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¿Has sentido alguna vez nostalgia del cielo?

Dima Zel

Carlos Padilla Esteban - publicado el 15/08/17

Un lugar santo en el que veo la verdad de mi vida. Me veo tal y como soy. Allí descanso con los míos. Allí me siento en casa

Jesús sube a lo alto del monte y se transfigura delante de los suyos: «Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz». Pienso en lo que sentirían esos tres amigos ese día en el Tabor. Me lo imagino. Emoción, alegría por saberse amados, elegidos. Podían estar a solas con Jesús.

Jesús camina entre los hombres y de vez en cuando necesita, como yo, alejarse un poco para estar con su Padre. Para ver desde arriba su vida. Para descansar en su corazón y sentirse Hijo. Para tomar fuerzas para seguir dando la vida.

El Tabor es un monte cerca de Nazaret. Forma parte de su paisaje conocido. Se levanta sobre la llanura. Se ve desde muchos lados. Y desde arriba se puede ver todo. Seguramente, Jesús iba allí de vez en cuando. Jesús no sube solo. Quería compartir ese momento de descanso con los tres más cercanos. El paisaje desde arriba es muy verde. Da paz ver ese monte verde rodeado de árboles.

Comprendo que Jesús subiese allí con frecuencia. Es un lugar lleno de belleza. Cuando subo a veces no veo nada. Es arriba cuando el paisaje se abre y entonces puedo hablar con Dios con ese horizonte más ancho. En la cumbre es donde puedo ver algo de mi vida, un poco más de lo que veo en el llano, donde sólo veo el paso que tengo delante.

Eso es para mí el monte. Y creo que eso es la vida. Subir al monte. Bajar del monte. A veces el paisaje es ancho, desde la cima veo el camino recorrido y veo cómo he vivido hasta ahora. Allí el cielo es más ancho, más azul. Allí descanso y cojo fuerzas. Eso es el Tabor.

Cuando voy por el llano, cuando recorro el llano, puedo caer en la tentación de no levantar los ojos. Puede ser porque está todo lleno de árboles. Puede ser porque vivo el momento y la presencia de Dios en ese instante sin pensar más.

Creo que en la vida necesito subir y bajar del Tabor muchas veces. Con los que quiero. Con Jesús a quien tanto quiero. Quiero hacerlo con los ojos bien abiertos. Para no perder un solo detalle. Quiero a aprender a estar, a descansar en lo alto del monte, sin programas ni deberes que hacer.

Decía el P. Kentenich: «Queríamos desterrar de nuestra vida tanto el ruido externo como el interno. El ruido exterior: queríamos alejarnos de la calle, alejarnos de las innecesarias ocupaciones con cosas externas. ¡Horas tranquilas! ¡Silencio! No queremos que el ajetreo de la vida penetre ni en el corazón ni en la fantasía. Horas tranquilas han de ser horas de soledad, horas de comunión. Las horas silenciosas han de llegar a ser las horas más importantes de nuestra vida»[1].

¡Cuánto me cuesta encontrar ese monte en el que aprendo a vivir! Cuesta esfuerzo subir. Pero una vez arriba veo que todo es mucho más sencillo. El Tabor es un lugar santo en el que veo la verdad de mi vida. Me veo tal y como soy. Allí descanso con los míos. Allí me siento en casa.

¿Quién es mi Tabor en el camino de la vida? ¿Qué lugares son mi Tabor? Hay personas que son como ese monte. Su presencia me ayuda a mirar mi vida con algo de perspectiva. A su lado me siento bien y puedo darle importancia a lo que la tiene y quitársela a las cosas pequeñas. Con ellas descanso.

Hay lugares donde experimento esa misma paz. ¿Cuál es mi Tabor en la vida, ahora mismo? Hay lugares a los que a lo mejor puedo ir cada día a cargar el corazón. A llenarme de cielo. El Santuario puede ser ese mismo lugar. Sé que la nostalgia del Tabor, cuando no puedo estar allí, es, en definitiva, una nostalgia de cielo.

[1] J. Kentenich, Milwaukee Terziat, N 21 1963

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