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¿Por qué Jesús usa parábolas y no habla más claro?

Midiman / Flickr / CC

Carlos Padilla Esteban - publicado el 18/07/17

Hay cosas que no se leen en libros sino sólo en la vida

Jesús me habla en parábolas, como hablaba a los hombres con los que compartió el camino. Habla desde el corazón. Quiere calmar su sed, sus angustias, sus miedos. Sufre por ellos, con ellos. Les habla con voz fuerte y segura. Sus palabras tienen vida eterna. Todos quieren oírle.

Jesús habla en parábolas. Cuenta cuentos para explicar la vida. Pone ejemplos concretos, de su vida diaria. Observa a los hombres en su trabajo. Habla de los campos. De las semillas. Del trigo que crece en silencio. Les habla de la vida misma para explicar lo importante.

Es un observador. No vive en una nube, vive en la tierra. Y sufre con los problemas de los hombres. Habla con ejemplos concretos para que entiendan que Dios actúa en la naturaleza del hombre. No prescinde de lo humano. Al contrario. Necesita lo cotidiano para hacerse presente.

Leía sobre Jesús: «Sus parábolas no tienen una finalidad propiamente didáctica. Lo que Jesús busca no es transmitir nuevas ideas, sino poner a las gentes en sintonía con experiencias que estos campesinos o pescadores conocen en su propia vida y que les pueden ayudar a abrirse al reino de Dios».

Con ejemplos cotidianos, Dios se hace presente en sus vidas. Es más fácil entonces comprender lo incomprensible. Es posible captar algo de lo que nos parece inabarcable.

Yo necesito ejemplos en mi vida concreta para ver actuar a Dios. En mi vida concreta, limitada y frágil está escondida su sabiduría divina e inaccesible. Eso me conmueve siempre.

Decía el padre José Kentenich: «No se trata de dedicarle más tiempo a la oración y, con el pretexto de esa necesidad de tiempo, descuidar el trabajo. No; en realidad podemos cultivar el espíritu de oración en todo momento, aun en los más difíciles. Podemos estar trabajando en la aparente superficialidad de la vida cotidiana, pero estar interiormente en lo profundo».

Puedo estar unido profundamente a Dios en mi vida diaria. No tengo que salir de mí mismo para estar con Dios. Él está en lo más profundo de mi ser. Y está en la aparente superficialidad de mis días. En lo que hago, en lo que digo, en lo que sufro.

¡Cuántas madres con niños pequeños añoran los momentos de soledad de su juventud! Justo ahí, en medio de su rutina embarrada, en medio de los llantos y de las risas, está Dios hablando en lo escondido.

Tal vez sólo tengo que mirar mi vida hoy para aceptar que Dios me habla en la parábola de mis días. Porque mi vida es un cuento. Y puede que alguien que me conozca pueda utilizar lo que a mí me pasa para hacer tangible a Dios en otras miradas.

Eso hago yo cuando escucho el alma de un hombre. Trato de ver a Dios oculto en los pliegues de su carne. En la hondura de sus lágrimas. En la brisa de su risa. Y puedo entonces percibir las manos de Dios actuando y su amor haciéndose vida.

Se me hace más fácil entonces describir cómo actúa al verlo actuar en lo más concreto de la vida humana. En la mía misma. Donde la Palabra que escucho tiene una fuerza nueva. En mis límites que me hablan de ese hondo mar que yo no abarco.

Y puedo entender su misericordia en las lágrimas de dolor de quien ha perdido. Y puedo apreciar la fuerza del reino en medio del pecado que me confiesan labios arrepentidos. Veo en mi propia carne enferma la vida eterna que brota sin que yo pueda evitarlo.

Y veo al mismo tiempo que son los ejemplos del libro de la vida de los hombres los que más me enseñan. Mucho más que los otros libros. Dice el P. Kentenich: «El libro que leí es el libro del tiempo, el libro de la vida, el libro de sus almas santas. Si ustedes no me hubieran abierto tan francamente su alma, jamás se habría hecho la mayoría de los descubrimientos espirituales que efectivamente se ha hecho. Porque esas cosas no se leen en libros sino sólo en la vida».

En mi vida están las mejores parábolas. De lo que a mí me ocurre debería ser capaz de deducir cómo actúa Dios. De lo subjetivo que me sucede comprendo el actuar objetivo de Dios con cada uno. Eso me da vida.

Dios es concreto. No me mira desde lejos mientras me lanza mandatos abstractos para que los obedezca. Se mete en mi corazón, en lo concreto de mi vida y actúa. No lo hace desde lejos. Por eso, cuando leo a Dios en las almas, estoy leyendo en parábolas. En esos cuentos que parecen escritos sólo para mí.

Jesús enseña a otros. Y de esa vida concreta me enseña a mí. Dios habla en parábolas para que yo comprenda. En los ejemplos de la vida. Ahí me habla. Me pone mis propios ejemplos y me ayuda con lo que veo a mi alrededor para saber cómo sigue actuando hoy.

El libro de la vida es el más importante. Quiero detenerme a leer las propias parábolas de mi vida. Y las parábolas de las vidas que conozco. En los ejemplos concretos está su sabiduría. Su amor actuando de forma oculta. No quiero dejar pasar de lado por mi vida lo que hoy quiere decirme.

Jesús dice: «¡Dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen!». A mí se me ha dado el don de entender. A mí que tengo fe porque he creído. Es un don que no siempre agradezco. Lo doy por evidente. Doy gracias a Dios por entender algunas de sus parábolas. No todas. Sólo intento interpretarlas correctamente. A veces no lo logro.

No quiero dejarme llevar sólo por mis intuiciones. Quiero comprender algunos de los misterios más profundos. Y aceptar que otros permanezcan ocultos para siempre. Las dudas junto a las certezas. Así es la vida.

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