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“Yo no creo en fantasmas, pero les tengo miedo”

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Un libro de Amalia Quevedo explora el mundo fantasmagórico

Los fantasmas populan la literatura, pero no han triunfado en la filosofía. Y, sin embargo, su proximidad con la muerte hacen de estas figuras un universo fascinante. La profesora de la Universidad de la Sabana Amalia Quevedo, filósofa colombiana y autora de volúmenes sobre Foucault, Derrida, Aristóteles… ha dedicado su ultima obra editada por Eunsa a este mundo (Fantasmas, de Plinio el Joven a Derrida).

Los fantasmas son apariciones de personas fallecidas recientemente o de muertos históricos. Los que dejan algún lugar encantado se llaman encantadores o “haunters”.

La curiosidad por saber qué hay más allá de la muerte es ancestral y ya encontramos desde el mítico viaje al Hades o infierno. La literatura ha vivido de personajes muertos que aparecen, como La Divina Comedia, Hamlet o Pedro Páramo.

En la antigua Roma los fantasmas eran frecuentes: A César se le aparece Bruto dos noches, explica Amalia Quevedo: “La primera, después de haber sido asesinado y la anterior a la batalla en la que este perderá la vida”.

En español al fantasma se le llama aparición, visión, sombra, espectro, espíritu… también ánima o espanto.

“A diferencia de los antiguos, nosotros ya no pensamos casi en los muertos”, asevera Quevedo, que se pregunta si “no habremos ido demasiado lejos al expulsar a nuestros antepasados de nuestras vidas”.

“Temidos o invocados, rehuidos o buscados, los muertos estuvieron siempre presentes en la consciencia de los hombres”, añade.

¿Y en el Evangelio?

En el lago de Genesaret, los discípulos ven un hombre que burla la ley de la gravedad. En el cenáculo, improvisadamente llega Jesús, y no lo ven llegar. Jesús se limita a mostrar que “es él, en persona, de carne y hueso, vio en el lago, resucitado en el cenáculo”.

El relato del evangelista Lucas habla de “espíritu”, y no de fantasma. Que los espíritus de los muertos se aparecen, es una creencia arraigada en la cultura popular con la que Jesús cuenta.

Los fantasmas pertenecen a la noche, y los hay traslúcidos y opacos, y muchos son luminosos. No hablan, son silenciosos.

El tema de los fantasmas, puntualiza Quevedo, “no cesa de inquietarnos”. Hay fantasmas del ayer, pero también de nuestros días. Existen casas encantadas, almas del purgatorio, demonios, espiritismo, psicoanálisis. Hay fantasmas en la literatura, y también vampiros, el conde Drácula y un sinfín de figuras que perturban la memoria de los difuntos.

En Hispanoamérica es célebre la figura del fantasma “La Llorona”; una mujer que ahogó a sus hijos porque se enamoró de un hombre que no les quería. Se suicidó y vaga por el mundo llorando a sus hijos muertos, dice la leyenda.

Las apariciones tienen mala fama, reconoce Amalia Quevedo: “La tendencia imperante hoy atribuye las apariciones al fraude, la ilusión engañosa o el desequilibrio mental”.

“La percepción de espíritus se asocial con la locura, el delirio, el consuma de alcohol y drogas, la ansiedad, la sugestión, los remordimientos”, expone.

Desde Demócrito de Abdera, todos los materialistas han negado la existencia de fantasmas, y sin embargo, “el fantasma no es el producto frívolo de una fantasía alocada y caprichosa: es el resultado de un trabajo de duelo que no se desarrolla debidamente, de una alteración de los ritos de paso, de una perturbación de la memoria del difunto”, explica la filósofa.

Las apariciones de muertos son un tema serio y objeto de experiencias. Schopenhauer fue premonitorio: “La creencia en fantasmas es congénita al hombre, se encuentra en todas las épocas y en todos los lugares y quizás ningún hombre esté del todo libre de ella”.

Aun en tiempos escépticos como los nuestros, siguen despertando interrogantes los testimonios de personas sanas y cuerdas que afirman haber tenido algún contacto con el más allá.

No siendo netamente religiosa o mítica, la pregunta por el fantasma tiene, sin embargo, cierta dimensión religiosa. Y despierta interés en los videojuegos, novelas, rutas turísticas y también en investigación universitaria: sin ir más lejos, la prestigiosa Fundación Templeton destinó cinco millones de dólares a la investigación sobre la inmortalidad y las experiencias cercanas a la muerte.

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