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¿Por qué los santos son santos?

CEILING FRESCO, SAINT NICHOLAS CHURCH

Jiuguang Wang | CC BY SA 2.0

AASCJ - publicado el 02/10/17

Al mirar su vida, se constata un principio básico de sus actividades

Si nos dedicamos atentamente a la lectura de la vida de los santos, si los observamos con cuidado, acompañándolos en las luchas que emprendieron y en los trabajos que soportaron heroicamente, nos daremos cuenta de que la oración fervorosa y continua ha constituido el principio básico de su actividad.

Muchas veces se abstenían de la comida, bebida o el reposo del sueño, pero nunca dejaban de rezar. Sus palabras, sus trabajos, sus ocupaciones estaban impregnados del espíritu de oración.

Incluso cuando se dedicaban todo el día a las obras de caridad, a la enseñanza, a la predicación o a cualquier otra actividad obligatoria, no olvidaban jamás la oración, pasando gran parte de la noche en contemplación y meditación.




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Cómo es edificante la descripción de la vida que llevaban los anacoretas y los monjes del desierto. Cómo se dedicaban esos hombres a la oración.

San Antonio, inspirado por Dios, intentó un día descubrir dónde se encontraba el gran ermitaño san Pablo. Al llegar al lugar donde se hallaba, santificaron ambos ese día, dedicándose exclusivamente a la oración y los santos coloquios.

En la noche, se les apareció un cuervo que traía un pan en el pico. «Mira cómo Dios es bueno», exclamó Pablo. «Desde hace 60 años Dios me manda cada día medio pan con su mensajero; y ahora, para conmemorar tu llegada, me manda el pan entero».

Conmovidos y llenos de reconocimiento por la dádiva recibida, siguieron alabando a Dios con la mayor devoción posible y así se quedaron toda la noche, sólo alimentándose con el pan después de las oraciones.

Este es sólo un ejemplo de muchos y que nos enseña cuál es el espíritu de oración de los santos anacoretas.




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Es admirable también el espíritu de oración manifestado por san Patricio, apóstol de Irlanda. Fue debido a su trabajo y celo que esa isla se convirtió, volviéndose verdaderamente un pueblo cristiano.

Rezaba diariamente todo el Salterio; hacía cada día 300 genuflexiones, se persignaba cientos de veces. Dividía la noche en tres partes: la primera la pasaba de rodillas, la otra de pie, rezando, y la última parte la destinaba al sueño.




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San Francisco de Asís permanecía también muchas noches en oración, dedicándose a ella la mayor parte de su tiempo. Los hermanos, sus compañeros, solían observarlo y en muchas ocasiones lo oyeron repetir una infinidad de veces: «Mi Dios y mi todo». Se retiraba con frecuencia en soledad para rezar.


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Santo Domingo estaba todo el día entre la predicación y los trabajos apostólicos. Durante la noche, se postraba frente al altar, y cuando la Iglesia se encontraba cerrada, se arrodillaba frente a la puerta, y se quedaba así durante muchas horas, en oración.




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A santa Isabel de Hungría le gustaba mucho rezar, se consagraba completamente a la oración. Rezaba no sólo durante el día, en determinadas horas, sino también por la noche se levantaba de la cama, se ponía de rodillas en fervorosa oración. Su alma, impregnada de fe y piedad, se aproximaba aún más a Dios, suplicando por la pobre humanidad pecadora. Sólo abreviaba la oración cuando su esposo la reclamaba, temiendo que el exceso de fervor la hiciera enfermar.


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San Antonio, el popular san Antonio, antes de ser llamado a la vida apostólica, se entregaba a la contemplación. Más tarde, al volverse predicador y doctor en teología, seguía rezando mucho. Con frecuencia saludaba a Nuestra Señora, recitando el bello himno «O gloriosa Domina», repitiendo a menudo la antífona: «Ecce crucem Domini», para ahuyentar al demonio.




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San Luis Gonzaga tenía gran predilección por la oración. Le daba mucha pena cuando tenía que interrumpirla, y se le notaba claramente. Se quedaba muchas veces de rodillas cinco horas seguidas.

La vida de san Alfonso María de Ligorio también es bastante conocida. Compuso y legó de su trabajo las más bellas visitas al Santísimo Sacramento y a María Santísima. Ilustró a la Iglesia con un bello libro en que demuestra la utilidad y la necesidad de la oración. Lo que recomendó intentó ponerlo en práctica con todo su fervor y ardor. Vivía rezando.




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Podríamos citar muchos nombres de otros santos, hombres seculares, sencillos trabajadores , como san Isidoro, o militantes que se constituyeron defensores de la patria, los que se esforzaron por ejercer el trabajo civil del funcionalismo, monarcas en todo el apogeo de su poder, como el emperador Enrique, Luis, rey de Francia, tan célebres por su piedad, u hombres pobres, como José Benito Labre, que le dieron a la oración la máxima importancia, consagrándole el mejor tiempo que tenían.

Todos estos hombres, religiosos, seculares, padres de familia o célibes, los que vivían en la opulencia, o los que pasaron grandes privaciones, los de posición elevada, o los modestos, pobres desconocidos, por su bajo nivel social, eran hombres de oración que cumplieron a la letra la Palabra del Señor: «Es necesario orar siempre sin desanimarse» (Lc 18,1).

Así ellos lograron triunfar sobre el mal, alcanzar la perfección y santificarse.

La oración es una necesidad imprescindible e imperiosa, es un acto que nos dignifica, conforta y consuela nuestra alma, y nos preserva del mal.

Fuente: Libro “Assim deveis rezar” de “Mariófilo”, por AASCJ

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