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Ni tonta ni berrinchuda, ¡tengo TDAH!

ADHD
Photographee eu - Shutterstock
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La atención de los padres de acuerdo con los profesores y el entorno familiar son prioritarios al educar a estos niños, que suelen ser muy inteligentes y creativos

¡Claro! Lo más sencillo era ponerme etiquetas, la gran mayoría espantosas e hirientes: hiperactiva, distraída, impulsiva, reactiva, peleonera, traviesa, intranquila, desordenada, enojona, agresiva, berrinchuda, desobediente, preguntona, rebelde, tonta, insoportable, niña mala, respondona, y la que más me «chocaba», burra, porque cómo me costaba trabajo concentrarme, estudiar y hacer tareas. En mi país se les llama con ese calificativo a los que no nos consideran tan inteligentes, ese entonces yo.

Así fue mi niñez, entre la oficina de la directora y la casa donde también encontraba castigos por inquieta y por las súper bajas calificaciones y reportes de conducta que siempre llevaba. Amigas, contadas. En cuestión de amistades crecí casi sola. Ser «perrucha y burra» eran 2 calificativos que no se veían bien juntos y el «qué dirán» en esa época pegaba mucho.

Sí, era peleonera porque me defendía a mi manera -agresiva- de lo que yo creía que era injusto. Era horrible esa sensación de inadaptación y de sentirme no querida y rechazada por todos. Quizá no eran todos, pero como niño uno es absolutista.

Hice trampas para encontrar el amor

Muy pronto descubrí que en casa cuando más amor me demostraban era llevándoles -de vez en cuando- buenas calificaciones en mi boleta. Entonces, ni tarde ni perezosa compré una en blanco y cada mes yo la llenaba con excelencias. ¡Wow! En casa eran felices conmigo. Ahora ya no me esforzaba tanto en estudiar cómo en encontrar «soluciones tramposas». Porque eso fue lo que hice, trampa para comprar de niña el amor y la atención por medio de números.

De verdad yo me llegué a creer que algo no andaba bien conmigo. Recuerdo que cada vez que iban sacerdotes a comer a casa yo les suplicaba que me rociaran con agua bendita para que se me quitara lo “mala” que era y lo mal que me comportaba. Literal, quería que me sacaran al chamuco de adentro. Es cuando digo qué injustos somos a vece los adultos con los niños al ponerles tantas etiquetas. ¡Por Dios, si algo no hay son niños malos! Papás pocos conscientes, sí…

Pasaron los años y me hice adolescente, una que sufría de tristezas y depresiones y que prefería estar sola que acompañada. Además, cada vez me costaba más trabajo estudiar por lo que seguía siendo una estudiante por debajo de lo mediocre.

Llegó la época de la Universidad. Tenía que seguir sacando adelante mis estudios a pesar de lo difícil que me resultaba hacerlo. Estudié una carrera que nunca me gustó con tal de dar gusto en casa. Cómo me seguía costando estudiar, enfocarme y retener información. ¡Era horrible! Mi hiperactividad se acrecentó, no paraba.

Estudiaba la carrera, tenía 2 trabajos: uno como maestra de contabilidad a chicos de 18 años y como auxiliar contable en un despacho de contadores. Además de ir a diario al gimnasio, ir a Misa y por las noches «echaba reja» o «checaba». Así se dice en mi pueblo ver al galán por las noches. Para mí era muy importante no salirme ni de mis horarios ni de mi rutina de trabajo. Después entendí por qué.

La hora de ayudar a mis hijos

Y llegó la hora de casarme. Siempre soñé con tener hijos que cuando la gente los viera llegar dijera: ¡Sálvense quien pueda! Claro, yo deseaba tener hijos que fueran como yo de traviesos y Dios me los concedió. Fueron increíblemente inquietos, entre otras cosas que yo observaba en sus comportamientos y desarrollo. Veía tantas cosas de mí en ellos… Pero yo me prometí que a ellos jamás les pondría una etiqueta que los marcara y que yo iba a hacer todo y de todo para encauzar ese grado de sobreestimulación que tenían.

