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Dar la vida por los demás puede hacerte santo

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El papa Francisco abrió la beatificación y canonización a quienes ofrecen heroicamente su vida por el prójimo

«No hay amor más grande que dar la vida por los amigos», dijo Jesús. Así que no es novedad que dar la vida por los demás te introduce en el Amor, que es eterno.

Sin embargo, la reconocimiento de la santidad por parte de la Iglesia a través de esta vía sencilla sí es algo bastante reciente.

Concretamente del año 2017, cuando el papa Francisco publicó la carta apostólica en forma de Motu Proprio Maiorem hac dilectionem.

Este documento empieza precisamente con las palabras de Jesús recogidas en el Evangelio de Juan (15,13) «No hay amor más grande que dar la vida por los amigos».

Con él, Francisco abrió el camino a la beatificación y canonización de los cristianos que, con la intención de seguir al Cristo, impulsados por la caridad, han ofrecido heroicamente su propia vida por el prójimo, aceptando libre y voluntariamente una muerte cierta y prematura.

En el Artículo 1, el Papa establece que el ofrecimiento de la vida es un nuevo camino, una nueva circunstancia en el  proceso de beatificación y de canonización, distinta de las del martirio y la heroicidad de las virtudes.

Este cuarto camino establecido por el papa Francisco enriquece y se suma a los tres previstos a lo largo de los siglos por la Iglesia católica, que prevén que se puede proceder a la beatificación de un Siervo de Dios afianzados en el camino del martirio; el camino de las virtudes heroicas y el equivalente que confirma el culto antiguo.

«Son dignos de especial consideración y honor aquellos cristianos que, siguiendo más de cerca las huellas y las enseñanzas del Señor Jesús, han ofrecido voluntaria y libremente su vida por los demás y han perseverado hasta la muerte en este propósito», dice en el documento que Francisco firmó el 11 de julio de 2017, en el quinto año de su pontificado.

Y añade: «El heroico ofrecimiento de la vida, sugerido y sostenido por la caridad, expresa una verdadera, plena y ejemplar imitación de Cristo y, por lo tanto, es merecedor de aquella admiración que la comunidad de los fieles suele reservar a aquellos que voluntariamente han aceptado el martirio de sangre o han ejercido en grado heroico las virtudes cristianas».

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