Recibe Aleteia gratis directamente por email
Cada día, noticias que dan esperanza: ¡recibe Aleteia por email!
¡Inscribete!

¿No estas preparado para donar?

Aún así hay otras 5 maneras como puedes ayudar a Aleteia

  1. Reza por nuestro equipo y por el éxito de nuestra misión
  2. Habla de Aleteia en tu parroquia
  3. Comparte el contenido de Aleteia con tus amigos y tu familia
  4. Desactiva el bloqueo de publicidad cuando nos visites
  5. Suscríbete a nuestra newsletter gratuita y leenos a diario

¡Gracias!
El equipo de Aleteia

Suscríbete

Aleteia

Encontré a Dios en un mendigo del metro de Múnich

BEGGAR
Peyker - Shutterstock
Comparte

Giampiero es un cirujano italiano que emigró a Alemania para trabajar. Un día, un encuentro con un mendigo le cambió la vida

Os contaré cómo encontré a Jesús en la persona de un mendigo. Mi nombre es Giampiero Autiero, trabajo en un hospital de Alemania y soy uno de los muchos italianos que han emigrado en busca de una oportunidad laboral.

Al inicio, no fue fácil adaptarse a la cultura alemana. Trabajar en otro idioma, vivir en un apartamento minúsculo, prescindir de toda comodidad, perder el contacto con los amigos de la infancia o renunciar a ver cómo tus padres se hacen mayores son sacrificios que se deben asumir cuando se emigra.

Cinco años más tarde, pese a los momentos de duda, las renuncias y los sacrificios, el balance es muy positivo. Como decía la Madre Teresa de Calcuta, la infelicidad es el camino a la alegría y la duda es la vía a la verdad.

Abracé la tristeza cuando se me presentó, y ahora soy feliz viviendo de modo estable en Alemania, con mi esposa y mis hijos. No es fácil estar lejos de los seres queridos, de los lugares, olores y sabores de mi infancia napolitana, pero la familia me da siempre el valor y la fuerza para seguir adelante. Además, aquí en Alemania fue donde encontré a Dios. Ocurrió así.

Un mendigo en el metro

Un día, tras haber asistido con unos compañeros a una conferencia en Múnich, tomé el metro. Cuando faltaba sólo una parada para llegar al aeropuerto, donde tomaría el vuelo de regreso a casa, un mendigo vestido con harapos y tambaleándose en medio del vagón se detuvo a mi lado. Mirándome fijamente, me preguntó si podía darle el billete de metro que había usado. A él le permitiría continuar el viaje. Yo, incómodo, se lo negué, y él, con un educado silencio, se alejó respetuosamente.

Al bajar del vagón, lo encontré de nuevo al pie de la escalera que conducía a la superficie. Me repitió la misma petición, y yo me negué de nuevo, aunque ya no iba a necesitar ese billete.

Más adelante, mientras charlaba con mis colegas, me di cuenta de que no llevaba el teléfono móvil. Enseguida, me vino a la memoria la imagen del mendigo. Informé inmediatamente al servicio de vigilancia y acudí a la oficina de objetos perdidos, pero el teléfono no estaba allí.

Con el móvil de un amigo, envié un mensaje a mi teléfono confiando en que quien lo tuviese se pusiera en contacto conmigo. Estaba desesperado: en el teléfono estaban los recuerdos y contactos de todos esos años. Llamé de nuevo a mi número y finalmente respondió una voz amigable: alguien lo había encontrado olvidado en el asiento del metro y me esperaba a tres paradas de allí.

Aun sabiendo que arriesgaba perder el vuelo de regreso a casa, fui al encuentro del desconocido. Se trataba de un joven bien vestido, que me reconoció enseguida. Quise ofrecerle algo de dinero como recompensa, pero no aceptó, sino que me dijo: “Tenga usted mi billete para tomar de nuevo el metro, yo ya no lo necesito”. El corazón se me congeló al oír esas palabras. Comprendí cuánto había sido cretino antes, negando mi ayuda al prójimo en un momento de dificultad. Había sido arrogante y egoísta. Había tenido la ocasión de ayudar a alguien menos afortunado, y la había desaprovechado, reaccionando con arrogancia y egoísmo. Y ahora otra persona me ayudaba a mí. Me había encontrado con el Señor bajo la piel de un mendigo, y no había sabido servirle.

En otras ocasiones, había ofrecido mi ayuda a personas en dificultad, pero aquella noche fui incapaz. Aquello me hizo reflexionar. Mi falta de compasión me sirvió para decidirme a hacer algo más por el Señor y, días después, al pasar por Nápoles, escribí un correo electrónico a la página web del Opus Dei.

El Opus Dei, un inmenso panorama

Un cooperador del Opus Dei se puso en contacto conmigo y me invitó a un retiro espiritual en la residencia Monterone. La reunión duró sólo unas horas, pero pude apreciar el ambiente de serenidad y paz que se podía respirar allí. Sentí enseguida el deseo de gozar de la felicidad que aquellas personas demostraban.

Al regresar a Alemania, seguí acudiendo a los medios de formación cristiana que ofrece el Opus Dei. Aprendí a ofrecer a Dios mi trabajo, a servir a los demás con mi actividad ordinaria y a ofrecer una palabra de consuelo a quien la necesitase. En el centro del Opus Dei de Berlín, conocí a don Wolfgang Weber, sacerdote, y quedamos en que continuaría mi formación junto con otras personas que acuden a las actividades organizadas cerca de Hamburgo, donde vivo.

Desde entonces han pasado dos años y mi vida ha cambiado. He aprendido a rezar en otro idioma. Pensaba que sería imposible, pero lo he logrado. En las mil dificultades de cada día, en el exigente trabajo del quirurgo, en la vida familiar llena de momentos buenos y momentos difíciles, agradezco a Dios haber encontrado este camino. Él me ayuda a encontrar tiempo para dedicarlo a la oración y afrontar así juntos —Dios y yo— los problemas. Como supernumerario del Opus Dei, sólo deseo ser un buen cristiano, capaz de transmitir a mis hijos el amor de Dios. He buscado a Dios, lo he encontrado, y deseo amarlo cada día más.

Artículo originalmente publicado por Opus Dei

Boletín de Noticias
Recibe gratis Aleteia.
Los lectores como usted contribuyen a la misión de Aleteia

Desde nuestros inicios en 2012, los lectores de Aleteia han crecido rápidamente en todo el mundo. Nuestro equipo está comprometido con la misión de proporcionar artículos que enriquezcan, inspiren y nutran la vida católica. Por eso queremos que nuestros artículos sean de libre acceso para todos, pero necesitamos su ayuda para hacerlo. El periodismo de calidad tiene un costo (más de lo que la venta de publicidad en Aleteia puede cubrir). Por eso, los lectores como USTED son fundamentales, aunque donen incluso tan poco como 3$ al mes.