Cuanto más amo más me cuesta perder
Me asustan los caminos desconocidos. Los lugares que nunca he pisado. Como si mis pasos sólo pudieran estar tranquilos en el hogar ya hollado. Allí donde me siento seguro, en casa.
Tal vez es el miedo a recorrer lugares nuevos. Ese miedo inmaduro a la vida, a los mismos hombres que no conozco aún. A lo desconocido.
El miedo a perder la vida. A salir herido después de la batalla. El miedo a no alcanzar mis sueños. El miedo a no ser feliz y no tener paz.
A lo mejor me da miedo no llegar hasta donde pensaba ir. O que alguien frustre mis planes soñados. Me da miedo quedarme solo, rechazado. Me asusta vivir el desprecio. Me impone la misma verdad a la que me enfrento. La propia, la de otros.
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Sueño con tener siempre paz en el alma y no siempre lo consigo. Una paz verdadera que nadie me pueda quitar. Sueño con alcanzar esas metas nunca antes pensadas. Es posible hacerlo si confío.
Pero camino con miedo en mi alma. Tengo miedo al que tiene poder sobre mi vida. Al que puede decidir sobre mí.
Decía Jean Vanier: “El problema es que hemos recibido una relación con la autoridad que tenemos miedo de la autoridad y de Dios todopoderoso. Así que cuando Dios se aproxima a nosotros nos retiramos porque tenemos miedo”.
Miedo a ese Dios todopoderoso que controla mi vida. Me asusta el poder del poderoso. Y me veo vulnerable y débil.
Me detengo asustado ante un Dios que todo lo puede pero no soluciona todos mis problemas. Un Dios todopoderoso que es impotente ante mi cruz. Me dice que lo está haciendo todo nuevo en mí cuando yo sólo veo injusticias. Me asusta su forma de hacer las cosas. La suya. La de los hombres.
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El papa Francisco me recuerda que tengo que confiar más y temer menos. Cuando veo a tantos cristianos perseguidos por su fe, quiero aprender de ellos. De su fortaleza, de su fidelidad. Cuando no entiendo el mal del mundo y me rebelo. Quiero volver a escuchar en mi corazón: “No tengáis miedo. ¡Yo he vencido al mundo!”.
Él ha vencido en el mundo. Él ha vencido en mi vida herida. En mis caídas y fracasos. Ha vencido en los hombres divididos y rotos. Ha vencido en las víctimas inocentes de atentados, de incendios, de accidentes absurdos.
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No tengo que tener miedo pero veo que mi corazón sigue asustado. Quiero escuchar esa voz de Dios en mi corazón. “No temas. ¿Por qué tienes miedo?”. Él va conmigo y eso me consuela. En mi miedo al dolor y a la muerte.
Quiero que me sostenga en mis miedos infantiles. En mis inseguridades propias de mi inmadurez. En ese miedo real a perder porque he amado. Me he dejado la vida y he echado raíces.
A veces no temer a la muerte puede ser un signo de que no he amado de forma personal. Esa falta de miedo a desaparecer…
El otro día leía: “A veces la falta de temor no provenía de la vivencia de la luz, sino del rechazo a la vida. No habían aún empezado a vivir, ni habían podido establecer una relación positiva con el mundo. Por ello, la pérdida de la vida no constituía un problema para ellos. Cuando empezaron a reconciliarse con su vida, pude ver cómo de pronto surgía el pánico frente a la muerte. Aprendieron a temer por su vida. Hay que empezar por vivir en el mundo, aceptar esta vida, amarla y sacar alegría de ella. Sólo entonces las experiencias límites de la vida pueden conducir a la trascendencia. Hasta que ocurre, no es más que una justificación para negar la vida”.
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Desde que amo y soy amado temo más la muerte. Temo los límites. Pero si no amo paso de puntillas por la vida y me importa menos morir.
Una madre siempre tiene miedo a la muerte. Por ese hijo al que ama. El que no se ha comprometido con la vida, parece no tener miedo.
Yo me siento responsable de la vida que he dado. De las raíces que han crecido. Y me cuesta pensar en separarme de los que quiero. Y eso es sano. No tener miedo es más una carencia que una gracia.
Una persona le decía a otra: “Tú eres como un roble. Con fuertes raíces. Se hunden hondo en la tierra. Te cuesta mucho trasplantarte. Te duele el alma. Sufres. Tienes miedo a perder. Y luego, en otra tierra, haces lo mismo. Echas de nuevo tus raíces. Crece tu tronco. Temes un nuevo trasplante”.
Debe ser entonces que cuanto más amo más me cuesta perder. Cuando más raíces tengo más miedo me da volar. Sé que Dios me ha hecho así. Con un corazón que ama y se ata.
Y por eso no temo mis propios miedos que son parte de mi alma. Quiero aprender a vivir con ellos con paz. Son míos. Forman parte de mi vida. No me juego la vida. No la arriesgo a cualquier precio.
Me importa la tierra que piso. Sufro por mi sangre, por mis raíces. Por el amor que he entregado y el que me han dado. Y la muerte me asusta como ese adiós temporal que se hace eterno de golpe.
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