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Vivir el desprendimiento: Nada, ni nadie, nos pertenece

Dougal Waters/Getty Images

Luz Ivonne Ream - publicado el 11/09/17

Es increíble la cantidad de cosas que no necesitamos y seguiremos siendo muy felices sin muchas de ellas

Encontrar el balance donde amemos lo suficiente para cuidar y proteger aquello que nos ha sido prestado y al mismo tiempo no poner todo nuestro corazón en ello para saberlo entregar cuando se nos pida… este es uno de los grandes retos que tenemos en la vida: amar con desprendimiento humano y sobrenatural sabiendo que nada ni nadie nos pertenece, que todo se nos ha sido confiado por un tiempo determinado.

Es sábado por la tarde. Me encuentro sola -aunque no me siento sola- sentada en una banca en medio del hermoso bosque que envuelve mi casa.

Estoy rodeada de árboles y de una naturaleza que hace maravillarme de las perfecciones de Dios. Los venados han salido a mi encuentro. No se acercan, solo me observan. Los trinos de los pájaros alaban conmigo el nombre de Dios.

Es mi pequeño paraíso, el lugar perfecto para hacer oración, elevar mi alma al Creador y decir gracias de todo corazón.

De verdad, vivo en un lugar que para mí es un pedacito de cielo. Es la casa de mis sueños. Me fascina porque crecí en un lugar parecido, en medio de la nada y rodeada de la naturaleza.

De corazón deseaba volver a lo mismo y Dios me lo concedió. Me permitió llegar a tener la casa de mis sueños. Y ahora, por circunstancias de la vida y de las que yo no tengo control, me la ha pedido de regreso.

Mi único interés al compartir esta experiencia en particular es hacerles saber que duele y mucho, hasta las lágrimas dejar ir sueños, proyectos, deseos, anhelos.

Que también me he enojado porque muchas veces no entiendo o de momento no estoy de acuerdo con las circunstancias, pero que sí se puede salir adelante cuando vivimos con la certeza de que al final todo se vuelve a acomodar, con la esperanza sobrenatural de que todo es para bien.

Que si en este momento Dios nos está pidiendo que le devolvamos algo que antes nos prestó seguramente es porque Él ya tiene algo mejor listo para nosotros.

Y es que así pasa con todo en esta vida, las cosas simplemente pasan de poseedor, de una mano a otra: hoy tenemos, quizá mañana tengamos un poco más –amistades, dinero, amigos, salud, bienes materiales- pero tal vez después tendremos un poco menos o nada y habrá que comenzar de cero.

Bajo estas circunstancias tenemos 2 opciones, tirarnos al drama porque las cosas cambiaron, porque ya no serán nuestras, porque las personas se alejaron, o porque hasta la salud hemos perdido. En mi caso, porque la casa de mis sueños ya no será “mía” y pasará a otras manos. O bien, agradecer a Dios por lo que tuvimos, porque lo pudimos disfrutar por un tiempo.

No me cansaré de repetir que no se trata de vivir un desapego frío, que no sintamos y que no pongamos nuestro 100% al amar, sino de tener muy claro que nada ni nadie nos pertenece -ni talentos, ni posesiones, ni amores-, nada es nuestro y todo nos ha sido confiado.


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Todo le pertenece a Él y a Él han de volver cuando lo desee. El auténtico desprendimiento es vivir desapegados de todo.

Ni la vida, ni la salud, ni los hijos, nada es nuestro, solo somos administradores de Dios porque Él es el único dueño de todo y a Él deben volver.

¿Dije que ni la vida -nuestra vida- nos pertenece? Pero si yo puedo hacer con mi vida lo que se me pega la gana, me dirán. Y así es. Pero eso no quiere decir que nosotros seamos sus dueños.

Como de todo, somos sus administradores y tendemos la responsabilidad de dar cuentas a nuestro Creador de lo bueno y no tan bueno que hemos hecho con ella y de ella.

El vivir desprendido de la vida significa no aferrarnos a esta como si fuera a ser eterna en este mundo, pero sí cuidarla como la posesión más valiosa que Dios nos ha confiado de tal manera con ella le podamos dar gloria.

Reflexiona por unos momentos y te darás cuenta de que es increíble la cantidad de cosas que no necesitamos; seguiremos siendo muy felices sin muchas de ellas.

No se trata de despreciar las bondades y maravillas que Dios nos ha permitido tener, sino de ubicarlas en su justo contexto, para no esclavizarnos de ellas o crearnos más necesidades.

Y no hay que pensar así por sentirnos buenos, sino por justicia y hasta por conveniencia.

El no vivir apegados a las cosas de la vida hace más espacio al corazón para amar solo a Dios y todo aquello que es fruto de su amor, aquello que cuando nos muramos nos llevaremos en el equipaje del alma.

Con pocas cosas, con la mirada y el corazón puestos en lo eterno, yendo ligeros por la vida se vive mucho mejor. Claro, con menos carga el camino se hace menos pesado.


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Es cierto, a muchos nos cuesta más que a otros vivir esta clase de desprendimiento. Fuera de juicio alguno he encontrado una relación directamente proporcional entre la cantidad de amor que una persona recibió desde su niñez (y que hoy sigue recibiendo) y su grado de generosidad y desprendimiento: a mayor amor, mayor generosidad, mayor desprendimiento y menos apego a las cosas materiales.

Las personas que recibieron amor de manera espléndida son increíblemente bondadosas y encuentran en el «dar» una verdadera fuente de amor.

No cabe duda de que el corazón se debe llenar de intangibles que sean perceptibles únicamente con los ojos del alma.

Vivir el desprendimiento es un acto heroico que requiere de una lucha ascética diaria, de ver más allá de nuestros gustos y deseos personales. Decir adiós o hasta luego a aquello amamos duele hasta el tuétano.

Muchas veces no tenemos el control de tener lo que amamos -hijos, el trabajo ideal, etc.- pero de lo que sí podemos tener control es de amar lo que hoy, en este momento tenemos.

¿Y que es lo más importante que hoy tenemos? ¡VIDA! Vida para amar, para soñar, para compartir lo poco o muchos que poseemos, para sonreír al que tiene cara triste y levantar al caído. Vida para comenzar de cero, para llevar una palabra de aliento al desesperanzado.

Con gratitud reconozcamos que todo lo que hasta hoy hemos poseído -cónyuge, hijos, pareja, padres, trabajo, salud, amistades, etc.- son dones divinos, regalos de Dios para cada uno de nosotros en calidad de «préstamo» y que de cada uno nos pedirá cuentas.

¡Así que mientras los tengamos en nuestra vida ¡a gozarles! porque nada es eterno.

El desprendimiento nos hace vivir más libres. Cuando creamos conciencia y nos damos cuenta de que nada es para siempre y que todos somos maestros y alumnos en algún momento de la vida y que una vez terminada (y aprendida) la lección es tiempo de partir y dejar partir, que no hay nada permanente e inamovible y que lo único que tenemos en realidad es el «ahora» para amar y disfrutar de lo que tenemos de manera plena, es entonces cuando empezamos a practicar el hábito de vivir el desprendimiento como un estilo de vida.

Y aprendemos a dejarnos llevar con los acontecimientos y a gozarles como se presentan, lo que nos conduce hacia la auténtica libertad y por ende, a la verdadera realización y a la plena felicidad.

Amores vienen, amores van… Dios fue, es y será el único que permanecerá a nuestro lado cuando todos se hayan marchado.

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