Muy pronto y después de tantos estudios, pruebas, exámenes y baterías descubrimos que tanto mis hijos como yo teníamos un trastorno que en mi época ni siquiera se conocía: ADHD, por sus siglas en inglés o Trastorno de déficit de atención con hiperactividad, TDAH. ¡Claro! Se escucha muy elegante y rimbombante, pero la realidad es que esta mentada alteración cerebral da mucha lata, muchísima porque forzosamente hay que atenderla y aprender a vivir con ella.

En pocas palabras, para que no deje secuelas emocionales, hay que trabajarla. Aparte, qué lindo legado les he dejado a mis hijos porque al parecer esto es genético. ¡Se los heredé! De alguna manera mi alma descansó al descubrir que nunca fui “burra”, sino que vivía distraída. Después de aceptar que esta era mi realidad, me puse a estudiar sobre este asunto para tomar las mejores decisiones.

Descubrí que las personas con este trastorno son increíblemente inteligentes, creativos, muy sensibles y solo necesitan ser encauzados. La gran mayoría tienen un IQ (coeficiente intelectual) por encima de la media y una capacidad para percibir sensaciones o de sentir emociones muy desarrollada.

Los médicos nos sugirieron medicar a los niños y, obviamente, a mí. Investigué pros y contras de hacerlo. La razón que más me movió para aceptar hacerlo fue cuando el psiquiatra me dijo que muchos de los niños -no todos- que no son medicados, como no tienen control de las sustancias químicas que su cerebro segrega, tampoco lo son de sus comportamientos y reacciones y suelen ser niños relegados y no aceptados por sus compañeros.

Todo eso les va dejando maras o heridas emocionales y los potencializa a ser unos adolescentes suicidas. ¡Zas! Recordé lo que a mí me pasó y era cierto lo que decía el doctor. Gracias a mi impulsividad y a mi nivel de agresividad crecí casi sin amigas y en mi adolescencia me la pasaba sola encerrada en un cuarto oscuro tristeando. Y en casa, en vez de notar que algo no andaba bien conmigo me seguían llamando inadaptada y antisocial.

Yo no quería eso para ellos por lo que aceptamos medicarlos con la dosis adecuada, aquella que les dejara funcionar solo en el colegio porque en casa nos encargábamos papá y yo de encauzarlos y de contenerlos. No nos interesaba medicarlos para que se aletargaran o anduvieran como “zombis”, sino para que funcionaran de una manera óptima.

Convertimos el TDAH en aliado

En fin. Gracias a todo lo que recordé que de niña viví me propuse sacar adelante a mis hijos de una manera muy distinta a como lo hicieron conmigo. Convertimos al famoso TDAH en nuestro aliado e hicimos un cambio total de estilo de vida y de rutina familiar.

Lo primero que hicimos como papás fue comprender que el medicamento era tan solo un 5% de la solución de un todo que debíamos hacer por ellos. Nos pusimos a trabajar mano a mano con los maestros de nuestros hijos. El colegio, por su parte, también les hizo unos acomodamientos de acuerdo con sus necesidades y tipo de aprendizaje, generalmente kinestésico. En pocas palabras, la solución fue: 5% medicina + 95% padres, maestros y ambiente familiar.

En casa hicimos también muchos cambios. Te comporto algunos:

