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Por la mañana, la tarde y la noche: 11 hábitos para cultivar la vida de oración

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Permanecer en unión con Dios todo el día es más sencillo y espontáneo de lo que nos imaginamos...

Por la mañana

1 – Levántate temprano

Además de dar mucho más disposición física, despertar temprano es una forma de garantizar de 5 a 30 minutos de oración silenciosa enseguida de mañana, algo que da también mucha mayor disposición espiritual para el día. Programa el despertador en la noche y, cuando suene, levántate inmediatamente, sin enrollarte en la tentación natural de “un minutito más”. Haz de tu primera oración del día: la ofrenda espiritual a Dios del sacrificio de sacudir el sueño. Prueba durante un mes: es un plazo normalmente suficiente para crear un hábito.

2 – Haz a Dios el ofrecimiento de la mañana

Al levantarte de la cama, arrodíllate, hazte la señal de la cruz y ofrece tu día a Dios. Lleva sólo algunos segundos, pero hace gran diferencia a lo largo de todo el día. Haz la oración que prefieras: puede ser espontánea, puede ser un modelo de oración de la tradición de la Iglesia.

3 – Haz tu oración mental matutina

Muchas personas prefieren bañarse y vestirse antes de dedicarse a la oración mental, para hacerla con más concentración y mayor provecho. Puedes hacerla en casa o pasar por la iglesia cuando vayas de camino al trabajo – si es posible, por lo menos algunas veces al mes, intenta hacerla en una iglesia en que haya adoración eucarística.

No hay una duración determinada: pueden ser 5 minutos, puede ser media hora. Haz una oración silenciosa y personal, conversando con Dios. Habla con Él de tus necesidades y sueños, pero también agradece, reconoce los dones que Él te concede en las cosas simples de cada día, intercede por quien lo necesita, pide perdón por tus egoísmos, errores, pecados… Alábalo, adóralo, contempla su grandiosidad, sus misterios, su misericordia, su capacidad de decirnos algo incluso a través de los grandes desafíos que Él nos permite enfrentar. Medita sobre algún pasaje de las Sagradas Escrituras o sobre los escritos espirituales de algún santo. Gracias a Dios, opciones no faltan.

A lo largo del día

4 – Habla con Dios y con María a lo largo de tus tareas

Él está contigo todo el tiempo: es sólo cuestión de que lo recuerdes. Muchas veces, basta una mirada, un breve pensamiento… No siempre es necesario usar palabras para comunicarse con quien se ama.

Habla también con María, como un hijo lleno de confianza y cariño. Está claro que lo ideal es dedicar al rosario un tiempo de calidad y reconocimiento, pero si eso no fuera posible todos los días, que sepas que puede rezarse a lo largo de las actividades cotidianas. Mira las magníficas sugerencias de este artículo: 10 consejos sorprendentes para rezar el rosario conversando con María en el día a día.

5 – Reza alguna oración aprendida de memoria 

El tesoro de la Iglesia está lleno de bellas oraciones compuestas por grandes santos, incluso algunas en forma de poesía. Éstas son excelentes recursos para inspirarnos, elevarnos y unirnos a Dios, además de que nos puede ayudar también la oración mental del día siguiente. Entre los muchos posibles ejemplos, las poesías de san Juan de la Cruz o santa Teresa de Jesús, o el último párrafo de la célebre oración “Tarde te amé”, de san Agustín.

6 – Ofrece a Dios tus trabajos, estudios, sufrimientos, inquietudes, alegrías…

Todo se puede transformar en oración. La inspiradora síntesis de la vida de los monjes benedictinos que dice: “Ora et labora” – “Ora y trabaja”, incluso transformando el trabajo (y el estudio) en plegaria mediante su oferta a Dios con las más puras intenciones.

También la cruz es oración: grandes o pequeños, no dejes pasar en blanco tus sufrimientos y sacrificios. Únelos al sacrificio redentor de Jesús con amor y consciencia. Eso es oración transformada en vida.

Pon en las manos de Dios también tus preocupaciones, inquietudes, desasosiegos… San Agustín nos recuerda, en una de las frases más famosas de toda la historia del cristianismo: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti”. Es junto a Él que recobramos la serenidad, la paz y la quietud.

Si el dolor puede ofrecerse a Dios, lo mismo vale para las alegrías: finalmente, Dios es la fuente de todo bien y, por lo tanto, de todas las legítimas alegrías de nuestra vida.

7 – Recógete en momentos de silencio  

Experimenta apagar la música, la televisión, el radio, los muchos ruidos de todos los días. Siente el silencio. Puede ser difícil al inicio, pero aprender a disfrutar del silencio es liberador y revelador. Si queremos oír a Dios primero tenemos que silenciar las cosas. Él no suele hablar alto…

Por la noche

8 – Agradece en familia por el día que Dios les concedió 

Todos los días contienen innumerables gracias de Dios, incluso esos días que parecen haber sido puro sufrimiento y vacío. Dios nos habla mediante una amplia variedad de acontecimientos, personas, experiencias – y todo ese aprendizaje, para ser asimilado y dar frutos, requiere momentos de reflexión compartidos con las personas a quienes amamos más. Hablar en familia, delante de Dios, sobre las lecciones e inspiraciones del día que pasó es una forma de oración y también de consolidar la propia relación familiar. Agradezcan juntos a Dios por esa oportunidad.

9 – Haz tu examen de conciencia 

Cada noche, antes de acostarte, ponte en la presencia de Dios y examina tu conciencia con calma, serenidad, confianza, humildad, honestidad. No escondas las cosas de ti mismo. Repasa en tu mente los diez mandamientos, los siente pecados capitales… ¿Qué puedes mejorar? Haz un acto de contrición. Si algún pecado fue grave, haz el propósito de confesarte. Abraza a Dios con confianza, pidiendo disculpas y pidiendo su gracia – no como un siervo que tiene miedo, sino como un hijo agradecido y con confianza en la misericordia, en la comprensión y la ayuda del Padre.

10 – Acuéstate cada noche a una misma hora  

Acostúmbrate a definir un horario fijo para dormir, para estar bien descansado a la mañana siguiente (y despertar temprano). Los hábitos estables son muy buenos para la salud del alma y también del cuerpo.

11 – Reza el Ave María cuando estés acostado en la cama 

Nuestra Madre nunca dejará de oír la oración de un hijo. Y el Ave María es mucho más maravillosa de lo que nos damos cuenta.

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