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¿Cómo hago para entregarte mi vida, Dios?

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Pranee Chaiyadam | Shutterstock
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Tantas veces sufro buscando su querer. ¿Estaré haciendo lo correcto? ¿Será este el bien que Dios me pide?

Quiero entregar mi vida a Dios. Que sea Él quien conduzca mis pasos. Tantas cosas en mi alma no le pertenecen todavía. Lo sé, son sólo mías.

Por eso me gustan las palabras que hoy escucho de S. Pablo: Os exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a presentar vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; este es vuestro culto razonable. Y no os ajustéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir lo que es la voluntad de Dios, lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.

Quiero hacer lo bueno, lo agradable, lo perfecto. Quiero renovarme para saber discernir lo que Dios me pide. Pero es verdad que no me imagino a Dios sentándose ante el mundo cada mañana y decidiendo en un juego de azar dónde manda un dolor, una pena, una muerte, o una enfermedad.

No creo en un Dios que juega así con mi vida y con mis sueños. Lo veo más bien de pie ante mi vida, conmovido, alegre, sediento de mi amor.

Lo veo ahí ante mí fiel, firme, acogedor, misericordioso. Atento a mi dolor cuando sufro y caigo, cuando padezco la soledad, el abandono. Un Dios así es el que me ha creado y no me deja solo en el camino de la vida. No se desentiende de mí. Camina a mi paso, a mi lado.

Jesús mismo conoció el dolor y la cruz en su carne. Y lloró tantas veces ante el dolor del hombre: En aquel tiempo, empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.

Jesús padeció el dolor y murió ante los ojos impotentes de quienes le amaban. Y Dios su Padre se mantuvo a su lado sosteniendo la amargura de la muerte en sus brazos llenos de vida. Así es ese Dios al que amo, al que sigo. Por eso necesito aprender a discernir dónde está la voluntad de Dios, dónde están sus deseos más ocultos.

Leía el otro día: «La verdadera libertad no significaba otra cosa que dejar obrar a Dios en el alma sin poner obstáculos; poner por delante la voluntad de Dios tal y como se me revelaba a través de sus indicaciones, de sus inspiraciones y de otros medios de que se vale para comunicarlos; y no obrar por propia iniciativa»[1].

Dejar vacía mi alma de ataduras para que Dios pueda manifestar libremente en mí sus más leves deseos e insinuaciones. Quiero ser más libre. Más dispuesto. ¿Qué quiere Dios de mí? ¿Qué espera?

Tantas veces sufro buscando su querer. ¿Estaré haciendo lo correcto? ¿Será este el bien que Dios me pide? Brota esa pregunta que puede llegar a atormentar mi alma. ¿Es lo fácil lo que quiere para mí o es lo que implica más sufrimiento lo que Él desea? ¿La senda amplia que es fácil recorrer o el camino estrecho y de difícil acceso? No lo sé.

Tantas veces no comprendo lo que espera de mí. Camino incluso a ciegas. O me dejo llevar por las costumbres de mi alma. Y grito como gritaba hoy Pedro: «¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte». Porque yo como Pedro temo el dolor y la muerte. No quiero la enfermedad, no deseo la pérdida. Y grito con sus palabras.

Y quizás me da miedo escuchar un día la voz de Jesús: Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los hombres, no como Dios. Porque pienso como los hombres. Soy un hombre como otro cualquiera. Amante de la vida. Temeroso del sufrimiento. Lleno de sueños y deseos. De proyectos y anhelos. De apegos y ansias de dar la vida.

Así es el corazón humano. Grande y al mismo tiempo pequeño. Capaz de lo mejor y de lo más burdo. Digno de admiración y de desprecio casi al mismo tiempo. La fragilidad del corazón humano que se hinca de rodillas a pedir perdón. Después de la caída que teme y trata de evitar. Después de ponerse en camino hacia las cumbres más altas y fracasar de nuevo en ese intento fatuo de ser invencible. El corazón humano que se alza altivo al saborear la victoria y se olvida de su fragilidad en tiempos favorables.

Quiero decirle a Dios cada mañana que mi vida es suya. Con mi orgullo y mi remordimiento. Quiero repetirle con mis obras que lo amo, no sólo con la voz débil que pronuncian mis labios. No con ese sí mío dicho tantas veces en la luz de los pequeños éxitos que me conmueven. Me gusta pensar que nunca estaré satisfecho con la vida que llevo. Y cuando así sea será que algo estará mal hecho.

Por eso me gustan las palabras del P. Kentenich: «Si queremos nadar siempre en la corriente de vida, si queremos ser marcadamente hombres del mundo sobrenatural, si esperamos la irrupción divina en nuestra vida personal y en nuestra vida de Familia, no estaremos nunca satisfechos, hasta el fin de nuestra vida. Por cierto no se trata de un descontento vacilante, que desanime o paralice, sino que de una disconformidad como fuerza impulsora para un anhelo que actúa y se renueva siempre de nuevo. Y si somos hombres de anhelo, en la misma medida seremos hombres de plenitud»[2].

Sé muy bien que la medida de mi anhelo será la medida de la gracia que reciba. Que la medida de mi sueño será la medida de lo que toque un día con mis manos.

No quiero dejar de soñar con ese sueño grande que me enamora por dentro y enciende en mí un fuego eterno. Ese sueño santo que es mucho más grande y más imposible que todas las fuerzas que tengo.

A veces veo mi corazón vacío. Y no recojo las obras que he soñado. O las obras que cuento no son las que yo tanto había deseado. Pero sé muy bien que mi inconformidad no puede desanimarme ni apagar el fuego que arde en mi alma.

Quiero emocionarme al oír el nombre de Jesús. Cada día, cada mañana. Al releer su historia o volver a escuchar sus palabras. Quiero sentir que amo más de lo que creo y que siempre de nuevo estoy dispuesto a hacer lo que Él desea. Porque sé que no soy fuerte, ni valiente, ni capaz.

Pero tengo un alma de niño que está dispuesta a aprender de nuevo cada mañana. A descubrir los deseos más leves de Dios en mi alma y hacerlos obra aunque sea torpemente.

Por eso me entrego de nuevo a Él, tal como soy. Renovando mi sí a su sueño conmigo. Insatisfecho con lo logrado. Descontento con lo que ahora toco, porque la meta todavía brilla ante mi mirada. Inconformista con la vida que llevo porque podía ser mucho más de Dios. Y mi amor podía ser más grande.

Quiero vivir así, no contento, no saciado. Porque una vida lograda sólo será la de aquel que lo ha entregado todo.

[1] Walter Ciszek, Caminando por valles oscuros

[2] J. Kentenich, Milwaukee Terziat, N 21 1963

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