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El último deseo de san Francisco: comer un dulce típico italiano

Nancy Bauer/Shutterstock
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Les pide a los frailes que contacten con la señora Jacopa en Roma, pero ¿realmente qué significa este gesto del "pobrecillo"?

En la Porciúncula, antes de morir, san Francisco le pidió a la “hermana” Jacopa que le enviara mostaccioli (dulce típico italiano). Uno de los últimos deseos del santo fue comer los dulces preparados por la noble mujer romana. 

Esta petición, en un cierto sentido equivale a reafirmar sin polémicas la bondad de la creación en un periodo en que diversas corrientes de pensamiento despreciaban la materia como algo vil.

La anécdota se cuenta en el libro Il cibo di Francesco, de Giuseppe Cassio y Pietro Messa (edizioni Terrasanta)

“Díganle a doña Jacopa…”

Un día, se lee en Compliazione di Assisi, san Francisco mandó llamar a sus compañeros y les dijo:

“Ustedes saben cómo doña Jacopa dei Settesogli fue y es muy leal y cariñosa conmigo y con nuestra religión. Yo creo que si le avisan de mi estado de salud lo considerará como una gran gracia y consuelo. Avísenle, en particular, que les mande, para hacer una túnica, un poco de tela cruda color ceniza, del tipo de tejido de los monjes cistercienses en los países de ultramar. Y mande también un poco de ese dulce que solía prepararme cuando me quedaba en Roma”.

El “Mostacciolo”

Se trata del dulce que los romanos llaman mostacciolo, y está hecho con almendras, azúcar o miel y otros ingredientes. […]

Doña Jacopa preparó para el padre santo ese dulce, que él tanto deseaba comer. Pero él apenas lo probó, pues a causa de la grave enfermedad, su cuerpo se debilitaba día tras día y se acercaba a la muerte.

Realismo y gozo

Este episodio que tuvo lugar en la Porciúcula en los últimos días de vida de Francisco muestra que, como justamente afirma el filósofo Massimo Borghesi, “la atracción que Francisco ejercía depende esencialmente de dos factores: el realismo y el gozo que caracterizan al santo de Asís”.

Imagen material de Cristo

Citando a Jacques Le Goff, el mismo Borghesi subraya:

“Este amor a la creación, al opus Dei pone a Francisco en una perspectiva diferente respecto a esa corriente de la mística medieval que pone en el centro el contemptus mundi. […] La ternura hacia las cosas finitas se expresa, antes que nada, en el juicio que se da a la corporeidad.

“Francisco no buscó sistemáticamente humillar el cuerpo”, ese cuerpo angustiado, en los últimos años, por una ceguera casi total y por terribles dolores de cabeza. La actitud hacia él es ambivalente. El cuerpo es instrumento de pecado “pero también imagen material de Dios y más en particular de Cristo”.

El cuerpo y el espíritu

Como invita en Ammonizioni, prosigue Borghesi:
“Considera, oh hombre, a cuánta excelencia te ha elevado el Señor porque te ha creado y formado a imagen de su Hijo predilecto, según el cuerpo, y semejanza de sí mismo, según el espíritu”.

El cuerpo, modelado a imagen del Hijo, “es el ‘hermano cuerpo lleno de dolores’ y para aliviarlo, durante su estadía en Rieti, al cuidado de los médicos pontificios, Francisco pide a un compañero el sonido de un arpa. Es el cuerpo que, ante la inminencia de la muerte, pide un último consuelo, en una carta a Giacomina dei Settesogli, ‘en esos dulces que me solías dar en Roma cuando caí enfermo’. Este respeto al cuerpo alcanza su apogeo ahí donde el objeto es el “cuerpo de Cristo”, es decir, la Eucaristía“.

 

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