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Venezuela: Se cocina una ley “contra el odio”

VENEZUELA
Ronaldo SCHEMIDT / AFP
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¿Qué hay detrás de esa mampara?

Hace pocas horas el cardenal Pietro Parolin producía un gran titular: “Ante el terrorismo, no se responde al odio con odio”.  Es la más pura doctrina católica, el magisterio repetido por la Iglesia durante siglos desde que el mismo Jesús vino a traer la revolución del amor y soltó aquello –nunca bien digerido- de “la otra mejilla”.

La humanidad repite errores y tal vez esa recurrencia la  más notoria consecuencia del pecado original. ¿Quién sabe? Pero uno de los más graves de esos errores es pensar que devolviendo rabia contra rabia el odio cesará, pues alguien terminará imponiéndose. Y la sensatez, pero también la historia, demuestran lo contrario. Lo único que encadena es el odio. El amor libera.

El gran científico venezolano, descubridor de la cura contra ese mal bíblico llamado lepra, Jacinto Convit, falleció recientemente. Tenía 92 años cuando lo entrevistamos y recordamos que nos impresionó su agilidad corporal al mismo tiempo que su lucidez mental.  Preguntamos cuál era el secreto y, sin vacilar ni un instante a pesar de que la respuesta requerida lo sacaba de contexto, dijo: “Ama. El odio mata y el amor cura”.

Gobernar atizando el odio ha sido la pauta del discurso y la ejecutoria de muchos mandantes. Divide y vencerás, es la conseja. En el caso de Venezuela, ha sido la cartilla leída desde el poder por 19 años. Los acontecimientos muestran que el método se vuelve contra quienes lo aplican. Es de nuevo la historia, gran maestra, la que nos da cuenta de cómo los procesos violentos se tragan a quienes los ponen en marcha. Quien lo dude puede repasar las sangrientas páginas de la Revolución Francesa y constatar quienes terminaron poniendo su cabeza bajo la guillotina.  De hecho, aún los historiadores discuten si el propio Ignace Guillotin, el médico que la ideó, terminó también víctima de la cuchilla. Pero, en el camino, es mucho el daño que puede inflingirse a una sociedad incitando al odio.

El odio es un instrumento tan perverso que pervierte. Se independiza de quienes lo manipulan y termina imponiéndose. Los gobernantes que lo escogen para apalancar su poder quieren legalizarlo, convertirlo en norma, conferirle rango.

El caso venezolano es tan claro como el de algunos países del Asia donde impera la tristemente célebre ley contra la blasfemia. Mientras consideremos blasfemo a quien no crea en lo que yo creo o no crea de la misma manera en que yo creo, esa ley acentúa la discriminación y, en consecuencia, el odio y aleja la posibilidad de convivir en paz.

En Venezuela andan detrás de una “ley contra el odio”. La Asamblea Nacional Constituyente, ya de suyo fraudulenta por la manera como se eligió e instaló, anunció lo que presentan como para servir a la “convivencia y la armonía“ entre los venezolanos.

Pero, como proponía un columnista en días pasados –por aquello de que recordar es abrir una posibilidad a no repetir lo indeseable- “refresquemos la memoria con algunas piezas de la mixtura entre resentimiento y mccarthysmo que hemos visto desfilar (desde que el chavismo es gobierno): la lista Tascón, perverso instrumento de apartheid que le arrebató el empleo a miles de ciudadanos; la condena brutal de la jueza Affiuni a pena máxima; incitaciones frecuentes a los barrios contra los  “escuálidos“ del Este; la maldición desde sus entrañas contra los israelitas; la creación de colectivos como perros de presa contra sus adversarios; o aquella arenga seminal a los soldados desde el Fuerte Guaicaipuro en 2003: “¡Ustedes tienen que escoger hacia donde apuntar sus fusiles: si al pecho de la oligarquía traidora o al pecho del noble pueblo de Venezuela!”

Es la misma gente que hoy nos viene con una “Ley contra el Odio, la Intolerancia y por la Convivencia Pacífica”. Pero, ¡oh sorpresa!, ya se le vio la oreja: la ley meterá el ojo al trabajo de los medios, huelga decir, de los que aún quedan operando con alguna independencia en el país. Enfatiza en la fijación de la responsabilidad que tienen los medios de comunicación en la difusión de mensajes de odio e intolerancia.

“Debe haber responsabilidad y deben tomarse medidas”, puntualizaron voceros del régimen. Claro, el detalle está en que la medida del odio y la intolerancia la fija el baremo oficialista. El mismo principio de la ley contra la blasfemia. En Venezuela, se avanza hacia un estadio más sofisticado de hostigamiento: si disientes y lo expresas, te cae la ley.

Hablan también, los constituyentes maduristas, de la necesidad de educar “en los valores del amor, para fomentar el reconocimiento del prójimo y la tolerancia”.  Pero ya sabemos cómo han sido alterados los programas escolares para ideologizar la formación de niños y jóvenes y la dura lucha que ha llevado adelante la sociedad venezolana en defensa de sus hijos.

La presidenta de la ANC, Delcy Rodríguez, reveló que revisan una normativa vigente en Ecuador, tomada de Alemania, a fin de aplicarla en Venezuela. Enfatizó en que la normativa germana contempla que para las redes sociales debe darse un lapso de 24 horas para que la empresa proveedora del servicio, las redes sociales, retiren el mensaje de odio. “Pienso que 24 horas es mucho tiempo para inocular el odio“, agregó. Ya se han cargado varios canales de televisión. Ahora vienen por la redes sociales, detrás de la mampara de una “ley contra el odio”.

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