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Cómo ser feminista me acercó a Dios

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Resulta que lo que creía debilidad es, en realidad, fortaleza

Probablemente la mayoría de las personas no se calentaría tanto la cabeza por culpa de unas botellas de agua. En cambio, yo, con mi feminismo de juventud, cuando mi abuela me dijo que dejara que mi hermano menor cargara con el pesado paquete de botellas, no daba crédito. “¡¿En serio?!”, pensé. “¡¿Por qué cree que soy tan delicada y débil?!”.

Según parece, el feminismo me corría por las venas desde pequeña. Una vez en la guardería, cuando un chico corría detrás de mí en el patio para pillarme, yo corrí un poco y luego me detuve, lo detuve a él y me encaré. “¿Por qué me estás persiguiendo?”.

“Mmm… no sé…”, musitó.

“Bueno, pues ahora YO voy a perseguirte a TI”.

Y que nadie me confundiera con alguien mansa y tierna.

En mi ensayo de presentación para mi solicitud de acceso a la universidad hablé de cómo me quise incorporar a un equipo masculino de béisbol durante la fiesta de graduación de un familiar. Describí con orgullo cómo me negaba a quedarme de brazos cruzados con las otras chicas y, en vez de eso, me acerqué con decisión al pícher del equipo y le pregunté en qué grupo debía inscribirme. De ninguna manera ser mujer me impediría hacer ninguna cosa. Estaba orgullosa de ser mujer, una mujer que podía hacer lo mismo que los chicos.

Cuando empecé a tener citas, las cosas cambiaron. Comencé a tener que vérmelas con la profundidad de mis propias emociones. Santa Edith Stein escribió que “la fuerza de una mujer se encuentra en su vida emocional”. Sin embargo, estas emociones no me hacían sentir fuerte en absoluto, solo me hacían sentir… vulnerable.

Como la mayoría de feministas modernas, ser vulnerable no era exactamente la imagen de mí misma que quería construir. Yo era una feminista. Eso significaba que era poderosa y fuerte. Ser vulnerable implicaba ser frágil y, peor aún, débil. Así que evitaba esos sentimientos; los escondí dentro de mi corazón cada vez más frágil.

Llegó un momento que ya no pude soportarlo más. No podía reprimirlo. No era fuerte. Era débil. Era vulnerable. ¿Sinceramente? Lo que era, es un desastre.

Gracias a algún milagro y quizás a un poco de suerte (o más bien, gracia), decidí buscar a Dios. Mi lógica desesperada razonaba que, como ya era vulnerable, ¿por qué no dejar que Dios me acompañara también? Por fin era lo bastante débil como para ser… humilde. Quizás a eso se refería san Pablo cuando escribió: “Mi poder triunfa en la debilidad (…) porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (2 Cor. 12,9-10).

El feminismo, por definición, es la creencia en que hombres y mujeres son iguales. Pero en mis momentos de vulnerabilidad, Dios me reveló algo: Yo no creía en eso. Al entender las emociones y la vulnerabilidad como una debilidad, percibía esas cualidades femeninas como algo que hacía a las mujeres inferiores.

Así que resulta que Dios era mucho mejor feminista que yo, después de todo.

Durante este periodo de mi vida, tropecé con todo un mundo nuevo de pensamiento: el feminismo católico. No era el movimiento feminista moderno que también consideraba la feminidad como débil y abogaba por que las mujeres se convirtieran en una pobre imitación de los hombres. No, esta rama del feminismo me desafiaba a reconocer que yo no era “igual que los hombres” y que quizás ahí residía mi fuerza.

Personas como santa Edith Steinsan Juan Pablo IIHelen AlvareLisa Cotter, Catherine PakulakErika Bachiochi, todas nutrieron este hambre creciente que yo tenía por la verdad, la verdad sobre las mujeres y la verdad sobre mí misma.

Dios sabía que yo era feminista, ¿sabes? Y Él sabía que por mucho que yo creyera en que las mujeres son poderosas y fuertes, no conocía el motivo por el que somos poderosas y fuertes. Y esto implicaba que no podía aprovechar toda la profundidad de mi propia fuerza. Una fuerza auténticamente femenina.

Dios me enseñó que Él me conoce mejor que yo misma.

Nuestro Dios es un Dios de amor. Es un Dios de confianza. Confió a las mujeres la parte más vulnerable de Él mismo: Su propio Hijo. Todo ello para poder encontrarse con nosotros también en nuestra propia vulnerabilidad. Para ayudarnos a ser la versión más fuerte, más alegre, más auténtica de nosotros mismos.

Ahora, por fin confío en Él para que me ayude a conseguirlo.

Este artículo se publicó por primera vez en femcatholic.com y es reproducido aquí con permiso.

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