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¿Por qué me molesta tanto que Dios no sepa contar?

Crucifixo e justiça humana

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 24/09/17

¿No es verdad que creo que me merezco más que otros que aparentemente están más lejos de Dios?

En la parábola algunos protestan porque ven injusto recibir sólo un denario:

Entonces se pusieron a protestar contra el amo: – Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno.

La semana pasada pensaba en un defecto de Jesús. Jesús no sabe contar. No entiende de matemáticas. Noventa y nueve ovejas valen lo mismo que una sola oveja perdida. No tiene sentido.

Dios rompe mis esquemas y me enseña una manera de vivir generosa, sin medida, sin tacañería. Su amor infinito a cambio de nada. ¿Me creo que Dios es así?

¿No es verdad que creo que me merezco más que otros que aparentemente están más lejos de Dios? ¿No es cierto que a veces me siento orgulloso por llevar más tiempo a su lado y desprecio al recién llegado?

No conozco a Dios. No entiendo sus defectos. Me cuesta que no cuente. Porque yo sí lo hago. Yo mismo no me atrevo a acercarme a Dios si no he cumplido, porque pienso que no me querrá tanto como cuando me siento puro.

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James Tissot | Brooklyn Museum | Public Domain

Las parábolas de Jesús tienen un misterio especial. Jesús habla de lo cotidiano. Se refiere a lugares comunes para ellos. Él siempre toca la vida, toca mi propia vida. No me habla de teorías que me son lejanas.

Hoy habla de un viñador y de viñas. Habla de empresarios y trabajadores que necesitan dar de comer a su familia. Es algo conocido. Algo que encaja. Es lógico necesitar trabajadores. Es normal querer trabajar.

Jesús llama la atención de los que lo oyen. Algunos se identifican. Varios están viviendo algo parecido.

Creo que es la única manera de tocar el corazón humano: conectar con lo que el otro vive, con lo que el otro siente. Y desde ahí, regalarles a Dios.

Jesús era un maestro en esta forma de hablar de lo cotidiano, tocando el anhelo de muchos. Y siempre de nuevo llega alguna sorpresa en las parábolas de Jesús.

Hay algo que me confronta y me hace plantearme cosas nuevas. O estoy de acuerdo con su enseñanza o lo rechazo. Tengo que tomar partido.




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Jesús me habla de un Dios que toca lo humano pero que desborda mi esquema. Es como en la parábola el hijo pródigo. Todo está muy bien hasta que le hace una fiesta al hijo que vuelve porque tiene hambre.

Hoy ocurre lo mismo. Todo encaja en mi esquema mundano hasta que paga lo mismo a los últimos que a los primeros.

Todo va bien cuando el que es generoso es Dios. Dios sale a todas las horas y llama a todos. Eso lo acepto, me gusta, aunque es verdad que me cuesta creerlo.

Me cuesta creer que me llame a mí si soy el último y me cuesta creer que llame a otros si yo creo que no se lo merecen. Pero aun así, acepto que Dios sea así. Que sea generoso.

Pero ya no me parece tan bien cuando llego al final:

Él replicó a uno de ellos: – Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno? Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.

Yo, que he trabajado más, recibo igual que el que casi no ha trabajado. Me parece injusto. No recibo yo un trato especial. ¿Por qué no me paga a mí más si trabajé más?

Ya no disfruto tanto de lo mío porque me comparo. Me molesta el bien del otro. Porque creo que no se lo merece. Me molesta no tener más yo que me merezco más.

Y ya no disfruto de la gratuidad de Dios. Me vuelvo exigente. Quiero gratuidad para mí sólo.

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¿Quién soy yo para decidir quién merece más? Sólo Dios lee el corazón, yo no tengo ni idea de la necesidad del otro, de su vida, de lo que hay en su interior. Y me permito juzgar, y creerme mejor, con más derecho. Creo que mi lugar tiene que ser mejor porque llegué antes.

Y me olvido de ese Dios misericordioso que me ama cuando soy frágil, cuando vuelvo cansado derrotado por mis tonterías, cuando he pecado y pido ayuda.

Su medida es distinta, se me olvida. No sabe contar las horas del día que he trabajado. No sabe calcular lo que merezco por mi tiempo de lucha y esfuerzo.

Jesús tiene defectos. Jesús no lleva cuentas. Le dan igual mis huidas. Sé que Dios nunca va a cansarse de esperarme y de salir a buscarme.

Y no se va agotando mi crédito. A cualquier hora tengo la casa abierta, el campo preparado, la vida en abundancia.

Ojalá aprenda a mirar a Dios y no tanto a los demás. A mirar más lo que me da y no lo que les da a otros. Sería más feliz. Me gustaría ser así yo también con los demás, pero me cuesta. Dar oportunidades a todos. Volver a confiar, salir a buscar al otro de nuevo. No quiero medir, no quiero calcular.

Creo que ese amor recibido y dado es lo que me hace más feliz. Jesús no lleva cuentas. Y su forma de amar, que me parece injusta, es la más justa y verdadera. Da a cada uno lo que Él quiere. Son sus denarios.

Su corazón está lleno de amor. Quiero ser así de generoso. Amar sin medir. Dar sin esperar nada. Amar sin compararme.

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