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El hombre que hablaba con cariño a sus torturadores

© Wikimedia
Mgr Teofilius Matulionis
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Matulionis, lituano, sacerdote y mártir asesinado por la KGB será beato este domingo

Teofilius Matulionis subirá a los altares de Vilna el 25 de junio. Fue uno de esos sacerdotes inquebrantables que demostraron su lealtad a la Iglesia a través del martirio. Matulionis se distinguió por una confianza absoluta en Dios y por el amor con que respondía a sus perseguidores: a pesar de los 20 años pasados en prisiones y gulags, jamás les dedicó una mala palabra. Él fue también uno de los primeros promotores del culto a la divina misericordia en Lituania.

Esta beatificación envía un mensaje destinado a nosotros, las gentes de hoy en día –según explica en su entrevista con la KAI el sacerdote Algirdas Jurevičius, notario en el proceso de beatificación– y ese mensaje nos hace comprender cómo “el hombre puede vivir según la fe en un entorno en contra de Dios; Matulionis fue un hombre que buscaba la voluntad de Dios en todas partes, que actuaba según su conciencia, sin buscar ser ‘políticamente correcto’ de una manera u otra, como lo desearían las autoridades actuales”.

El futuro sacerdote nació en 1873 en una familia de terratenientes. Con 18 años entró en el Seminario de San Petersburgo. Fue ordenado sacerdote el 4 de marzo de 1900, al comienzo de un siglo de ideologías mortíferas y persecuciones a la Iglesia.

Siendo un joven sacerdote, se estableció en San Petersburgo durante casi dos décadas. Al principio trabajó como vicario en la iglesia de Santa Catalina, que era por entonces el centro de la vida espiritual de los católicos de la ciudad; luego, fue nombrado cura de la nueva parroquia del Sagrado Corazón de Jesús. Consideró esta designación como una señal de Dios que le comprometió a fomentar el culto eucarístico. Permaneció fiel a este compromiso hasta el fin de sus días.

Cuando los bolcheviques tomaron el poder después de la Revolución de 1917, de inmediato se activó una ofensiva contra la Iglesia ortodoxa y contra la Iglesia católica. En 1923, el padre Matulionis junto con Mons. Jan Cieplak y otros 14 sacerdotes de Petersburgo fueron juzgados en Moscú en un proceso que llegó a hacerse célebre.

Entre los sacerdotes, algunos fueron condenados a muerte “por haber incitado a la revuelta a través de las supersticiones”, otros fueron condenados a prisión y al gulag.

En 1926, cuando el padre Matulionis regresó a Petersburgo, la ciudad llevaba ya el nombre de Leningrado. Matulionis retomó su ministerio en la parroquia del Sagrado Corazón de Jesús pero, como muchos sacerdotes habían sido deportados, ahora estaba al cargo de siete parroquias en total.

Al mismo tiempo, enseñaba en un seminario clandestino fundado por Mons. Antoni Malecki quien, desde 1926, era administrador apostólico en Leningrado.

Como Mons. Malecki, corría el riesgo de ser arrestado en cualquier momento. El 8 de diciembre de 1928 el papa Pío XI nombró al padre Matulionis obispo auxiliar. El 9 de febrero de 1929, Mons. Malecki, clandestinamente, fue consagrado obispo.

Poco después, Mons. Matulionis fue arrestado de nuevo. Después de una investigación que duró casi un año, fue acusado de espionaje para países extranjeros. Condenado a 10 años de gulag, fue deportado a las islas Solovki.

Este gulag se había acondicionado en los edificios de un complejo monástico ortodoxo, uno de los más conocidos en Rusia. Un gran número de miembros del clero estaban detenidos allí, en una barraca aparte, en la isla de Anyerski.

Estos sacerdotes y monjes, sobre todo católicos, pero también ortodoxos y luteranos, fundaron allí una especie de comunidad sacerdotal. Sin que nadie supiera que era obispo, el padre Matulionis se convirtió en líder oficioso del grupo.

En la noche del sábado al domingo, los sacerdotes celebraban en secreto la eucaristía. El padre Matulionis velaba también por que el contenido de paquetes alimentarios fuera repartido equitativamente, para que los que no los recibían pudieran sobrevivir.

La administración del gulag decidió destruir esta comunidad. Monseñor Matulionis fue transferido a una de las prisiones de Petersburgo y encerrado en un calabozo. A continuación, fue deportado a la prisión de Ledianoje Pole, donde trabajó talando árboles.

Con respecto a sus enemigos, el padre Matulionis tenía un comportamiento extraordinario, relata el padre Jurevičius. A su regreso de la prisión, solo tenía palabras buenas para sus perseguidores y añadió que él encontraba buenas personas en todas partes.

Los interrogatorios a los que le sometieron tenían lugar durante la noche, y uno de los interrogadores se caracterizaba por una brutalidad particular. El padre Matulionis le dijo: “Te molestas tanto en golpearme que te compadezco de todo corazón, sin duda preferirías pasar este tiempo en casa con tu familia”. El comunista se quedó confundido y, al día siguiente, trajo de su casa unos bocadillos para dárselos a Matulionis”.

