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¿Cuánto me pagarás, Jesús, por mi entrega?

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 24/09/17

No se puede pagar el amor que uno entrega. No tiene precio. Es a cambio de nada. Como el de Jesús

Jesús me promete pagarme un denario por mi entrega. Un buen precio. Suficiente. Yo estoy de acuerdo.

Es verdad que no le importa la hora del día en la que empiezo: Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz: – Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros. Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno.

Me pagará lo mismo a mí que al que lleva desde el amanecer trabajando. A mí que al que llegó al final del día. Muchas horas. Pocas horas. No importa. No me comparo. Creo que no es bueno hacerlo. Yo trabajo desde que fui llamado. Desde que me encontró Jesús a la vera del camino.

Recuerdo en qué momento del día fue y recuerdo también el momento de mi alma turbada. Sé muy bien cómo me encontraba. Lo que sentía. Lo que buscaba. Vino a mí y me invitó a estar con Él. Me llenó de paz.

Por eso yo trabajo por amor a Jesús que me dijo un día que viviera con Él. Que compartiera sus días y sus noches. Sin un lugar donde reclinar la cabeza. Aunque me olvido y la reclino. Y busco el descanso. Y me regodeo en el mundo. Como una tela de araña que me atrapa.

Quiero darme con más libertad. No puedo olvidar el amor que me llama. Dejo de pensar en el pago que recibiré al final del día. Eso no es lo que me importa. Es lo de menos. Dios es siempre fiel. No se puede pagar el amor que uno entrega. No tiene precio. Es a cambio de nada. Como el de Jesús. Ese mismo amor al que me invita en medio de mi tarde.

Dice el Papa Francisco: Fuimos alcanzados por un amor previo a toda obra nuestra, que siempre da una nueva oportunidad, promueve y estimula. Si aceptamos que el amor de Dios es incondicional, que el cariño del Padre no se debe comprar ni pagar, entonces podremos amar más allá de todo, perdonar a los demás aun cuando hayan sido injustos con nosotros.

Quiero un amor así. No me gano el denario con mi esfuerzo. Es gratuidad. No me gano el cielo, ni la santidad. Me doy porque mi vida es más feliz si trabajo desde el amanecer. Sin perder una sola hora. No soy feliz cuando permanezco en la plaza sin hacer nada. Soy más feliz cuando me entrego. No cuando me guardo por miedo a perder la vida. Soy feliz cuando vivo pensando en lo que puedo dar, no en lo que recibo a cambio de mi sí.

Esa entrega mezquina es la que mata el alma y ahoga el amor. Me comparo con los que trabajan menos que yo muchas veces. Y los juzgo. Juzgo al vago y al perezoso. Al miedoso y al cobarde. Me creo mejor por llevar horas trabajando y pienso que la recompensa que me espera al final del camino será mucho mayor. Imagino la felicidad de mi Padre al verme llegar cargado de méritos. Vislumbro su rostro conmovido. Su mirada de admiración.

Mi orgullo. De nuevo mi orgullo es fuerte. No me deja ser libre. No quiero entregarme y amar por la promesa de un denario. No quiero ser tan mezquino. La vida vale más que eso. Mi vida es mucho más que eso. Me entrego porque Jesús quiere que lo haga, porque al hacerlo seré más feliz.

En la casa de mi Padre podré trabajar con el sudor de mi alma, entregándolo todo. Compartiendo sus bienes. Disfrutando del día en la viña. Sin quejarme del esfuerzo ni del sol.

Conozco a una persona que siempre me comenta: Ha sido un día durísimo. Así un día tras otro. Me da pena porque me mira con ojos cansados. Y yo casi siento compasión por su esfuerzo, por su día tan duro. Pero es curioso, en su mirada descubro sólo agobio y ni una gota de alegría.

Es demasiado pesada su carga tal vez. No lo sé. Su viña es un campo de batalla demasiado duro. Y me duele por él. Porque no vive feliz en la casa de su Padre. Se queja de los que no están trabajando. Los llama vagos, mezquinos, mediocres. Se compara con ellos. Se siente más poderoso y mejor que ellos. Más justo. Más bueno.

Pero no es feliz. Siempre cuenta una nueva caída de alguien en medio de la vida. Sonríe. Quizás se siente mejor por haber sido fiel una hora más, no como otros. Un día más. No disfruta la vida en la viña. Se queja de estar tan solo. Y de la gente que tanto demanda. Y no hay gotas de alegría en su mirada.

Y me apena el ver una entrega tan fuerte vivida con amargura. Y pienso que yo no quiero vivir así. Lo decido hoy de nuevo. Sonrío. Estoy feliz en la viña. No ha sido un día duro. No merezco más de lo recibido. Estoy feliz. No me quejo. No miro a mi alrededor juzgando a los que están sin hacer nada en la plaza.

Voy a la viña de nuevo por la mañana. Soy feliz allí donde soy pleno. Y sonrío. Y una fuente de alegría brota de mi alma.

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