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Tu opinión es válida, pero también lo es la mía

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Luz Ivonne Ream - publicado el 15/07/17

La tolerancia no es una virtud, pero sí es una actitud relacionada con el respeto a la libertad del otro, y con la humildad: Se tolera una idea, no necesariamente se respeta, pero siempre se respeta a la persona

Todos somos producto de nuestra historia y de nuestras vivencias. Gracias a toda esa experiencia -buena y no tan buena- nos hemos formado un criterio, una vida virtuosa o viciosa y una manera de pensar, de reaccionar y de comportarnos.

Mi historia es tan digna de ser respetada como la tuya y por mucho que estas se parezcan, siempre serán distintas porque tus capacidades y las mías son diferentes. Sencillamente, somos personas únicas e irrepetibles. Tú y yo tendremos una forma de vivir y de pensar de acuerdo con nuestras experiencias y, también, de acuerdo con la responsabilidad personal que hayamos tomado respecto a ellas.

Claro, nuestra manera de pensar y, sobre todo, de actuar habla mucho de quiénes realmente somos, pero eso no le da el derecho a nadie a juzgarnos temerariamente. Todos podemos omitir nuestra opinión, me gusta o no me gusta, me cae o no me cae. Pero de eso a emitir un juicio hay una gran diferencia.

Creo que las personas seríamos más felices y viviríamos aún más en paz y armonía si nos quedara claro esto, que cada cabeza es un mundo digno de ser respetado.

¿Por qué? Porque estamos hablando de personas. Así es. No hay que poner tanto énfasis en respetar el pensamiento como a la persona y reflexionar que si piensa así es por algo. Tu realidad no es la mía. Ni bueno ni malo, ni mejor ni peor, simplemente distintas. Podemos compartir nuestras realidades, intercambiar puntos de vista, vivir las mismas experiencias, pero al final cada uno procesaremos de acuerdo con nuestra forma de ser, de nuestra personalidad -temperamento y carácter-. Existe esa necedad que tenemos los humanos de querer imponer nuestra voluntad y nuestra manera de pensar.

Y no hablo solo en cuestión de temas morales o álgidos, sino triviales. Hasta nos atrevemos a afirmar que, si los demás no piensan como nosotros, entonces ellos están mal y con la mano en la cintura les insultamos y les retiramos el habla.  Cuántas amistades han terminado por no unificar criterios y no saber respetarnos y comprendernos.

Ni «tu» moral ni «tu» verdad

Respeto, tolerancia… Tolerancia, respeto… Por demás trilladas estas palabras y tan confundidas al ser empleadas. Efectivamente, en cosas amorales tenemos que alzar la voz y defender “la verdad”. Porque en estos temas no es ni tu moral ni tu verdad, ni la mía.

La moral y la verdad son UNA, y vale la pena que nos formemos para conocerlas y defenderlas de una manera asertiva, sin agresión alguna y siempre desde el amor, la paz y la armonía, sabiendo que esa verdad nos supera y que tampoco nosotros somos dueños de ella. 

Es decir, puedo tolerar tu formar de pensar, pero no tengo por qué respetar aquello que no merece absolutamente nada de respeto. Por ejemplo, el aborto y todo aquello que atente contra la dignidad de la persona y las buenas costumbre o con los hábitos que convienen. Respeto a la persona que abortó, pero nunca a la acción de abortar.

Es sumamente importante que sepamos defender los valores de la vida, del matrimonio y de la familia y que hagamos entender a las personas que no piensan como nosotros que no es una necedad de nuestra parte el que no apoyemos ese tipo de comportamientos. No les apoyamos porque “no convienen” a sus vidas y, sobre todo, porque sus almas están en riesgo.

Si antes de querer convencerles de que cambien de opinión les hacemos ver que primeramente lo que nos importa son sus personas, pienso que sería más fácil que nos escucharan. Si estas personas se sienten juzgadas, sobajadas, agredidas hacia lo que ellos creen que es su derecho y, sobre todo, no amadas por nosotros difícilmente seremos escuchados.

Respeto lo que merece ser respetado

Por muchos años yo viví en una burbuja color de rosa pensando que todos pensábamos igual, que teníamos las mismas creencias y que adorábamos al mismo Dios; que rezábamos lo mismo y que el don de la vida era igual de valioso para todos.

Recuerdo estar platicando con una colega a la que le contaba sobre el caso de una persona que era alcohólica y que hasta en sus 5 sentidos agredía de una manera dantesca a quien había sido su esposa. Esa pareja había terminado con la vida de su bebé en el vientre. Es decir, habían abortado por mutuo consentimiento. Mi comentario fue: “Esa persona no tuvo respeto por la vida del bebé que su mujer llevaba en el vientre y la apoyó para que abortara”. La respuesta de mi colega me despertó a una realidad que quizá yo me negaba a ver: “Para ellos el aborto en una buena opción y no quiere decir que estén mal y hay que respetar”. ¿Qué?

¿Respetar? Me quedé estupefacta, helada cuando escuché sus palabras… Aquí sí pensé: “No me pidan respeto por lo que no merece un gramo de este. La vida es un don inalienable…”. A esto me refiero cuando digo que hay que respetar a la persona, no necesariamente a las acciones o a las ideas de esta.

Repito, no se trata de imponer nuestro criterio de una manera punitiva o de respetar ideas que en sí mismas no merece respeto alguno, pero si de considerar a la persona dueña de esas ideas distintas a las mías. En pocas palabras, siempre se debe respetar a la persona por el simple hecho de ser y de tener una dignidad.

Evitemos problemas innecesarios. Es muy importante que cuando hablemos con una persona tomemos en cuenta su visión de la vida y de la realidad.

¿Hablamos de lo mismo?

Generalmente, cuando tocamos temas que tienen que ver con lo sentimental o con conceptos no tangibles como lo es el perdón, la justicia, la vida, etc. podemos caer en el engaño de que estamos hablando de lo mismo, pero no. Incluso podemos llegar a creer que como hay valores que son universales -el amor, la bondad, la justicia, etc.- si son universales son igual de valiosos para todos. No siempre es así.

O conceptos que para uno son de “sentido común” como lo es el valor de la vida, para otros tiene el mismo valor. ¿Acaso esa persona vale menos porque no tiene un concepto valioso sobre la vida? No. Insisto, como persona vale y muchísimo porque ambos somos iguales en dignidad. Y como yo reconozco la honorabilidad que posee y que la hace ser increíblemente valiosa, valdría la pena que, con mucha caridad y tacto, y, sobre todo, en un momento prudente le haga ver que su manera de pensar no está tan de acuerdo con esa maravillosa dignidad que posee. Es algo así como una amorosa corrección fraterna.

Tú opinión es válida, pero también lo es la mía. Ni bueno ni malo, sencillamente pensamos distinto y eso no nos hace ni mejores ni peores. Tú tienes tu punto de vista y yo tengo el mío, ambos igual de válidos. Quizá no igual de valiosos o eficaces, pero sí legítimos.

Todos tenemos el derecho de opinar, de ser escuchados y de que se nos valide nuestro punto de vista, estén o no de acuerdo con nuestros criterios. Necesitamos seguir esforzándonos en crecer en el amor y el respeto y comprender que las conjeturas que cada uno hagamos hablarán de lo que está llena nuestra historia y por eso mismo, digna de ser comprendida. El que yo piense distinto a ti no me hace ni mejor ni peor persona que tú. Al contrario, al validarnos mutuamente y corregirnos con amor y prudencia cuando sea necesario habla del profundo respeto que sentimos uno por el otro.

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