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En mi 48 cumpleaños, me alegro de no poder jugar mejor a billar

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La gratitud de un hombre por su café barato, su torpeza en el billar y tantas otras cosas puede ayudarnos a reconocer las bendiciones que pasamos por alto

Fue un día caluroso en Casa Grande, Arizona, aquel 3 de julio de 1969.

La enfermera se acercó a la habitación de mi madre, con sus ojos sonrientes por encima de la máscara que las enfermeras de entonces llevaban en las salas de parto. “Es perfecto”, dijo mientras presentaba mi yo bebé a mi madre, que se limpiaba una lágrima furtiva. “¡Es sencillamente perfecto!”.

Bueno, vale, en realidad no estoy en absoluto seguro de que todo sucediera así. Pero me gustaría pensar que sí. Y ahora que cumplo 48, estoy de un ánimo bastante reflexivo.

Hoy, día de mi 48 cumpleaños, descubro que estoy agradecido por más que el simple don de la vida: estoy agradecido por esta vida. Mi vida.

Estoy agradecido por el don de mis gustos baratos en bienes materiales y mis gustos exquisitos en bienes espirituales.

Doy gracias porque Busch Light sea mi cerveza favorita. Doy gracias porque el café Folgers me gusta de verdad hasta la última gota. Doy gracias porque prefiero una quesadilla de pepperoni con maíz en vez de un filete… y doy gracias porque no me preocupa mucho la ropa que llevo ni me importa lo más mínimo el vehículo que conduzco.

Sin embargo, sí estoy agradecido porque mi fe no me salga barata. Tuve que debatir mi entrada en la fe paso a paso con un dominico de Oxford educado en Cambridge, y tengo que reexaminarla continuamente cuando hay información nueva que la desafía.

Estoy agradecido porque exigí y busqué, y por la gracia de Dios obtuve, una esposa de la más fina calidad: la persona más apasionada, inteligente, elocuente, hermosa, comprometida y madura que he conocido, y gracias también porque perseveré cuando todo el mundo tenía claro que ella jugaba en una división muy superior a la mía.

Doy gracias a que tengo un listón ridículamente alto en mi vida espiritual; digo ridículo porque yo mismo me quedo vergonzosamente corto. De todos modos, doy gracias porque mi conciencia no me deja cambiar mis mínimos. Ojalá mi voluntad estuviera a la altura.

También doy gracias por las cosas de que carezco.

Doy gracias porque Dios, en su sabiduría, me ha mantenido alejado de problemas haciéndome trabajar duro para llegar (casi) a fin de mes. Doy gracias a Dios por haberme dado el don de la torpeza vergonzosa que hace absurdo el mero pensamiento de desviarme de mis votos matrimoniales.

Y doy gracias a Dios por hacer de mí un mal jugador de billar, porque me encanta jugar y lo haría –mucho– más a menudo si los demás pudieran tolerar jugar conmigo.

Estoy agradecido por el tiempo libre que me falta porque tengo hijos.

Lo olvidaba… ¡Sí, también doy gracias por mis hijos! Los más pequeños que me recuerdan lo fantástico que soy solamente por existir y los mayores que me recuerdan que no soy tan fantástico a fin de cuentas.

Doy gracias a Dios por los dones que me ha dado para vivir bien y con perspectivas de futuro, y le pido las gracias para perfeccionarme y mejorarme para que, algún día, pueda morir bien.

Tengo la imagen, en la que confío y por la que rezo, de un futuro día brillante en el paraíso cuando la Santa Madre, resplandeciente, me presente a mi madre una vez más y diga “¡Es perfecto del todo!”, mientras mi madre se seca unas lágrimas de alegría… “Por fin, ¡es perfecto!”.

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