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Lo más grande no se ve

© Drew Avery / Flickr / CC

Carlos Padilla Esteban - publicado el 27/07/17

Sólo una pequeña parte de lo que soy es visible, la gran parte de mi vida, de mi alma, permanece escondida a los ojos humanos

Siempre me impresiona la invisibilidad. Desaparecer para que sólo se vea la obra. O a Dios en ella. No me gusta ser invisible. Sé bien que los grandes constructores de catedrales permanecieron anónimos. No importaban ellos. Importaba la obra que daba gloria a Dios. No su pobre nombre. Sino el nombre de Dios. Dejar que mi nombre desaparezca en el olvido para que brille Dios. Que recuerden sólo la obra de Dios.

Hoy todos quieren que su nombre no se olvide. Que no desaparezca. Nadie quiere dejar de importar. Duele el olvido. Que nadie me recuerde. Eso es lo que más duele. Desaparecer. No ser tomado en cuenta. Ser ignorado, invisible a los ojos de los hombres.

Lapintora Cristina Rueda escribe sobre su obra y habla de lo que no se ve: «Dibujo sobre lo que no se ve, lo que es invisible a los ojos pero no al corazón, quisiera hacer presente, dar visibilidad, a algo tan inmaterial como es el mundo del espíritu. Algo vital e inmanente al ser humano, pero que desgraciadamente ha caído en desuso. Vivimos tiempos convulsos, paganos y nos sentimos desorientados».

El reino de Dios permanece invisible a los ojos de los hombres. Jesús compara al reino con la levadura que hace fermentar la masa: «El reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, y basta para que todo fermente». Una medida de levadura. La masa adquiere un tamaño inesperado. La levadura desaparece en la masa.

Tengo que mirar con el corazón para ver lo que no se ve. Lo invisible hace posible las obras visibles de Dios. Lo que el mundo no aprecia es lo invisible.

Me gustó la mirada de esta mujer tratando de pintar lo invisible. Como queriendo rescatar lo oculto en medio de las sombras. Salvar lo que no aparece. Hay tanta vida escondida, oculta a los ojos de los hombres, tanto amor que es como la levadura en la masa… Está escondido. Da vida desde la invisibilidad.

El poder de lo invisible me sorprende siempre de nuevo. En el mundo de hoy lo que se ve es lo que existe. Sólo lo que se muestra. Lo que es real. Y lo que no se ve parece que no tiene valor. Me gusta pensar en el poder de lo invisible. No hay nada invisible para Dios. Él lo sabe todo. Todo está en sus manos. Nada pasa desapercibido.

Mi vida tiene sentido en su plan de salvación. La semilla de mi entrega. La levadura de mi amor. Lo invisible. Ni yo mismo lo valoro tanto. No aparece en la foto que retrata la realidad. Y juzgo a partir de lo que veo, sólo eso existe. Lo oculto, parece no tener ningún valor.

Quiero ser un pintor de lo invisible. De la verdad escondida. Del amor que se entrega hasta dar la vida sin que nadie sepa. Un pintor que hable de la semilla muerta que da vida a un árbol. Del amor entregado que se vuelve fecundo. De la levadura que hace que la masa crezca de forma insospechada.

Soy más de lo que otros ven. Soy como ese iceberg del cual el mundo ve sólo una parte. Hay una gran masa de hielo bajo el agua. Invisible a los ojos de los hombres. Así es mi vida. Sólo una pequeña parte de lo que soy es visible. La gran parte de mi vida, de mi alma, permanece escondida a los ojos humanos.

Así es el reino de Jesús. Así es la vida de los santos y la acción del Espíritu en los hombres. El Espíritu se mueve en el silencio. Actúa en medio de la vida sin ser visto. No lo vemos y es fecundo.

Como el amor que se entrega de forma silenciosa. Y da vida eterna en el alma. Me vuelvo un defensor de lo invisible. Lo que queda es la obra de Dios. Mi vida muere siendo invisible. Sin ser recordada tal vez. Pero para Dios importa. Para Él mi semilla nunca es invisible.

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