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Si intentas retener a la persona que quieres, ¿seguro que la amas?

© Giuseppe Milo

Carlos Padilla Esteban - publicado el 02/07/17

Quiero esa libertad interior que da siempre, amo desde el amor que recibo

Jesús me dice palabras que me cuesta acoger en mi alma de niño: «El que quiere a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí».

Porque no sé si soy digno de Jesús cuando me pide esa entrega tan generosa y yo dudo. No lo sé. No sé si soy digno de Él. No sé si soy capaz de elegirlo a Él por encima de mis vínculos humanos. No sé si logro dejarlo todo por seguir sus pasos. Una y otra vez me lo pide. Ayer y siempre.

Quiero hacerlo. Me pide que le dé mi sí por encima de mis ataduras, de mis raíces. Me cuesta esa generosidad sin medida. Ese amor que no tiene límites.

Jesús ha tendido en mi vida como cuerdas esos amores humanos que me atan al cielo y a la tierra. Y en sus palabras ahora me pide que mi amor a Él sea más que el amor a mis padres. Que el amor a mis hijos. Que el amor a mí mismo.

Y me pide entonces seguir sus pasos. Esa cruz pesada que me duele en el alma. Esa cruz que lacera mi corazón de niño. Temo perder lo que amo. A veces odio la muerte que me quita a quienes quiero. Amo en lo más humano de mis entrañas todo lo que Jesús me ha dado. Amo con lazos humanos que sacan lo mejor de mi corazón.

Así me ama Dios a mí. Ama mi carne y mis límites. Ama mi pequeñez y mi grandeza. Me abre corazones en los que veo reflejos de su amor infinito. Se mezclan la carne y el alma. Y toco en la tierra las estrellas del cielo. ¡Qué suerte tengo al haber sido amado! ¡Qué regalo de Dios ser capaz de amar la vida, de amar las personas que pone en mi camino!

Pero muchas personas no se saben amadas. No han tocado ese amor humano que las lleva al cielo. Yo no quiero que el hombre sufra la soledad que hiere en lo más profundo. No lo quiero.

Y me duele tanto ver el dolor del que no se sabe amado… Ese dolor que acarician mis manos cuando alguien me cuenta lo que sufre. Ese dolor del que nunca probó el amor humano. Y lo necesita para acariciar el divino. ¡Cómo imaginar siquiera a Dios con rostro de padre cuando no me ha amado mi padre de carne! Imposible. Doy sólo aquello que recibo.

En la Película Ángel-A el protagonista no es capaz de decir «Te amo». Y no puede porque nadie antes le ha dicho que lo ama. Así sucede siempre. Y al final, cuando ha tocado ese amor, confiesa: «Ángela, creo que te amo. Me haces sentir bien. Amo la manera en que me amas sin juzgarme. Me hace feliz. Hace mucho que esto no me pasaba. Probablemente nunca me pasó«.

Amo desde el amor que recibo. Y si no soy amado en mi carne, en mi alma, en mi verdad, poco puedo dar a los que me piden. O lo doy mal. Doy de forma egoísta, reteniendo, atando. O exijo a los otros lo que no pueden darme. Y vivo frustrado. Y me rebelo. Y echo al mundo la culpa de mi mala suerte. Duele amar y no recibir nada.

Es difícil amar bien. Y amar a Jesús por encima de mis lazos humanos. Estar dispuesto siempre a ponerme en camino para seguir sus pasos. Me parece imposible. Jesús me pide que ame de verdad. Que ame con generosidad, sin guardarme nada. Porque el amor abre el corazón de los hombres. Mi propio corazón.

Leía sobre el verdadero amor: «El amor es el único camino para arribar a lo más profundo de la personalidad de un hombre. Nadie es conocedor de la esencia de otro ser humano si no lo ama. Por el acto espiritual del amor se es capaz de contemplar los rasgos y trazos esenciales de la persona amada; hasta contemplar también lo que aún es potencialidad, lo que aún está por desvelarse y por mostrarse».

El amor verdadero me adentra en la verdad del que amo. Sólo el amor posee la clave para entrar de rodillas en el alma de aquel a quien amo. Sólo así podré conocer el rostro de Dios en él, su verdad más sencilla. Amándolo hasta el extremo. Y amando de esa forma seré capaz de amar a Dios. Estoy convencido.

Quien ama bien, quien ama con generosidad, está amando a Dios en su amor humano. Y entonces es más fácil hacer lo que Jesús me pide. Sé que quiero estar con Él. Quiero dar mi vida por Él. Lo sé. Lo amo. No sé si más que a las personas que ha puesto en mi camino. No lo sé.

Él sabe cómo es mi amor a los hombres. A veces es muy pequeño. Pero conoce mi verdadero deseo de amar con todas mis fuerzas. Lo conoce. Y sabe el bien que me hace amar y dar amor a los hombres. Eso lo quiere Dios. Pero lo que me pide es que sea libre de mis apegos.

No quiere Jesús que deje de seguirle entorpecido en medio de mis vínculos. Quiere que aprenda a vivir abrazado a Él en momentos de prueba. No quiere que la vida me ate tanto que me aleje de Él por miedo a perder mis seguridades. Es esa fidelidad heroica la que hoy me pide. ¡Cuánto me cuesta!

Le vuelvo a decir que sí como tantas otras veces. Sobre el papel lo doy todo. Estoy dispuesto a todo. Luego la vida me duele. Me cuesta amar hasta el extremo y soy débil. Quiero la gracia de esa libertad interior, de esa generosidad que da siempre. Sin límites. Quiero ser así en la debilidad y en la fortaleza. En la pobreza y en la abundancia. Es lo que sueño cada día de mi vida.

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