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Cuando las puertas del mundo se te cierran...

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Luz Ivonne Ream - publicado el 10/09/17

...las del cielo se te abren se abren de par en par

Hoy más que nunca el mundo necesita de personas bien formadas, valientes y comprometidas con la Verdad y la Justicia que se atrevan a defenderlas desde el amor, la paz, el respeto y la tolerancia. Formadas, porque, para empezar no se puede hablar ni mucho menos amar aquello que no se conoce.

Para amar y abrazar la Fe y la Moral en su totalidad hay que enamorarnos de ellas por medio de su conocimiento y práctica. Valientes, porque no hay que tener miedo de perder hasta la vida por defender lo que merece ser defendido. También porque en nuestro afán por preservar valores básicos como la libertad, la vida, el matrimonio y la familia perderemos a muchos “amigos” y parientes en el camino.

Sobre todo, porque vivimos en la época de un relativismo absurdo y cobarde dónde solo se habla lo políticamente correcto, cada uno dejándonos llevar por lo que nos apetece o más más nos conviene y al parecer no hay una verdad absoluta que nos rija.

Claro que la hay, pero a muchos no nos está cuadrando aceptarla por nuestro estilo de vida. Comprometidas, porque hay que adherirnos y ser uno con lo que creemos, viviendo siendo ejemplo de los valores morales que traemos inscritos en el alma. Y con todo esto no me refiero a que los que estamos en esta lucha amorosa nos sintamos impecables, intachables o perfectos, sino de amar y comprometernos con la justicia -dar a cada uno lo que le corresponde-.

Necesitamos volver a la época de los primeros cristianos que no les daba miedo predicar, hablar de la Verdad sin empacho. Fueron hombres y mujeres valientes que sabían su lugar en este mucho y lo que Dios esperaba de ellos.

No sentían vergüenza alguna de decir: “Soy cristiano”. Pero, ¿què tal hoy? Para algunos entre menos lo sepan, más protegidos se sienten. Me niego a aceptar que esta es la vida que Dios merece que vivamos, muchas veces hablando de Él con la boca, pero negándole con nuestro comportamiento; comiendo santos y escupiendo diablos. Eso si, nada más andamos urgidos de algún favorcito y nos acordamos de que hay un cielo. Hacemos todo y de todo para que Dios nos escuche y nos haga el milagrito.

¿Será que Dios se contenta con las migajas de amor que le damos? ¡Claro que no! Ese rollo que a veces tan mediocre de “¡Acéptalo! Esta es otra época. Así son las cosas. ¡Es la voluntad de Dios!”. ¡No, no y no! Como va ser su voluntad ser rechazado y tratado como un “títere milagrero, cumplidor de caprichos y deseos”. No podemos aceptar esto y mucho menos rehusarnos a tirar la toalla, a darnos por vencidos y a aburguesarnos con ese pensamiento de que “cada uno su vida”. Pero ¿desde cuándo olvidamos que todos estamos unidos de alguna manera, que somos creación del mismo Creador y que lo que uno haga le afecta -bien o mal- al universo entero? Por Dios, tan solo veamos todas las calamidades que estamos pasando. La misma madre naturaleza está reclamando. Por eso se dice que Dios perdona siempre; el hombre algunas veces, pero la naturaleza nunca.

Muy importante que tomes en cuenta. Entre más te aferres por vivir una vida conforme al plan de Dios más puertas se te cerrarán, menos amigos tendrás y menos popular y aceptado serás. El rechazo duele porque se mezcla la parte humana con el ego. Pero, para que no te duela tanta procura no tomarlo personal porque no te están rechazando a ti, sino a lo que tú representas.

Reconocer y aceptar que con tu trabajo y labor apostólica vas y seguirás yendo contra corriente duele y mucho. Aquellos que antes te invitaban ahora te desinvitan o ya no figuras para ellos. Puedes encontrar un juego absurdo de egos y poder dentro de tu misma Iglesia, familia y amistades; críticas y envidia… Muchas veces te tocará escuchar cómo entre dientes se dicen: “¡Qué aburrida la vieja esta, siempre hablando de lo mismo!” Y tendrás que agachar la cabeza y simplemente retírate sigilosamente.

La realidad es que hay muchos a quienes les estorba o no les conviene tu labor, pero eso es asunto de ellos. Te seguirán sucediendo cosas extrañas como quererte boicotear algún proyecto, ponerte obstáculos para que no logres aquel trabajo noble. etc. Es mejor que te acostumbres a que este camino es empedrado y aprendas a no tomar nada personal, sino por el lado amable. Sé paciente porque Dios no se queda con nada. Sé que eres muy inteligente y que de todo te das cuenta. Esos ojos, oídos y boca que un día se comerán los gusanos, todo lo ven y todo lo escuchan, pero también todo lo callan por prudencia…

En pocas palabras, lo que haces no está «in», no vende y no está de moda. Por lo tanto, aprende a no estar donde no son bienvenidos. Y ojo, dije SON. Así es, porque te cierran las puertas a ti o te hacen groserías a causa de tu labor y también se lo hacen a Dios. ¡Què pena que no se den cuenta!

Es importante que desde el comienzo tengas rectitud de intención y muy claro que tu labor no es para buscar un reconocimiento personal ni para que tu luz brille o sobre salga de las demás, solo la de Él, tu jefe, el dueño absoluto de tu vida, dones y talentos.

Que tu único fin siempre sea acercar almas a Dios de una manera natural, como eres, sin poses ni máscaras, sin querer quedar bien y hablando de tu experiencia de vida de una manera sincera, veraz y desde tu corazón, sin miedo a las críticas, valiente y sin arrogancia. Nunca busquen la fama, solo oportunidades de que Él sea reconocido y que juntos crezcan en su amor.

Qué más da las puertas que se me cierren cuando tú en tu corazón tengo claro que «Ese» que vive dentro de ti ya te abrió otras tantas y que tu solo necesito descubrir cuáles son. Nunca midas ni tus éxitos o “rating” por números, ni por aplausos ni «likes» que tengan tus publicaciones en las redes sociales, sino por la paz que impera en tu alma y por esa voz interior que todos los días te dice: «¡Ve sin miedo! Con uno más que hoy me conozca a través de ti, solo uno más…”

Y a todos diles esto con mucho amor:

A ti que me has cerrado tu puerta quiero que sepas que me despido de ti con amor, dejándote la certeza de mi gratitud por la oportunidad de caminar juntos ese tiempo.
A ti que no me quisiste abrir tu puerta, créeme cuando te digo que no fui yo quien la tocó, aún así te bendigo.
A ti que estás a punto de abrirme tu puerta, gracias por hacerlo porque las bendiciones que te vendrán serán infinitas. Por el tiempo que Dios me los quiera seguir prestando, mis talentos, carismas y dones los pongo a tu servicio.

Mientras haya una sola alma a quien le interese acercarse a Dios a través de ti y de mí, seguiremos en la lucha sin importarnos las veces que tengamos que ser rechazados. Si nuestro Cristo murió por nosotros, por què no morir tú y yo por Él.

De mi corazón al tuyo.

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