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¿Cómo sanar mi autoestima?

Christophe Ena | AP Photo

Luz Ivonne Ream - publicado el 15/08/17

Los padres somos los primeros responsables de fomentar una sana y santa autoestima en nuestros hijos

¿Nacemos con autoestima, se va fabricando, la vamos obteniendo o es algo que se pueda comprar? La autoestima va más allá de ser un tema meramente de personalidad o de carácter. Es más, yo diría que su base es la espiritual porque esta es fruto de yo reconocerme y aceptarme como un ser valioso partiendo de que soy creado por un Ser Superior al que llamo Padre y quien me creó por puro amor. Y siendo Él un Ser infinitamente sabio no puede crear más que maravillas: yo soy una de ellas.

Por lo tanto, si soy creado a imagen y semejanza de mi Padre -quien es la Verdad, la Belleza, el Bien, la Bondad-, me hace partícipe de sus perfecciones. No soy Él ni jamás debo pretender tomar el lugar que en mi vida por derecho le corresponde tener, pero sí soy su creación, la más perfecta de ellas.

¿Soluciones esotéricas? No, gracias

El gran problema que la autoestima presenta hoy en día es que no estamos reconociendo a nuestro Creador -Padre-, no lo estamos queriendo en nuestras vidas y creemos que todo lo podemos sin su ayuda. Es un ego desmedido el que se está apoderando de nuestros corazones queriendo tomar su lugar y queriendo  que todo dependa de mí, de mi fuerza, de mi poder creativo, de mis talentos, del poder de mi pensamiento, de la fuerza con la que yo “decreto”, de mis visualizaciones… Y en caso de que necesite algo de ayuda, qué mejor que acudir a medios esotéricos que me ofrecen soluciones rápidas y sin dolor. ¡Absurdo!

Como si nuestra vida entera dependiera solo de nuestra persona y nada de Dios. Como si nuestro futuro estuviera solo en nuestras manos. Esto no es más que soberbia en su máxima expresión. El pensar así, aunque no nos demos cuenta, es una carga enorme que nos estamos echando a cuestas. Y claro, en algún momento nos daremos cuenta de que nuestra capacidad es limitada y al no poder hacer más nos sentiremos fracasados, e impotentes y desesperanzados y como consecuencia nuestra autoestima se verá lastimada. Cuando no logremos aquello que tanto anhelábamos nos deprimiremos porque el hijo de la baja autoestima es la depresión.

Por lo tanto, la baja autoestima -o complejo de inferioridad-  muchas veces está basado en la soberbia. El mundo nos vende la idea de que quien se siente necesitado, de que quien reconoce sus límites, de que quien busca ayuda porque sabe que solo no puede es quien tiene ese complejo de inferioridad o tiene baja estima por sentirse necesitado de… Es todo lo contrario. A mayor humildad, más sana autoestima. A mayor soberbia, más baja autoestima.

© Patrick Foto/SHUTTERSTOCK

Por lo tanto, el secreto de una sana autoestima es comprender y aceptar que uno es criatura, no Dios. Que somos limitados y siempre necesitados de nuestro Padre, del que nos creó. Los primeros que trasmitimos ese reconocimiento, amor y respeto por nuestro Creador somos los padres dentro del hogar.

Yo no puedo amar lo que no conozco. Si no me conozco, si no reconozco quien realmente soy difícilmente me puedo amar y mucho menos amar genuinamente al prójimo. A veces amamos lo que dicen que somos y no lo que realmente hemos descubierto sobre quiénes somos. Por lo tanto, una sana autoestima comienza con el autoconocimiento. ¿Quién soy? Un maravilloso ser que existe gracias a que mi Padre, por puro amor me quiso crear. Es decir, soy increíblemente valioso desde el momento en que por amor existo.

El primer paso, en casa

El hogar es la fuente principal de la sana autoestima. Ese primer encuentro con nuestra autoestima la vivimos dentro de casa, por medio de nuestros padres y de las personas que componen nuestro núcleo familiar. Es aquí donde desde la infancia comenzamos a construir o a destruir nuestra autoestima. Como niños nuestros súper héroes son los padres. Por lo tanto, lo que salga de su boca es ley y sus palabras resonarán a lo largo de nuestras vidas. Quizá ya no como palabras vivas, pero sí haremos eco de ellas con cada uno de nuestros comportamientos y actitudes.

Uno comienza a reconocer su valor gracias a que nuestros padres nos lo hacen ver. Dependiendo de las palabras, actitudes de amor y reconocimiento que se nos transmitieron desde la infancia será qué tan sana o lastimada esté nuestra estima personal a lo largo de nuestra vida.

Si desde niños escuchamos que valíamos mucho y que se nos amaba solo porque sí, sin necesidad de hacer o tener logros, se nos ponía más énfasis en nuestras virtudes y no tanto en nuestros defectos, entonces nuestra columna vertebral emocional estará en el rango del equilibrio.

Y, claro, porque como niños las palabras que escuchamos de los padres -ya sean de amor o, todo lo contrario- son un precepto; si ellos dicen que valgo, entonces valgo. Si me dicen que ya están cansados de mí, que “nunca” hago nada bien, que “siempre” me porto mal, que no sirvo para “nada” y que “todo” lo hago mal, -absolutismos- entonces no valgo nada y mi autoestima estará trapeado el suelo.

De dónde viene el boicoteo a los demás

Lo mismo sucede con las actitudes que percibimos de aceptación o rechazo, estas quedan tatuadas en el alma. Incluso se puede crear esa creencia de que si mis padres, que se supone fueron los primeros que debieron amarme y aceptarme incondicionalmente, no lo hicieron; entonces eso quiere decir que no soy merecedor de que nadie más lo haga, no soy valioso y de antemano sé que los demás me van a rechazar ni me van a valorar como ellos lo hicieron. Entonces, antes de que a mí me rechacen o me devalúen, primero rechazo  y devalúo yo. Este es un mecanismo de defensa -boicoteo- inconsciente, pero que se ve muy seguido en las relaciones de pareja.

Tener una sana autoestima sí es posible. No importa la edad que se tenga, siempre se puede reconstruir, claro que todo dependerá del estado de gravedad y profundidad de la herida. No es lo mismo reconstruir la autoestima de un niño que fue rechazado desde el vientre materno a otro que fue aceptado desde que fue engendrado, pero que después fue abandonado por el padre.

La buenísima noticia es que la autoestima se recupera con una buena terapia y, sobre todo, tomados de la mano de Dios. Aunque todos te hayan rechazado siempre tuviste a ese Padre amoroso que jamás te ha repudiado, que siempre te va a amar y que gracias a Él existes. Todos podemos sanar cualquier herida emocional y así lograr tener una autoestima sana.

Ahora, existe un enorme peligro en todo esto -en el proceso de sanar nuestra estima- y es que las personas tendemos a creer que con solo ayuda humana nos podremos sanar y eso es un grave y peligroso error.

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