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¿Por qué ponemos límites a nuestro amor?

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 20/09/17

Cuando el alma se cansa de perdonar y de volver a dar una oportunidad a los demás

Hoy Pedro pregunta a Jesús buscando un límite, una medida:En aquel tiempo, se adelantó Pedro y preguntó a Jesús: – Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta siete veces?.

Pedro se acerca a Jesús con la confianza de un amigo. Me encanta su autenticidad. Es muy honesto y verdadero. Dice lo que piensa. Dice lo que casi todos los apóstoles piensan y no dicen. Siete son muchas veces. Pedro quiere saber cuándo puede dejar de perdonar al que le ofende.

Es lo que yo también deseo saber a veces. Que me digan el límite impuesto a mi generosidad. Que me pongan una medida para no pasarme y pecar por exceso. Perdonar es difícil. Por eso me gusta saber si es necesario perdonar siempre. Si a partir de un momento ya no es necesario y es entonces posible olvidar al que me ha hecho daño y alejarme de él.

No sé bien en qué está pensando Pedro cuando pregunta. Pero yo sí lo sé. Pienso en esas relaciones en las que tengo que perdonar más de una vez. Una, dos, tres, mil veces. Y entonces me canso de ser yo siempre el que perdona. El que acepta. El que tolera.

Y me indigno con el que ofende siempre, con el que incumple lo prometido, con el que no es honesto después de haber prometido fidelidad. Cuando me canso de las mentiras o de los abusos. Cuando ya no estoy dispuesto a seguir siendo yo generoso.

Pedro busca, como yo, un límite a la entrega. Pienso que necesito algo concreto. Que no me hablen del infinito. Me niego a vivir sin medida. Se me olvida que el amor que Dios me pide es sin medida. El mío sí tiene medidas. Lleva cuentas. Guarda el mal recibido como una ofensa que pesa.

Y el alma duele entonces. Y quiero poner un límite al perdón. Hasta siete veces. Una medida justa, razonable. Estoy dispuesto a perdonar ese número de veces. Pero más no puedo. Me canso de perdonar. De volver a empezar siempre de nuevo.

Y decido poner un límite a mi amor. Amo, pero no en exceso. No me parece justo. Creo que yo hago las cosas bien. Y me enervo cuando las hacen mal conmigo.

Tal vez me olvido de mi propio mal. Del que yo causo a otros. De las ofensas que yo realizo. Tengo mejor memoria para el daño que recibo. Me hieren. Me atacan. Me ofenden. Y yo me creo el centro del universo. Pienso que soy importante y que me han ofendido. Hasta siete veces es un buen límite. Una medida que puedo soportar. ¿Más? Imposible.

Tal vez por eso la respuesta de Jesús hoy me incomoda: Jesús le contesta: -No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

Jesús me pide lo imposible. Un amor imposible. Una mirada imposible. Me cuesta cuando Jesús no es razonable y va más allá de lo prudente. Yo me sigo preguntando: ¿Cuál es el límite?

Un día leí algo del cardenal vietnamita Van Thuan que me gustó mucho y me dio luz. Hablaba de los cinco defectos de Jesús. Uno era que no sabía contar. Tocó mi corazón, porque ese es un anhelo mío de siempre. El Dios que no mide ni cuenta, ni lleva anotados mis méritos o caídas para hacer balance al final de mi vida. El Dios que responde sin medida a mi amor tan escaso. Un Dios sin límites. Sin condiciones. Sin contrapartida. Me lo da todo a cambio de nada. Ese Dios que se derrama en mi alma con sobreabundancia. Es este el deseo de mi corazón.

Pero luego me veo queriendo medir mi amor con los hombres y con Dios. Me pregunto cuánto tengo que dar. Quiero que la Iglesia me responda para poder contar con los dedos el amor de Dios.

La gratuidad es algo que necesito pero me cuesta mucho. Creo que las personas que viven la gratuidad es porque tienen a Dios en su corazón, sean creyentes o no. Sin Dios me parece imposible vivir así. La gratuidad es como el agua para el sediento. La necesito, la busco de aquí para allá. Pero sólo está en Dios. Quiero aprender a amar así.

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