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Hablemos del suicidio

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Quien tiene ideas suicidas da señales de esa intención. Es fundamental estar atento

En los últimos días, la sociedad ha recibido la triste noticia del suicidio de varios famosos. Entre ellos, el cantante Chester Benningnton -vocalista de Linin Park- (en mayo fue Chris Cornell) y el banquero español Miguel Blesa. No son casos aislados, por desgracia. A raíz de esas informaciones que siempre conmueven, cabe plantearse la razón de una decisión que arranca la vida de la persona.

Cada 40 segundos una persona muere a causa del suicidio en algún lugar del mundo. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), es la segunda causa de muerte en jóvenes entre 15 y 29 años, y se cree que por cada adulto que pone fin a su vida hay más de 20 que lo han intentado.

La OMS llegó a conclusiones estadísticas de que en los países ricos el suicidio es una de las principales causas de muerte. Comprobó también que los hombres se matan proporcionalmente más que las mujeres, 3 hombres por cada mujer.

Sin embargo, en los intentos, las mujeres lideran: ellas son el 67% de los casos, mientras que los hombres forman un total del 33%. Por rango de edad, los ancianos se suicidan más, pero los jóvenes son quienes más intentan poner fin a su vida.

A pesar de estos números alarmantes, se habla poco sobre el tema. Muchos creen que hablar es malo, pues en vez de combatirlo, anima a las personas a realizar ese acto infeliz.

Sin embargo, a nuestro parecer, el silencio de la sociedad puede ser peor, dado que la mayoría de las personas con pensamientos suicidas no tiene con quien hablar abiertamente, y tratar el tema les permite contemplar otras soluciones para sus problemas dándoles tiempo a repensar sus decisiones.

El comportamiento suicida es – debemos decir – un desorden de origen múltiple y ocurre en personas que está profundamente infelices, tal vez pasando por momentos de ansiedad, depresión, desesperación y que creen que no hay otra solución.

Varios factores influencian este comportamiento como graves enfermedades, problemas psiquiátricos, problemas socio-familiares (separaciones, aislamiento, pérdida del empleo, etc.).

De esta forma, no se puede creer que los pensamientos y el comportamiento suicida ocurran solamente en las personas con “enfermedades mentales”. La mayoría de las veces, el individuo que tiene ideas suicidas da señales de esa intención. Dices cosas como “no aguanto más” o “quiero morir”, por eso es necesario estar atento a este tipo de discurso y alarmas, pues el suicidio puede prevenirse, y las personas que presentan señales de comportamiento suicida no pueden ser ignoradas, sino que deben ser encaminadas a un servicio médico y psicológico.

Habiendo hecho todas estas consideraciones, es necesario resaltar que tenemos a la mano un importante instrumento para combatir y prevenir el suicidio: la religión.

Un estudio publicado en 2004, en la American Journal of Psichiatry, al evaluar a personas con depresión, demostró que hombres y mujeres sin ningún vínculo religioso tuvieron más intentos de suicidio a lo largo de la vida. El estudio también reveló que los individuos sin religión presentaban menos objeciones morales para el suicidio y menos razones para vivir, además de comportamientos compulsivos y agresivos. De ahí, el estudio concluyó que tener una religión podría ser el factor protector contra los intentos o concretización del suicidio. A partir de ese dato, dos consideraciones se pueden hacer:

1 – Es necesario no descuidar, sino ayudar con caridad a las personas que piden ayuda y tienen el propósito de quitarse la vida. Pensemos, además, que toca a los sacerdotes y profesionales de la salud atender con paciencia a quien los busca con la intención de suicidarse, buscando ayudarlos a superar esa malsana intuición, así como apoyar a los solitarios para que no sucumban ante los embates de la vida.

2 – En un mundo secularizado como el nuestro, se vuelve urgente recordar a las personas los verdaderos valores morales los cuales enseñan que, objetivamente hablando, el acto de quitarse la propia vida es un pecado grave que puede llevar al suicida a correr el riesgo de la perdición eterna, sin embargo, desde el punto de vista subjetivo, nadie puede afirmar quien se salva o se condena, dado que la justicia y la misericordia de Dios son insondables, así como es difícil saber el estado físico, atenuante de la culpa, de quien comete ese desatino. (cf. Catecismo de la Iglesia católica n.2280-2283).

Es necesario hablar de suicidio, no para fomentarlo, es evidente, sino para combatirlo con todos los medios lícitos, en la teoría y en la práctica. Hoy y siempre.

Vanderlei de Lima es ermitaño en la diócesis de Amparo; Igor Precinoti es médico, post graduado en Medicina Intensiva (UTI), especialista en Infectología y doctorando en Clínica Médica por la USP.

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