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Hijos huérfanos de padres vivos

CHILD
Africa Studio - Shutterstock
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Hay niños que viven en situación de orfandad emocional. Sus padres existen y creen hacer lo que les corresponde pero...

La emoción de sentirnos amados, deseados, protegidos por nuestros padres es “algo” latente y que no termina ni cuando somos adultos ni cuando ellos mueren, simple y sencillamente porque es una necesidad del alma, emocional. No porque ya seamos grandecitos, ese apapacho de los brazos fuertes de papá, ese consejo a tiempo o esas caricias en la mejilla de las manos suaves de mamá dejarán de hacernos falta. Los papás que activamente están presentes con su amor nos dan la seguridad de ir por la vida con pasos firmes. Que más da que el mundo deje de creer en nosotros si tenemos unos padres que -a pesar de- siguen apostándonos y creyendo ciegamente en nosotros.

La presencia tanto del amor paterno y materno es igual de importante. Ninguno sustituye al otro.

Para que todos alcancemos la madurez psicológica necesaria, es necesario que sepamos quiénes han sido nuestros padres -papá y mamá- para descubrir nuestro origen y respondernos la cuestión –“¿de dónde vengo?”- y así reconocer nuestra propia identidad –“¿quién soy?”-. Esto es importante tenerlo claro para así evitar que luego generemos carencias que pesarán en nuestra vida e identidad. Da muchísima seguridad el saber que somos fruto del amor, una maravillosa consecuencia de un papá y una mamá que se amaron y que vinimos de una verdadera familia.

A mi punto de vista no hay sensación más espantosa que saber que nuestros padres viven y que no contamos para nada con ellos. Y no hablo de un apoyo económico o material, sino de su presencia, de sabernos amados, deseados, queridos, aceptados por ellos. Nuestro sentido de pertenencia y de seguridad sencillamente no existe y eso nos hace ir por la vida inseguros e incompletos. Se vive una soledad interior difícil de describir. Es como si trajéramos un vacío que a fuerza “necesitáramos” colmar y generalmente buscamos llenar con personas que no nos convienen.

Es decir, queremos encontrar el amor y la protección con desesperación, como si apremiara  y corremos el riesgo de conformarnos con cualquier persona que nos hable bonito y nos ofrezca “algo” que huela a amor, seguridad y pertenencia. Desafortunadamente, esta sensación de orfandad es más común de lo que nos imaginamos: mis padres están vivos, pero para ellos pareciera que yo no existo.

 

¿Es suficiente si les doy poco tiempo pero de calidad?

Papás, no importa cuánto dinero gastemos en nuestros hijos porque lo más importante es el tiempo invertido en ellos. El pasar tiempo con ellos habla de lo que está lleno nuestro corazón. Habla de lo que realmente valoramos y es importante para nosotros.

Es importantísimo que no nos dejemos llevar por esa falacia que da lo mismo estar con los hijos poco tiempo si es de calidad. No es verdad porque uno le dedica tiempo a aquello que se ama y valora. Cuando no somos padres presentes el mensaje que nuestros hijos perciben es que si papá y mamá no me regalan su tiempo es que no he de valer mucho y esta sensación de falta de merecimiento y desvalorización personal deja una huella profunda de abandono en sus corazones.

Es tan importante la cantidad como la calidad de tiempo. En la medida de las posibilidades hay que ser papás presentes. Padres modernos, el modelar nuestro amor es un trabajo de tiempo completo donde no existe el descanso. Todo es sustituible, lo único que nada ni nadie puede suplir es nuestra presencia en la vida de nuestros hijos. Los padres, ambos damos sentido de protección, identidad y pertenencia en ellos.

 

El amor no solo se habla

Cuando sentimos ese abandono por parte del ser que estaba supuesto a cuidarnos y amarnos incondicionalmente, esas huellas quedan profundamente impresas en lo más sensible de nuestro ser y difícilmente podremos vivir una vida plena. Es por eso por lo que a los hijos no se les puede amar solo a distancia porque el amor no solo se habla, se demuestra, se modela. No bastan las palabras cariñosas, hay que ponerles vida y acción.

El vivir en orfandad emocional o con la ausencia de los padres trae consecuencias gravísimas. Enumero solo algunas:

  1. En la edad adulta cuando pasamos por situaciones difíciles experimentaremos miedo y dolor irracional, terror a la soledad y al abandono. El corazón duele y hasta podemos llegar a sentir ansiedad y depresión. Buscaremos desesperadamente el “pertenecer” y hacer más allá de lo necesario para agradar a los demás con el fin de ser aceptados y tomados en cuenta. Consideramos que debemos “hacer” para poder obtener cariño, aceptación, aprecio o ternura y difícilmente tomaremos en cuenta de que por el simple hecho de “ser” ya merecemos amor y respeto.
  2. Falta de arraigo, sentido de pertenencia e inestabilidad emocional. Como el sentido de pertenencia es una necesidad emocional buscaremos desesperadamente el “pertenecer”, a lo que sea y a quien sea con tal de sentir ese arraigo. Lo triste es que nada ni nadie nos va a satisfacer y esto generará que nuestra inestabilidad emocional se agudice.
  3. Difícilmente generaremos una relación con Dios Padre. Si por parte de los padres (que “sí vemos” y se supone nos debieron de amar de una manera incondicional) sufrimos abandono, maltrato, falta de tiempo, mucho menos creeremos en un Dios al que no vemos.
  4. Complejo de inferioridad. La autoestima es el sentimiento valorativo de nuestro ser. Si los que se supones que deberían de valorarnos y de aceptarnos en su totalidad no lo hicieron, cómo o de dónde podemos aprender a amarnos y a aceptarnos.
  5. Falta de modelos a seguir. Al no contar con estos modelos activamente presentes seremos incapaces para ser buenos esposos y padres. Los varones que han sufrido la ausencia de mamá se pueden llegar a convertir en adultos misóginos.

Nada vale más que nuestros hijos. Cualquier tipo de abandono atenta contra los derechos de nuestros hijos de ser amados, es violencia y de las más graves. Ellos necesitan sentirse valiosos porque les damos nuestro tiempo porque insisto, se valora aquello a lo que le dedicamos espacio. Si queremos seguir creciendo en amor, en autoridad moral y respeto en sus vidas, seamos padres cada vez más presentes. Todo esto lo perdemos cuando también perdemos presencia ante ellos.

 

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