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El cine alrededor: La reina Victoria y Abdul

BBC Films
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Típica película ante la que cabe preguntarse si al cine británico le han entrado últimamente tendencias suicidas

Stephen Frears ganó sus galones en la historia del cine británico después de haber luchado como soldado en las trincheras de los angry young men cuando estos últimos ya no estaban enfadados, ni eran tan jóvenes, y la mayoría se había ido a dirigir a Estados Unidos, donde -a excepción de Karel Reisz- la maquinaria mainstream los despersonalizó, a cambio de un buen fajo de billetes en los bolsillos.

Entre su primera y su segunda película (dos thrillers muy estimables: Detective sin licencia del 72 y La venganza del 84), dirigió más televisión que la que uno puede digerir en toda una vida. Algo así le marcó para siempre aunque no le impidió ser un gran director cuando las circunstancias y el guión jugaron a su favor, como en Ábrete de orejas (1987) y Los timadores (1989).

Tampoco le impidió convertirse en un tipo con suerte, gracias a Las amistades peligrosas (1988) o Alta fidelidad (2000), que son de esas películas que se cuentan con facilidad y de las cuales se suelen destacar la fotografía, el trabajo de los actores y la maravillosa banda sonora, y que hasta ganan Oscars o son nominadas.

Su lema siempre me ha parecido el de los hermanos Marx: «más madera», salvando las distancias. Russ Meyer lo habría dicho igual con otras palabras: “¡Más rápido, Pussycat! ¡Dirige, dirige!”. Quizás sea ése el motivo que hace que la mayoría de sus propuestas (24 largometrajes y casi cuarenta producciones televisivas) resulten al mismo tiempo divertidillas e insustanciales, a veces incluso aburridillas y bobitas, como si uno las hubiese visto con anterioridad y ahora ni siquiera hiciesen esfuerzos por agradar, a no ser que ya estemos para internarnos en un geriátrico cinematográfico, sin las chiflafuras maleducadas de Benny Hill, todo lo más con la mordacidad flemática de los Roper.

La reina Victoria y Abdul es de esas películas que se cuentan, pero no con sutileza sino con una especie de mueca irónica, preguntándose si uno se equivocó de parada al bajarse del metro o si al cine británico le han entrado últimamente tendencias suicidas.

No es un estudio realista sobre el aislamiento de la monarquía en un tiempo que ya no reconoce ni su autoridad ni su glamour, como La reina (2006); es más bien una fábula sobre la monarquía y la política, convertidas en dos formas de poder antagónicas, una vieja pero todavía curiosa y la otra demasiado pueril para ver más allá de sus anteojeras ideológicas. La reina viejecita se duerme en los actos oficiales y se ha vuelto una glotona (y cuando en los banquetes acaba la primera, ya nadie puede seguir comiendo).

Y los políticos, que también tienen sus edad, son petulantes, retorcidos y se escandalizan como quinceañeros en cuanto ven a la monarca hacer… lo que le da la gana. ¡¡¡Hmmmm!!! La lección es obvia y nos la contó Rafael Sánchez Ferlosio en aquel libro de título demoledor: “vendrán más años malos y nos harán más ciegos”.

Menos mal que el tono no es apocalíptico y se conforma con ese toque british, a ratos irónico y a ratos grave, sin querer ser muy obvio, hablando a la manera de un amiguete listísimo (o que se lo cree) a quien le gusta hablar mucho sólo porque lo hace en inglés, que es la lengua que los demás tenemos que estudiar y a él le sale de manera natural.

Abdul es la parte en discordia. Indio, funcionario, de piel oscura, habla con acento y encima es musulmán. En otras palabras, resulta cómico. También puede ser un poco insolente porque, al fin y al cabo, es un extranjero pese a haber nacido en una colonia británica. Trae una moneda de oro acuñada en honor a la reina, a quien mira directamente a los ojos de forma pícara, como si no supiese que eso es una ofensa.

A la reina no le importa y reclama su presencia para escucharle hablar sobre su cultura y su religión, que él de manera diligente extiende en un tapiz narrativo que se queda en meras palabras, sin llegar a transformarse jamás en imágenes y no digamos en cine (todo lo más en formato televisivo a la antigua: teatral, cuadrado y sin cortes más allá de lo necesario, que si no el montador se vuelve loco y tiene que hacer su trabajo en dos días).

Hablar, no obstante, es la columna vertebral del cine británico, que siempre te recuerda a Shakespeare, Dickens y un puñado de escritores ante los que nadie osaría toser, en ocasiones por temor a levantar polvo. De modo que a la reina y a Abdul ya sólo les queda ser amigos. Amigos, no amiguetes.

Y la reina, que ya estaba para que la enterrasen, regresa a la vida y deja de moverse por los encuadres en plan zombi, como si en un plano/contraplano digno de Georges Méliès hubiese ido de una película a otra, de un cuadro de Constable a un cuadro de Turner, del paisaje bucólico a la tempestad, de una peli de la Rank a un episodio de los Monty Python.

Es lógico que a los 20 años uno esté cansado de ver estas cosas, más teniendo tanto Stephen King donde elegir y tanto superhéroes dándose palos, amén de lo rápido que se vive hoy en día; con más edad ya ni te cuento porque entonces no sólo se percibe la moralina sin enjundia, sino que también se nota la falta de trámites del producto, en el que Frears ni siquiera se preocupa por ponernos delante a una actriz totémica como Helen Mirren (que es quizás la mejor reina de Inglaterra que he visto jamás en la pantalla) y nos lanza a una cockney como Judi Dench (cuya lado macarra no está mal en las pelis Bond de Daniel Craig), y allá nos las compongamos nosotros para creernos esta fábula donde es difícil saber qué ver o a quién prestar atención en los encuadres, mientras todo el mundo parece moverse sin rumbo, ocupando el espacio vacío de las imágenes cuando detrás de su máscara no hay ni siquiera un rostro.

Ficha Técnica

Título original: Victoria & Abdul (2017).

País: Gran Bretaña.

Director: Stephen Frears.

Guión: Lee Hall (a partir de un libro de Shrabani Basu).

Reparto: Judi Dench, Ali Fazal, Eddie Izzard, Adeel Akhtar, Paul Higgins, Michael Gambon,Tim Pigott-Smith, Olivia Williams, Robin Soans, Jonathan Harden, Sukh Ojla,Kemaal Deen-Ellis.

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