecta -para bien o para mal- al menor: le influye el vocabulario del docente, la forma que este tiene de relacionarse con sus colegas y con el resto de alumnos, cómo trata el material escolar, qué actitud adopta ante una contrariedad… Todo, absolutamente todo, es percibido por el alumno y no solo lo que aparece en las guías de estudios.

Cada uno de nosotros podríamos describir el carácter y el temperamento de los docentes que nos enseñaron a lo largo de los años de escuela, porque los conocemos al dedillo muchas de las veces sin que ellos se lo propusieran. Y podemos hablar de qué valores respiraban y transmitían.

El docente es la persona en quien los padres confían para que complete la educación que ellos dan en la familia. Por ley natural no sería necesario tener escuela puesto que el responsable de dar la educación es el núcleo familiar. De verdad, aunque resulte chocante, la escuela no es un derecho natural del menor; lo que es un derecho del menor (y una obligación de los padres) es la educación, y ésta se puede recibir donde y como ellos consideren más adecuado. En ellos recae esa responsabilidad y solo por delegación recae sobre otras personas.

Sin embargo, la escuela surge como delegada en la educación cuando los padres y familiares cercanos no alcanzan a cumplir su cometido en toda su dimensión. ¿Qué padres podrían estar preparados hoy para enseñar todas las materias obligatorias? ¿Inglés, Física y Sintaxis en el mismo grado? Si la respuesta es sí, enhorabuena, pero no suele ser lo habitual. Millones de padres acuden en ayuda de la escuela como una extensión de su familia.

Muchos padres, desde hace siglos, se saben poco especializados para poder dar a sus hijos conocimientos como Geografía, Historia, Biología, Matemáticas, Música, Ortografía, Literatura, Geometría… Deciden por eso delegar en los expertos. Y ahí aparece el docente, que a veces se encarga de dar todas las materias, sobre todo en niveles primarios, o bien solo se encarga de una asignatura mientras que el resto del equipo escolar completa el cuadro de conocimientos.

Pero el docente no es una máquina expendedora. ¿Le doy al botón de 1 hora y suelta al niño un paquete de información que tiene continuidad con el que le dio ayer y con el que mañana seguirá dándole? No se trata de eso. El docente es mucho más. Se hace cargo de cada menor y aquella hora en que está con él pasa a formar parte de su trayectoria vital, de la de ambos.

© public domain

Una persona respetable y respetada

El docente, en este sentido, es maestro. De nuevo el latín nos da la pista sobre qué significa esta palabra. Maestro viene de magister. Magis significa más y –ter es un sufijo que indica comparación. Así, el magister era el “más entre otros, el más de un grupo”. En el Imperio Romano, el magister era el encargado de dar la formación a los hijos de los patricios, la clase superior.

Cuando se buscaba a alguien que les enseñara retórica o gramática, no solo se pensaba en los conocimientos de esa materia, sino en que debía ser un hombre respetable, que inculcara en los hijos valores sólidos para que el día de mañana fueran dignos de su estirpe. El magister era también una autoridad moral, porque era el tutor de la criatura, el que le orientaba en la toma de decisiones.

La vocación del docente es siempre de servicio. Educar, en efecto, es una de las tareas más nobles que puede llevar a cabo una persona en su vida porque es conducir a otro en su camino hacia la perfección. Bueno, lo de alumnos y la perfección, mirando a los chavales a la hora del descanso o a la salida, o el día de examen… como que no. Pero se intenta, ¿verdad? Algunos días te los comerías con patatas, pero otros, los más, el docente sabe que está trabajando la mejor tierra que uno puede trabajar en el planeta.

Los docentes con vocación de maestros educan, acompañan, guían. Son realmente una autoridad que en ocasiones conforta y protege y en otras tira para arriba con fortaleza. El docente que es en verdad maestro conoce bien a sus alumnos. Son muchos los padecimientos cuando el grupo de escolares es malo, pero todo vale la pena con saber que al final has podido sacar de ellos “el mejor tú” que contenían, la mejor de sus versiones.

Les contaré una anécdota personal. Hace pocos años leí mi tesis doctoral en Comunicación. Yo ya tenía más de 40 y me había costado lo suyo llegar a poner punto final y encuadernar aquella investigación. En la sala, además del tribunal, había muy pocas personas: unos familiares y un grupo restringido de amigos.

Al final de la defensa, ya cuando me hubieron dado la calificación, di a conocer al tribunal un detalle: en la sala había una invitada muy especial, que para mí era importante. Se trataba de la maestra del pueblo, que me enseñó a leer. Ella no sabía que estaba invitada por ese motivo. Consideré que esa podía ser mi mejor forma de agradecimiento. Estoy segura de que, como yo, cuando muchos de nosotros piensa en cómo llegó a obtener el grado, el doctorado, el éxito profesional o la felicidad en la familia, no olvida a los docentes que la acompañaron en cada paso.

Feliz Día Mundial del Docente.

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