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Lecciones ocultas de un primer noviazgo

Shutterstock-Radu Bercan
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Caso superado, que fue atendido en consulta por nuestra experta y puede dar claves de ayuda a quienes pasan por lo mismo

De vacaciones en la pequeña ciudad en que viví parte de  mi vida, en una tienda me encontré a quien había sido mi primera novia hacía largos 25 años. No la veía desde entonces.

Nos reconocimos tras un breve titubeo y débil sonrojo. Luego, un tanto cortados, intercambiamos breves preguntas sobre nuestras vidas y respectivas familias para despedirnos con las usuales frases: “Que estés bien, fue un gusto saludarte”.

Avanzo unos pasos sin concentrarme en lo que ando haciendo, decido no seguir comprando y pago olvidando el cambio. Ya afuera, respiro el aire fresco del atardecer y escucho el repique de campana de una parroquia cercana, sin poder ni querer evitar los recuerdos.

Es la hora indulgente del largo y caluroso verano que muchas veces disfruté junto a quien acababa de saludar, paseando veloces en bicicleta, sintiendo el sol en nuestras espaldas con todo el vigor de la primera juventud.

Son recuerdos en los que no hay nostalgia, sino sensibilidad moral por los hechos de mi vida pasada.

Y… profundas lecciones de vida.

El dolor del primer amor

Se dice mucho que el primer amor no se olvida, y más de una vez deja una cicatriz de cierto dolor. En mi caso, durante años sentí ese dolor como el entrañable recuerdo de haber tenido en mis manos un cariño sincero, limpio y trasparente como agua de manantial; que se plasmó en canciones, emotivas cartas, curiosos regalos y sobre todo en la fina fidelidad por parte de ella.

Un dolor que aumentó cuando fui capaz de comprender que le hice sufrir mucho cuando la rechacé.

El desarrollo de mi adolescencia fue, con mucho, más abrupto que el de ella, y para colmo se alargó con una hipersensibilidad psicológica por la que sufrí grandes cambios de ánimo y de criterio, rebeldía, sentimientos de incomprensión, etc. En esa confusión, pretendí ser más libre de lo que era, tenía prisa por la aventura, y el mundo que compartíamos me pareció infantil… Se lo dije, y me alejé sin que me importaran sus lágrimas.

Y le dije adiós a la pureza para “crecer”.

Pocos años después “sin querer, queriendo” supe que estaba felizmente casada. Era lo normal pues, a diferencia de mí, en ella todas sus actitudes estaban profundamente personalizadas, lo que le permitió tomar pronto y bien las riendas de su vida, en muchos aspectos.

Con una profesión pero como una veleta

Yo, en cambio, aunque ejerciendo una profesión, empezaba apenas un largo y penoso rodeo hacia la madurez, con la equivocada actitud de seguir costumbres, opiniones, hábitos de moda u ocio, solo porque la sociedad las imponía como normales, cuando me resultaron ser dañinas o inconvenientes.

Inquieto,  comencé a viajar con la idea de encontrar, en alguien o en otro lugar, una respuesta a lo que yo consideraba mi derecho a ser amado como aspiración fundamental para ser feliz.

Pero todo derecho implica deberes que no sabía cumplir.

Me decidí  a pedir ayuda profesional. Fue entonces cuando se me propuso hacer el más importante viaje de mi vida… un viaje al interior de mí mismo.

Así, con el autoconocimiento pude reconocer y aceptar que:

  • Tenía miedo a mostrar mis sentimientos y a que la gente descubriera mi “verdadero yo”.
  • A una incapacidad de expresar o sentir amor o afecto.
  • A sentirme controlado, ahogado emocionalmente por alguien.
  • A intimar y sentirme rechazado, abandonado.

En el origen de esos sentimientos negativos, se encontraba una acentuada carencia de autorespeto y autogobierno.

Hasta entonces solo me había juzgado y valorado a través de los ojos de otras personas, por lo que realmente no me conocía ni tenía las riendas de mi vida. Si quería resolver mi grave problema debía entonces ser capaz de decidir por mí mismo, respetarme y respetar a los demás sin dejarme arrastrar por el ambiente.

Debía quitarme la careta de la superficialidad para ser  yo quien presidiera en los actos de mi inteligencia y mi voluntad para implicarme verdaderamente en mis sentimientos, los que fueren. Lo que me llevó tiempo y esfuerzo.

Eso me llevo a una conversión por la que perdí el miedo a conocerme bien y dejarme conocer, con la seguridad del andar en verdad. También dio descanso a mi espíritu y, aunque aumentó aún más el dolor por los errores de mi vida pasada, finalmente se convirtió en la mejor forma de curación. Más que el solo dar tiempo al tiempo.

Comprendí así que la vida inevitablemente va hiriendo por dentro y que si se lucha por madurar, entonces, es necesario a través del cambio asimilar esas heridas de la mejor manera posible, aunque esas heridas muchas veces, de alguna manera, siempre estarán ahí.

Y  tuve mi segunda y gran oportunidad

Conocí a quien es mi esposa. En ella, esta vez, sí pude reconoce y valorar la maravilla de una feminidad profundamente personalizada y estoy felizmente enamorado.

Cada día un poco más.

Nadie necesita estudiar psicología para reconocer que la mujer por naturaleza está constituida para madurar más rápido que el hombre. Se humaniza tanto que puede ser más mas novia que el novio; más hija que el hijo; más hermana que el hermano; más madre que el esposo padre; más esposa que el esposo.

Por muchas razones de bondad, la mujer personaliza más su feminidad que el hombre su virilidad. Por eso, una sociedad que pervierte a la mujer se hace el mayor de los daños.

 

Escríbenos a: consultorio@aleteia.org

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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