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Inmigración: cómo enfrentar los riesgos de la “anestesia emocional”

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Saber canalizar nuestras emociones no siempre resulta fácil, pero es vital para que el proyecto migratorio tenga sentido en nuestra vida

Quienes han vivido o viven la experiencia de la migración, conocen muy bien el gran esfuerzo que implica cortar raíces y transplantarlas a otro lugar: dejar los puntos de referencia que nos orientaban en la vida y aprender a movernos en otra cultura distinta es doloroso, difícil y al mismo tiempo enriquecedor. Si este esfuerzo resulta muy grande o dura demasiado tiempo, puede suceder que la persona experimente una especie de “anestesia emocional” que es un modo de protegerse, no exento de riesgos.

Imaginemos a un corredor de maratón que pone toda su energía en alcanzar la meta. Durante la marcha todo su cuerpo, mente y espíritu están orientados hacia la misma y sin darse cuenta deja de sentir el cansancio, la sed, el hambre, el frío, el calor, las ampollas que quizá le han salido en los pies; deja de mirar el paisaje o las personas que están más allá de las vallas. Cuando cruza la meta, se da cuenta de que está agotado, al límite de sus fuerzas y se echa al suelo. Una vez que logra reponerse se sorprende de no poder recordar cómo fue que llegó a la meta.

En muchas historias de migración, personales y familiares, sucede que funcionamos como el corredor imaginario: nos centramos en una meta, poniendo todo el esfuerzo en alcanzarla y dejando de sentir en el camino algunas emociones. Es como si viviéramos una especie de “anestesia emocional”: dejamos de sentir el dolor, el enojo, la frustración, la tristeza, la soledad, el miedo. En la carrera por sobrevivir y adaptarse a una nueva vida, que en muchas ocasiones puede volverse muy dura, podemos meter en movimiento este modo de protegernos que consiste en dejar de sentir algunas emociones porque no alcanzamos a sobrellevarlas.

 

Perder la brújula es perder el norte

La “anestesia emocional” puede ayudarnos a sobrevivir y alcanzar una meta, cuando hacemos un esfuerzo que sentimos más grande que nuestras capacidades, pero tiene también muchos riesgos: las emociones, aún las que percibimos como desagradables o negativas, sirven como una brújula para orientarnos y conectarnos con los demás y con nosotros mismos. Si dejamos de sentir una o varias emociones, esa brújula se vuelve mucho más limitada y menos eficaz.

 

De repente, la reacción

Por otra parte, un factor que vuelve difícil enfrentar la “anestesia emocional” es que en la carrera por sobrevivir, la persona no se da cuenta de estar anestesiada, justo como el corredor imaginario, que deja de sentir su cuerpo porque está totalmente centrado en alcanzar la meta. Y suele pasar que el despertar de la anestesia emocional suceda de manera inesperada: durante un momento de crisis, en un espacio donde se recupera la dimensión de persona (como un curso de formación), durante un encuentro significativo en el que por primera vez se puede hablar de sí mismo y de la propia historia con libertad, etc.

El despertar de la “anestesia emocional” suele ser muy doloroso, pero también liberador. Es difícil darse cuenta de lo que se ha perdido dejando de sentir emociones como la rabia, la frustración o la tristeza. En algunas ocasiones se puede también dejar de sentir emociones agradables como la alegría, el pertenecer a una comunidad, el estar enamorado, etc. Pero también este despertar nos brinda la posibilidad de retomar las riendas de nuestra vida de una manera distinta y de replantear el proyecto migratorio si es necesario.

 

Propuestas de ayuda

Algunas ideas que pueden ser útiles para enfrentar los riesgos de la anestesia emocional son:

  1. Periódicamente detenerse y hacer una pausa para observar cómo estamos, conectándonos con nuestro cuerpo y con nuestras emociones, incluso las que percibimos como desagradables o negativas, como suelen ser el dolor, el enojo, la frustración, la tristeza, etc. Conectados con nuestro mundo interior, hacer un balance de la experiencia de migración y revisar cómo va el proyecto migratorio.
  2. Identificar cuál es nuestro “talón de Aquiles” emocional, es decir, qué emociones gestionamos con dificultad y cuáles con mayor facilidad. Una vez que hemos identificado qué emociones nos cuesta más trabajo gestionar, observar muy bien qué hacemos cuando sentimos esa emoción. Si nos animamos, podemos probar a hacer algo distinto para gestionarla.
  3. Explotar el hecho de que hemos migrado y que poco a poco hemos aprendido a movernos en una cultura distinta: ¿Qué diferencias podemos establecer entre el modo de expresar algunas emociones en nuestro país de origen y en el país de acogida? ¿Hemos aprendido algún modo distinto de expresar alguna emoción? El contacto con una cultura diferente puede ampliar nuestros horizontes también a nivel emotivo.
  4. Buscar relaciones de amistad en las que podemos expresar con libertad nuestro mundo interior, incluyendo las emociones desagradables, así como también en las que podamos aprender a acoger al otro, con todo y sus emociones desagradables. Si detectamos una diferencia cultural importante en el modo de expresar alguna emoción, hacerlo presente de manera respetuosa.
  5. Para concluir, si nos damos cuenta de que sufrimos de “anestesia emocional” y hay una o varias emociones que no logramos sentir, buscar el apoyo de un profesional que nos acompañe y nos sostenga en el proceso de despertar.

 

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