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¿Sigues a Jesús? ¿O te quieres demasiado a ti mismo?

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Me he acostumbrado a conjugar la vida en primera persona. Yo quiero vivir, descansar, medrar, lograr, tener, recibir…

Jesús me recuerda las condiciones del seguimiento: «Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo del hombre vendrá entre sus ángeles, con la gloria de su Padre, y entonces pagará a cada uno según su conducta».

Me importa el mundo que habito y amo. Quiero ganar este mundo entero que tengo ante mis ojos. Es tan seductor el poder. No estoy dispuesto a dar la vida entera por seguir a Jesús. No a cambio de nada. La quiero guardar para mí, quiero conservar mi honra, mi prestigio.

Tengo claro que quiero proteger lo que amo, quiero cuidar lo que he conquistado, quiero esconder mis tesoros en algún lugar seguro y quiero salvar mi futuro. Me quiero a mí mismo demasiado. No quiero morir por nada del mundo, porque me gusta esta vida que amo. No me basta con perder lo que tengo por ese amor de Dios infinito y eterno.

No lo entiendo, la vida es presente. No quiero perder para luego ganar. Digo en palabras grandilocuentes que quiero dar todo lo que tengo. Incluso más de lo que luego quiero dar de verdad. Pero después me arrepiento de tantas promesas.

Miro mi vida, amo tanto mis bienes, mis planes, mis amores, mis deseos. Me he acostumbrado a conjugar la vida en primera persona. Yo quiero vivir, descansar, medrar, lograr, tener, recibir. Soy yo el que recibo. Soy yo el que gano. Soy yo el que tengo. Soy yo el que conquisto nuevas tierras, logro nuevos retos. Yo el que venzo.

Y los demás son ajenos a mi felicidad, a mi gloria. Son incluso obstáculos que no me dejan crecer. Oponentes que dificultan mi éxito. O quizás me son indiferentes en este camino individualista y egoísta que no me lleva a ninguna parte.

Quiero salvarme solo. No me hace falta nadie más. Soy feliz solo. Guardo mi vida para que no se entregue en vano. Para que no me molesten en exceso. Para no cansarme demasiado. Por eso me cuido. Me reservo.

Leía el otro día: «La referencia al yo también se manifiesta en la terquedad. Es porfiado el individuo que juzga absolutamente todo a partir de su punto de vista egoísta y quiere imponer sus propios intereses sin consideración alguna. El ansia de renombre. Afán de reconocimiento, confirmación, prestigio y alabanza»[1].

Cuando giro en torno a mí me alejo de Dios. Y me alejo de los hombres. Y dejo de dar la vida a los demás. Mi amor, mi tiempo.

Me da miedo caer en esa actitud tan egoísta. No quiero pensar sólo en mí. Si lo sigo a Él es para vivir entregado a los hombres.

Sé que cuando me vuelvo a Dios y me descentro mi vida me importa menos. Valoro más el amor que recibo a cambio de nada. Doy más valor a lo gratuito. Me desprendo de mis cadenas y pesos que me atan a la tierra y sueño con un cielo más cerca de la tierra, más grande, más feliz. Donde el amor se conjuga en plural. Donde el nosotros tiene más fuerza que el yo.

Por eso quiero que suceda en mí esa educación para la vida de la que habla el P. Kentenich: «La obediencia cristiana no forma hombres masificados, sino personas fuertes, abnegadas y llenas de Dios, que sean capaces de vencer el amor egoísta primitivo y cultivar un alto grado de amor abnegado al tú. A su vez ese amor personal al tú, ese acogimiento que se le dispensa, enriqueciéndolo, redunda en un desarrollo, fortalecimiento y perfeccionamiento de la propia personalidad»[2].

Hoy Jesús me invita a darlo todo sin egoísmos. Me pide que entregue la vida a cambio de nada. Sin esperar nada. Como Él lo hizo. De la misma manera. Me parece imposible hacerlo así. No me sale de forma natural entregar la vida en lugar de guardarla. Perderla en lugar de ganarla.

Es justo todo lo contrario. Pero aquí está la paradoja a la que me lleva Jesús cada vez que lo miro, cada vez que lo sigo, cada vez que lo amo. Parece que me pide lo imposible. Y es así. Yo no estoy hecho de esa manera. Pero me lo pide a mí. Sabe que soy egoísta, que me busco a mí mismo.

Pero me mira y me dice que sí, que es a mí a quien ama, a quien le pide seguir sus pasos. ¿Acaso no acaba de entender que soy de barro? ¿No puede ver que no soy santo y puro en mis intenciones y deseos?

Sí. Él me conoce de verdad. Aunque a veces piense yo que no me conoce. No me sobrevalora. Simplemente ve en mí una belleza que yo ignoro. Descubre en mi alma un valor que yo no veo. No tiene una imagen equivocada de mí. Su imagen es la verdadera. La mía es incompleta.

Pero aún así, ¿cómo puede pedirme algo que va contra mi naturaleza, que supera mis fuerzas, que me hace chocar una y otra vez con mi torpeza? Entonces lo recuerdo. Es imposible para los hombres, pero no para Dios. Tal vez en esa afirmación escueta se esconde el misterio de mi vida siguiendo a Jesús. Yo no lo hago. Es Dios en mí. Es Él quien lo hace. Sus manos en mis manos. Yo braceo y corro y me empeño. Pero es Él quien lo hace.

Y me da paz ver sus pies llagados sobre mis pies. Sus manos heridas en las mías. Y entiendo que Él me protege con su cuerpo herido. Y carga con mi vida como cargó aquel madero. Y soy ligero en sus hombros. Y su voz suena poderosa en mi voz.

Tal vez algo más entiendo ahora. Parece tener todo algo más de sentido. Dios hace posible en mí todo lo imposible. Logra que mi vida tenga sentido. Puedo negarme a mí mismo para dar la vida. Él lo logra. Puedo entregar todo lo que me ata y perder la vida. Él la gana para mí de nuevo.

Así es Jesús. Es el misterio de seguir sus pasos. Ya no temo. Para Dios todo es posible. Pero no para mí. Yo sólo digo que sí y le sigo.

[1] Franz Jalics, Ejercicios de contemplación, 52

[2] J. Kentenich, Un paso audaz: El tercer hito de la familia de Schoenstatt, P. Rafael Fernández

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