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5 santos que nos inspiran a cuidar de nuestro planeta

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Tendemos a pensar que el ecologismo es un concepto moderno, pero ya había santos practicándolo hace mucho

Recientemente, Estados Unidos despertó una acalorada reacción al abandonar el Acuerdo de París, que es un acuerdo voluntario entre varias naciones con la intención de contener la emisión de gases de efecto invernadero. Hay muchas y variadas opiniones sobre la salida de EE.UU., desde “error histórico” a “era un mal acuerdo y está bien que hayamos salido”.

Independientemente de los méritos del acuerdo en sí, al devolver la historia al ciclo de noticias ha resultado esperanzador ver las renovadas promesas de individuos y pequeñas comunidades de continuar abordando el tema de cómo tratamos a nuestro medio ambiente.

No hace mucho, el papa Francisco escribió una carta que trataba en profundidad el tema del cuidado del planeta, con el título Laudato Si. Bien merece una lectura, pero también es interesante señalar que no es la primera vez que las gentes de fe dejan clara la conexión entre la espiritualidad y el desarrollo humano con la forma en que interactuamos con la naturaleza.

Aquí hay cinco santos cuyas palabras y obras nos alentarán a reflexionar cómo podemos continuar cuidando de la Tierra.

Santa Katalina Tekakwitha (1656-1680)

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Katalina se crió en la nación iroquesa, nativos de Norteamérica, de quienes el científico ecologista Bill Jacobs dice que “gestionaban cuidadosamente los campos, bosques y vida salvaje de su patria. Entendían los ritmos de la naturaleza (…). La misma Katalina conocía a la perfección las plantas y animales de su entorno, tanto que cualquier botánico o biólogo de hoy en día la envidiaría”. Por esta razón se la conoce como “hija de la naturaleza”. A menudo iba a los bosques a hacer cruces de madera con palos y hablar con Dios. En el silencio de la creación, lejos del ruido de la aldea, era capaz de conversar con su Creador. Su experiencia probablemente nos resulta familiar a muchos de nosotros y nos demuestra lo valioso que es el medio ambiente y lo importante que es protegerlo. Si perdemos esos lugares silenciosos donde poder perdernos en la naturaleza, perderemos una avenida vital de la espiritualidad.

San Benito de Nursia (480-543)

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Benito no era un ecologista en el sentido moderno de la expresión, sobre todo porque nuestra dañada relación con la Tierra es un problema moderno, pero su perspectiva sobre la vida refleja una preocupación por la ecología. Benito creía que una persona espiritual, además de rezar, trabajará para hacer del mundo un lugar mejor, más armonioso. Por ello la mayoría de sus seguidores se comprometían a quedarse en un fragmento de tierra durante largos periodos para mejorarlo. También por eso muchos participaron en la elaboración de cerveza, en apicultura o alguna otra forma de artesanía o agricultura orgánica. Los principios por los que Benito vivió su vida se resumen en un libro llamado Regla de San Benito, y en él recomienda humildad, compromiso para mejorar tu entorno local, y frugalidad. “La frugalidad debe ser la regla en toda ocasión”, escribe, porque tomar más de la parte justa y luego desperdiciarla desajusta el equilibrio ecológico tanto del alma como del medio ambiente. Benito valoraba la belleza de la tierra y su capacidad para reflejar la belleza del paraíso, por lo que dedicó todos los cuidados que pudo a preservarla y mejorarla.

Beato Pablo VI (1897-1978)

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En 1971, el papa Paul VI calificó la degradación medioambiental como uno de los problemas más urgentes a los que se enfrenta la humanidad, al menos en parte vinculando nuestro cuidado de la naturaleza a nuestra propia salud espiritual. Sus palabras son una advertencia clara que, por desgracia, están resultando ser proféticas: “Bruscamente, la persona adquiere conciencia de [que] debido a una explotación inconsiderada de la naturaleza, corre el riesgo de destruirla y de ser a su vez víctima de esta degradación”. No solo terminamos convirtiéndonos en víctimas de un planeta destruido que ya no puede sostenernos, sino que también hay una consecuencia para el alma humana en el sentido de que un entorno que ya no tolera nuestra presencia crea una dificultad espiritual: ya no estamos en armonía con la Tierra, y la forma en que tratamos a nuestro medio ambiente es un reflejo de cómo tratamos a otras personas. Por esta razón Pablo VI identifica el daño a la naturaleza como una crisis humana urgente que nos afecta a todos. ¿La solución? El valor de hacer un cambio radical.

Dorothy Day (Sierva de Dios) (1897-1980)

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Dorothy Day será recordada por vivir en solidaridad con los pobres de la urbe, pero su Movimiento del Trabajador Católico también estaba interesado en el cultivo rural. Al principio, estaba centrada solo en la pobreza de la ciudad y no entendía cómo la ecología o la naturaleza podrían ser preocupaciones particulares, pero su amigo Peter Maurin terminó por convencerla de su importancia. Aunque empezó con escepticismo, accedió a acudir a un retiro de mujeres en una granja e informó entusiasmada: “Hemos aprendido a meditar y a hacer pan, rezar y extraer miel, cantar y hacer mantequilla, queso, sidra, vino y chucrut”. Después de aquello, logró ver que la administración del medioambiente estaba íntimamente conectada con su misión de ayudar a los pobres, al menos en parte, porque “sería maravilloso vivir solamente de la tierra y no depender de los salarios para ganarse la vida”. Los Trabajadores Católicos fundaron una granja llamada Maryfarm, que Day describió como “el corazón del trabajo”. Lo que Dorothy Day llegó a valorar del contacto cercano con la naturaleza es la manera en que nos reconecta con nuestras raíces y ayuda a desarrollar una profunda gratitud por el sustento que recibimos de la tierra. Esto, a cambio, ofrece una base saludable para encontrar dignidad en los seres humanos que conocemos durante nuestras vidas. El amor por el medio ambiente puede sustentar el amor por el prójimo.

San Francisco de Asís (1181-1226)

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San Francisco era famoso por su amor a los animales, incluso hasta el punto de predicar para ellos, pero su amor se extiende mucho más allá de ser un amante de los perros, ya que abraza a toda la creación. Percibió un fuerte vínculo entre sí mismo y el medio ambiente, que invitaba a toda la naturaleza a glorificar a Dios. En su Cántico de las criaturas, Francisco habla del “hermano Sol”, la “hermana Luna” y la “madre Tierra”. Sobre el Sol escribe: “Alabado seas, mi Señor, en todas tus criaturas, especialmente en el Señor hermano Sol, por quien nos das el día y nos iluminas. Y es bello y radiante con gran esplendor, de ti, Altísimo, lleva significación”.

Su seguidor san Buenaventura dice que Francisco extendió la hermandad incluso a las criaturas más pequeñas. En todas ve un reflejo de Dios, lo cual implica que cuanta más fraternidad encontremos con la naturaleza, más conectados estaremos con el Creador.

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