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Experiencias de muerte inminente: Dar crédito, pero prudencia al interpretar

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Entrevista a experto teólogo: "Se han colado muchos abusos de poder de gente que se creía iluminada y caen rápidamente en la manipulación, esto pasa cuando uno se acerca a lo paranormal"

Arnaud Join-Lambert, teólogo, enseña en la universidad de Lovaina, Bélgica. Tras haber publicado en 2010 una obra sobre la EMI (experiencia de muerte inminente), continúa interesándose en este fenómeno, a menudo muy positivo para las personas que lo viven.

¿Qué extraer de estas experiencias fuera de lo común sin desnaturalizarlas? ¿Qué prudencia tener hacia ellas? Arnaud Join-Lambert privilegia una aproximación teológica y universitaria. Aborda estos fenómenos en el contexto preciso de la cultura occidental, en la que la teología cristiana está marcada por el uso de la razón.

© YouTube/KTO
Arnaud Join-Lambert

Usted parece prudente frente a las “derivas” que las EMI pueden suscitar en relación a la fe o al uso que se puede hacer de ellas para el acompañamiento de las personas al final de la vida. Entre otros, respecto a los que extraen una teoría sobre la muerte, como Elisabeth Kübler-Ross, Marie de Hennezel y el padre Monbourquette. ¿Por qué?

Hace más de 40 años que las EMI entraron en la cultura contemporánea. Hay lo que yo llamo una especie de “pecado original” en este ámbito, ciertamente involuntario al principio pero que continúa transmitiéndose.

Me explico. Cuando Raymond Moody (médico autor de La vida después de la vida) recopiló su centenar de historias, constató elementos recurrentes. Entonces él reconstruyó una historia tipo, que se ha convertido en la referencia de las EMI.

Todas habían sido vividas positivamente, lo que también orientó los primeros escritos sobre el tema. Como había elementos en común, eso equivalía a una especie de prueba.

Algunos autores, también conocidos como los que usted cita, han permanecido en el registro de la prueba, típica de los años 1970 y 1980.

Sin embargo, miles de historias han modificado esta receta tipo de Moody, hasta reducir los elementos comunes a muy pocos. Conviene por tanto ser un mínimo prudente si uno se aventura en la utilización de estas historias. Me parece peligroso extraer “recetas” para “morir bien”.

Los testimonios de EMI no paran de aumentar. Algunos evocan conocimientos adquiridos en su experiencia, como la reencarnación de su alma en muchas épocas, o una “misión” que habrían cumplido en la tierra. Algunos vuelven incluso con facultades que no tenían antes: capacidad de curación por energías, telepatía, visión de ángeles en la tierra,… ¿Qué piensa usted o qué piensa la Iglesia de ello?

Las EMI complejas de las que usted habla son bastante raras, en relación a las EMI “simples” que se resumen en una experiencia de salida del cuerpo, una impresión de calor o a veces de frío, de alegría o más raramente de terror, la visión o el reencuentro de personas conocidas o de figuras religiosas y una vuelta a la conciencia más o menos bien vivida.

Las investigaciones científicas en neurociencias, actualmente las más eficientes sobre las EMI, por ejemplo las del Coma Science Group de la Universidad de Lieja, se centran en los elementos simples y los más comunes.

Las experiencias que usted relata pueden pasar en estado consciente, en periodos de trances o en una experiencia mística. En mi opinión, hay que considerarlas de la misma manera, sin valor añadido por la pérdida de conciencia y la situación de EMI. En este caso la Iglesia católica, así como las demás Iglesias, es muy prudente, incluso desconfiada.

Usted expresa una reserva respecto a la prueba de la existencia de un más allá aportada por estas experiencias, y escribe: “No es imposible considerar una EMI como un mensaje particular para una persona, incluso un grupo, pero una IME no prueba nada respecto a un más allá. Que la muerte sea un paso hacia un más allá sigue siendo un acto de fe”. ¿Hay una manera de clasificar las EMI en otro ámbito que en el del paso de la vida a la muerte?

Siempre existe la tentación de considerar las EMI como pruebas de algo. Yo insisto en decir que son verdaderas experiencias que marcan profundamente a las personas. La dificultad está en pasar de lo indecible de una experiencia única, y totalmente subjetiva, a una historia hecha de palabras comprensibles para otro.

Las EMI son claramente vividas en situación de muerte, pero las personas no están muertas, como ellas explican. Se podría por tanto imaginar que este fenómeno está en el momento de la muerte porque no hay nada más. Un ateo no tendría problemas con las EMI, ni un creyente tampoco. Así es un punto en que creyentes y ateos se reencuentran unidos y necesitados frente a esta experiencia.

Las EMI, como usted ha destacado, sirven a algunos creyentes, protestantes o católicos, para moralizar a los que no están en el buen camino o que no creen en el juicio final, como las experiencias negativas de las que hablan personas que han intentado suicidarse. ¿Esto es un peligro? ¿Una manera de integrar teológicamente estas experiencias?

Una vez más, es el discurso sobre el registro de la prueba el que plantea problemas. En un testimonio muy difundido, una mujer explica cómo se encontró con las almas de los fetos abortados que clamaban justicia. Cualquiera puede entender que este tipo de argumento moral, justificado por la supuesta exactitud (en sentido científico) de todo lo que ella vio, plantea problemas.

No sé si hay que hablar de peligro, pero me parece que la fe cristiana es desnaturalizada no por estas historias, sino por su utilización.

Si las EMI son reconocidas como experiencias espirituales personales, signos de esperanza para “la vida después de la vida”, llegas pronto a la virtud de la esperanza, tan querida por Charles Péguy. ¿Al final la fe y la esperanza son más importantes que el conocimiento?

No se puede impedir que alguien exponga un saber recibido durante una EMI. Esto supondrá siempre un valor para él o ella. Si se quiere salir de este aspecto individualista, hay que pensar de otra manera.

Yo veo una certeza con las EMI: las personas que las han vivido deben ser escuchadas y acompañadas. Una experiencia tan fuerte no deja indemne y lo primero que hay que hacer es darle crédito.

Para un cristiano que escucha una historia así, será siempre con la fe como él verá un signo de esperanza o una advertencia para la persona o para sí mismo. Pueden darse aquí momentos muy bonitos de intercambio, de los que la persona que ha tenido la experiencia y la persona que escucha salen enriquecidos.

Entonces en estos testimonios, ¿qué es compatible con la fe cristiana y qué no lo es?

Es muy difícil responder a una pregunta así. Antes, yo apelaría a la prudencia ante las interpretaciones de las historias. Me parece que se han colado muchos abusos de poder de gente que se creía iluminada y caen rápidamente en la manipulación. Esto pasa cuando uno se acerca a lo paranormal.

Sin embargo las EMI no me parecen en el plano de lo paranormal. Uno se encuentra en lo inexplicable, que lo biomédico explora a duras penas.

Las ciencias del lenguaje pueden contribuir mucho a comprender cómo se construye la historia, pero no lo que fue la experiencia como tal.

Para responder a todo ello, los criterios tradicionales de la Iglesia son útiles: el contenido de la experiencia y los frutos o efectos sobre la persona.

En otras palabras, visiones muy fantasiosas o contrarias a la tradición bíblica, espiritual y teológica se dejan de lado. Y si la persona sale transformada para bien, modifica su manera de vivir o sencillamente experimenta un profundo bienestar, entonces uno no puede menos que alegrarse con ella y dar gracias a Dios.

 

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