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Matar al dolor, no al paciente

Shutterstock-Photographee.eu
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La diferencia entre cuidados paliativos y eutanasia

Uno de los grandes debates de la bioética en estos momentos es el tema del llamado “suicidio asistido”, es decir, el aceleramiento médico de la muerte del paciente en estado terminal y con dolores que no se puede soportar más.

Sobre este asunto, en boga en buena parte de Estados Unidos, la página web de la Conferencia de Obispos Católicos de Estados Unidos (USCCB) ha publicado recientemente la reflexión “Matar al dolor no al paciente: cuidados paliativos contra el suicidio asistido”, escrito por Richard M. Doerflinger y Carlos F. Gómez.

En un mundo de eslóganes publicitarios, las frases cuentan y para comunicar bien esta idea toman la frase de un anuncio de un analgésico famoso en Estados Unidos: “Detener el dolor no el paciente”. El resultado del debate sobre el suicidio asistido por un médico, dicen los autores, puede depender de lo bien que nos comunicamos y actuamos sobre un mensaje similar.

En varios países del mundo se vive un momento en que algunos médicos y legisladores piensan que la mejor solución para el sufrimiento de algunos pacientes es darles drogas letales para el suicidio, pero los católicos comprometidos con la dignidad de cada persona humana tienen que insistir: “Matar el dolor no el paciente”.

Mensaje convincente

Algunas encuestas de opinión muestran que el suicidio asistido es el único alivio para un paciente moribundo con dolor insoportable. Pero cuando a los encuestados se ofrece una alternativa, la mayoría dice que la sociedad debería concentrarse en asegurar el control del dolor y el cuidado compasivo de estos pacientes, no en ayudar a terminar con su vida.

Más aún, esta es la opinión mayoritaria de los propios pacientes moribundos. Los autores recuerdan que cuando la revista médica *The Lancet* difundió el resultado de entrevistas con pacientes de cáncer (el número del 29 de junio de 1996), se encontró con que los pacientes que experimentan dolor significativo y antesala de muerte, se oponen más al suicidio asistido que el público en general.

En resumidas cuentas, el artículo de la prestigiosa revista médica indica la sospecha de los pacientes con cáncer terminal en el sentido de que si la muerte asistida por un médico (o la eutanasia) se legaliza, “el sistema de atención médica no enfocaría los recursos suficientes en la provisión del alivio del dolor y los cuidados paliativos.”

Al darse cuenta de que el suicidio asistido es menos popular que la mejora de los cuidados paliativos, los defensores de la eutanasia han recurrido a la afirmación de que en realidad no hay mucha diferencia entre los dos y que la hipocresía es la que campea por sus respetos en este tema.

Su argumento es el que los teólogos medievales llamaban “el principio del doble efecto”, es decir, los médicos practican la supresión del dolor y con ello provocan, como efecto secundario, la muerte del paciente (por ejemplo, dándole dosis masivas de morfina para aliviar su dolor y, como efecto secundario, suprimir su respiración).

El control del dolor

Para responder a estas dudas, los autores del artículo argumentan que en realidad lo que no existe es una formación adecuada de los médicos en las técnicas de manejo del dolor. Incluso entre los oncólogos, quienes tienen que ver con más pacientes en el dolor severo, hay muy poco conocimiento del uso médicamente adecuado de fármacos analgésicos.

Tras analizar los resultados de la morfina y la sedación en pacientes con dolor extremo, los autores del artículo que ahora reproduce la USCCB afirman que “cuando las dosis de los fármacos analgésicos se ajustan para aliviar el dolor de los pacientes, hay poco o ningún riesgo de que se acelere la muerte”.

Desde luego, los autores hablan de que la importancia de las intenciones en la toma de decisiones morales debe quedar clara para todos los médicos, que habitualmente prescriben medicamentos y tratamientos que pueden tener consecuencias imprevistas o infelices.

Si, a pesar de los esfuerzos de todos, un paciente deja de respirar y muere en la mesa de operaciones de la anestesia durante una operación delicada, ¿es el cirujano un asesino? Si es así, la profesión médica está llena de “asesinos involuntarios”. Una evaluación más honesta sería admitir que la vida humana es frágil, que las acciones pueden tener consecuencias inesperadas o no deseadas, y que los seres humanos –incluyendo médicos cualificados y éticamente responsables– son falibles.

Suicidio asistido versus control del dolor

En la parte final del extenso estudio se destaca la importancia de distinguir entre el suicidio asistido y los buenos cuidados paliativos. Estas dos realidades médicas no sólo son distintas, sino que se oponen radicalmente una a la otra.

El control del dolor y del sufrimiento elimina la demanda de suicidio asistido. Estudios médicos han demostrado que cuando el control del dolor y otros cuidados de mejora son llevados a cabo con cuidado, para los pacientes en fase terminal “el suicidio asistido se convierte en gran medida en algo irrelevante”.

El suicidio asistido socava el buen manejo del dolor. Una vez que la solución “rápida y fácil” del suicidio asistido es aceptada por la sociedad, los médicos pierden el incentivo para seguir caminos más difíciles, pero que son vías que afirman la vida de verdad y que refuerzan la atención humanitaria de pacientes cercanos a la muerte.

Lo contrario también es cierto, dicen los autores: quien prohíbe el suicidio asistido “establece un límite claro para las opciones de los médicos para que puedan comprometerse a los retos de los pacientes que acompañan a través de sus últimos días”.

El reino de la indiferencia

En conclusión, Doerflinger y Gómez señalan en su investigación que el control del dolor y otros elementos de los cuidados paliativos deben distinguirse claramente de la muerte intencional de los pacientes.

“Al tratar de difuminar esta distinción, los defensores de la eutanasia sólo muestran su indiferencia hacia el objetivo de promover una mejor atención a los pacientes moribundos”, subrayan.

En la lógica y en la práctica, se pueden observar, pues, dos caminos muy diferentes se encuentran delante de la profesión médica y delante de la opinión de la sociedad: la que San Juan Pablo II llamó “la falsa misericordia” del suicidio asistido y la eutanasia y el otro camino, el camino del cristiano, “el camino del amor y la verdadera piedad” que es el cuidado compasivo.

Se trata, terminan diciendo los autores, de una elección, literal, entre la muerte y la vida.

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