  • Como padres este elemento fue el más importante. Crecer en paciencia y cambiar gritos de frustración por muestras de amor, cariño y aceptación fue vital para el estado emocional de nuestros hijos.
  • Como papás tuvimos que hacer todo por vivir en un estado de paz. Es increíble la sensibilidad de estos niños y su capacidad de conectar con nosotros y con el mundo por medio de sus emociones.
  • Rutinas, rutinas y más rutinas. Los niños con TDAH necesitan tener horarios y rutinas y no salirse de ellas. Esos lineamientos y seguir reglas les da mucha seguridad y tranquilidad y, por lo tanto, se sienten menos irritables.
  • Calendario visual. Había un calendario hecho por ellos -a su manera- pegado al refrigerador y ellos podían visualizar que era lo que seguía en la rutina del día.
  • Atendieron terapias cognitivas y de habilidades sociales donde aprendieron técnicas de autoinstrucciòn, autocontrol y solución de problemas. Todos esto les ayudó para mejorar las relaciones sociales a nivel familia y con sus compañeros de colegio.
  • Horario para dormir. Es importantísimo poner a recargar pilar al cerebrito de estos niños y que se duerman a diario a la misma hora. El sueño era -y sigue siendo- alimento para ellos por lo que estaban dormidos a más tardar a las 8.
  • Cambio de alimentación. Los embutidos y todo aquello que tuviera conservadores o colorantes estaban casi prohibidos, al igual que los derivados de la leche. Los dulces se comían solo los fines de semana y cuando se los ganaban. De preferencia, cambiábamos esa comida chatarra por algún otro gusto que tuvieran porque el azúcar es veneno para alguien con este trastorno.
  • Horario para estudio y tareas. Tener un horario definido para esto era muy importante. Yo ya sabiendo que sus períodos de atención eran muy cortos y, más aún, que en casa el efecto del medicamento ya se había ido, lo que hacía era que les pedía toda su atención de 3 a 5 minutos y luego les permitía que se distrajeran. Entender esto para mi evitó muchos malestares y dolores de cabeza y se evitaron muchos gritos. Eso sí, había que terminar toda la tarea, así tuviéramos que estar toda la tarde. Nunca pasó eso porque el premio al terminar su tarea era salir a jugar.
  • El orden les genera una sensación de seguridad y paz interior. Por eso, tanto su habitación como su lugar de trabajo debía estar impecable. Aunque costó tiempo y paciencia entendieron que lo que se saca, se mete y que había que poner cada cosa en su lugar.
  • Aprendimos a darles indicaciones: una a la vez y no muchas al mismo tiempo como solemos hacerlo muchas veces. Una a la vez porque las demás se olvidan. De hecho, cada vez que dábamos una, les pedíamos que la repitieran, así se la grabaran y la llevaban a cabo.
  • Encauzando la hiperactividad. Es cierto, pareciera que nunca se cansaran y que tuvieran energía de más por lo que los teníamos ocupados en actividades recreativas que disfrutaban. Las que más disfrutaban eran las que tenían que ver armar, investigar -curiosear- y dibujar.
  • Juegos de video. Prohibidos. Como papás hubiera sido lo más sencillo así nos dejaban descansar, pero hubiera sido una solución con graves consecuencias. La inteligencia e imaginación de estos niños es maravillosa y hay que estimularlas para su óptimo desarrollo. Recordemos que estos niños son por demás creativos, artistas.
  • Tiempo de televisión. La tele solo los fines de semana y como parte de la rutina familiar. Ellos necesitan actividad, no distracciones baratas.
  • Cuidando el tono de voz. Pronto descubrimos que hablar fuerte o los gritos les alteraban muchísimo por lo que en casa había que usar el tono de voz adecuado. Los ruidos fuertes también les ponían mal, se tapaban las orejas para no escuchar. Poco a poco fueron enfrentando esos miedos hasta que se fueron.
  • Educando el temperamento y reconociendo emociones. Esto fue muy importante cuando lo entendimos. Procuramos nunca reprimirles. Esto les ayudó mucho para que aprendieran; primero, a reconocer la emoción que sentían y a llamarla por su nombre sin miedo; y segundo, soltarla de una manera asertiva, sin dañarse ni dañando a nadie. También les ayudó a controlar esa impulsividad que su misma condición trae. Muy pronto tuvieron claro que no es malo sentir, sino saber qué hacer con eso que sienten.

Es muy importante que como padres estemos atentos a cualquier cambio en el comportamiento de nuestros hijos. Como los adultos que somos necesitamos aprender a modificar nuestro enfoque sobre este trastorno que, si bien no tiene cura como tal, sí se puede encauzar y aprender a vivir con él llevando el tratamiento adecuado.

Y por favor, si eligen medicar a sus hijos, que esté muy bien supervisado. Un buen medicamento jamás debe dejar a un niño aletargado, somnoliento ni robotizado. E insisto, la medicina es tan solo un pequeño porcentaje de todo lo que hay que hacer.

 

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