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Un hallazgo que obliga a revalorizar la evangelización de América

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Caroline - CC

Jaime Septién - Aleteia Mexico - publicado el 28/07/17

El encuentro de cráneos de mujeres y niños en una zona arqueológica mexicana obligará a los historiadores a variar sus hipótesis

El pasado 30 de junio, arqueólogos mexicanos del Instituto Nacional de Antropología e Historia de México (INAH) encontraron más de 650 cráneos cubiertos de cal y miles de fragmentos en un edificio cilíndrico cerca del sitio del Templo Mayor, en el corazón de la Ciudad de México.

El hallazgo se dio a conocer apenas hace unos días en una excavación cerca del sitio del Templo Mayor de la antigua ciudad de Tenochtitlan, a un costado de la Catedral Metropolitana y de Palacio Nacional y del Zócalo capitalino.

Este encuentro azaroso sugiere nuevas hipótesis sobre la cultura del sacrificio en Mesoamérica, concretamente, de la cultura del sacrificio humano por parte de los aztecas, puesto que entre los cientos de cráneos encontrados hay muchos de mujeres y niños.

Con ello, se le da la razón tanto a los cronistas de la primera fase de la Conquista como a los primeros evangelizadores franciscanos que llegaron a la Nueva España de lo que vieron y que, durante mucho tiempo, ha sido considerado como una “exageración” de la Iglesia para “legitimar” la Conquista española.

Es decir, que los decapitados y luego empalados por las sienes que formaban el tablero del edificio del tzompantli, no eran solamente guerreros capturados en la llamada “guerra florida”, con los cuales se complacía a los dioses, sino que el encuentro de cráneos de mujeres y niños obligará a los historiadores a variar sus hipótesis.

El tzompantli, tal como lo describen Hernán Cortés (capitán del ejército español que conquistó México) o Bernal Díaz del Castillo (soldado y autor de la primera narración de la Conquista) y, sobre todo, Andrés de Tapia (también soldado y testigo de los ritos de la cultura náhuatl) “era una plataforma con escalones, sobre la cual estaban alineados unos fuertes pilares verticales, unidos unos con otros por perchas horizontales y sobre esas perchas se empalaban las cabezas de los sacrificados”, según cuenta el historiador Christian Duverger en su libro La flor letal (Economía del sacrificio azteca).

En varias ciudades prehispánicas se han encontrado este tipo de estructuras que causaron estupor y espanto entre los españoles, por ejemplo, en la vecina ciudad de Tlatelolco.  Y es que, sigue diciendo Duverger, “los cráneos, perforados transversalmente a la altura de las sienes, permanecían ahí largo tiempo después de su completa descarnadura”.

Los aztecas celebraban cerca de 14 fiestas al año que contenían sacrificios humanos.  Hasta hoy se pensaba que los cráneos del tzompantli eran exhibidos como fruto de poder y como refugio contra el tiempo y la muerte (que eran los pasajes que mayormente preocupaban a los indígenas del centro de México), sin embargo, el hallazgo sugiere otro derrotero del sacrificio humano y de la decapitación postsacrificial entre los aztecas.

Según explicó el antropólogo biólogo Rodrigo Bolaños, los registros hasta la fecha indicaban que los aztecas solo sacrificaban a jóvenes guerreros a los que capturaban, por lo que los científicos no esperaban encontrar cráneos de mujeres y niños en esta torre.  «Los niños y mujeres no iban a la guerra. Está pasando algo que no está registrado y esto es muy nuevo, una primicia en el Huey Tzompantli», subrayo Bolaños.

Los evangelizadores franciscanos, como Fray Toribio de Benavente, Fray Juan de Zumárraga, Fray Pedro de Gante o Fray Bernardino de Sahagún, vieron en este tipo de “monumentos” dedicados, casi siempre, al dios de la guerra (Huitzilopochtli) como una intervención demoniaca.  Y buena parte de la evangelización de México consistió en quitarles esos rituales macabros y enseñarles la doctrina de Cristo.

Ahora vemos que el asunto era mayúsculo.  Que mujeres y niños –no solamente guerreros capturados—eran usados para calmar el temor al devenir y a la muerte.  También mujeres y niños, lo cual cambia, completamente, el sentido de la “economía” del sacrificio humano, al menos entre los aztecas.

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