En 1933, cuando concluyeron los acuerdos sobre el intercambio de prisioneros entre los Gobiernos de Lituania y la URSS, gracias a la intervención del Vaticano, el padre Matulionis fue liberado y regresó a Lituania. Los soviéticos no le habían autorizado a permanecer en territorio de la URSS.

Sin embargo, Matulionis era el obispo de Leningrado y allí era donde sentía que estaba su lugar. En 1934, fue a ver al papa para hablarle de este problema.

Pío XI pidió a Mons. Matulionis que le concediera primero su bendición de mártir y, después de una larga conversación con Matulionis, el Papa le aconsejó que volviera a Lituania y esperara allí a que se abriera de nuevo ante él la posibilidad de retomar su misión episcopal en la URSS.

En Kaunas, donde vivió algunos años con las hermanas benedictinas, Matulionis introdujo en la iglesia de las religiosas la adoración perpetua, la primera en Lituania. Fue también uno de los primeros promotores del culto a la divina misericordia según las revelaciones a Sor Faustina.

Durante la Segunda Guerra Mundial, como el ejército alemán avanzaba rápido hacia el este, Matulionis emprendió gestiones con los alemanes para que le autorizaran a entrar, en compañía de otros sacerdotes, a los territorios rusos ocupados y ejercer su ministerio.

Según escribió a las autoridades alemanas: “Ustedes disponen de armas, pero no van a superar al comunismo combatiéndolo con armas”. Y explicó que únicamente con el Evangelio se podía lograr la victoria sobre el comunismo. Citó incluso las palabras de Lenin, que dijo que cuando solo quedaran el comunismo y el cristianismo, se enfrentarían en una batalla definitiva. Esta argumentación no convenció a las autoridades alemanas, que no autorizaron la entrada de sacerdotes católicos en la URSS.

En 1943, Matulionis fue nombrado obispo ordinario de la diócesis de Kaišiadorys. Ayudó a los judíos de Lituania y salvó, entre otros, a la futura pianista Esther Yellin.

Durante la guerra, cuando muchos rusos acudieron a Lituania a buscar refugio, Matulionis los recibió bajo su protección. Pidió a sus sacerdotes que les enseñaran los principios de la fe y, para ayudarles en esta tarea, les envió catecismos y libros de oración en ruso.

Durante cierto tiempo mantuvo también el contacto con los sacerdotes que querían volver a la URSS. En 1942, con 27 sacerdotes, fundó el Institutum Russicum, junto al seminario de Kaunas. En 1942, redactó una carta pastoral sobre Fátima, incitando a los fieles a la confesión, a la penitencia, al rezo del rosario y a rezar por la URSS.

Cuando en 1944 el ejército soviético se acercaba a la diócesis de Kaišiadorys, pidió a los sacerdotes que no emigraran, a pesar de los riesgos. En 1946 fue encarcelado a causa de una carta pastoral donde explicaba a los jóvenes lituanos que no debían inscribirse en la organización soviética Komsomol, por tener una ideología opuesta al cristianismo.

El Consejo Particular junto con el Ministerio de Seguridad decidieron condenarle a 7 años de detención. Fue retenido en la prisión de Wlodzimierz, donde sus contactos con el mundo exterior eran muy limitados. Únicamente tenía derecho a escribir dos cartas al año. Durante 8 años le fue prohibido celebrar la santa misa.

Aunque había cumplido su pena de prisión, las autoridades soviéticas no quisieron dejarle volver a Lituania. Así que quedó confinado en una casa para inválidos en Mordovia. No obstante, en 1956, le permitieron regresar a Lituania.

Se instaló en la parroquia de Birštonas. Clandestinamente, tomó la dirección de la diócesis. En 1957, sin el permiso de las autoridades, en una habitación-capilla de la parroquia, consagró al obispo Vincentas Sladkevičius, futuro cardenal lituano.

Como consecuencia, fue obligado a establecerse en Shadovo, un pequeño pueblo al norte de Lituania, donde permaneció en residencia vigilada hasta el fin de su vida.

En 1962, la Santa Sede lo elevó a la dignidad de arzobispo “por su fervor en el ejercicio de sus deberes de buen pastor”. Juan XXIII lo invitó a los debates del Concilio Vaticano II. Sin embargo, las autoridades soviéticas no le permitieron marchar y decidieron librarse definitivamente de él.

Monseñor Matulionis murió el 20 de agosto de 1962 tres días después de haber sido golpeado durante un registro y haber recibido una inyección (de veneno probablemente) de una enfermera enviada por la KGB. Fue enterrado en una cripta de la catedral de Kaišiadorys.

La investigación diocesana para el proceso de beatificación comenzó en 1990, inmediatamente después de la proclamación de independencia de Lituania. La documentación fue enviada al Vaticano en 2008. Durante 8 años consecutivos, los documentos fueron objeto de análisis detallados efectuados por la Congregación para las Causas de los Santos.

El 1 de septiembre, el papa Francisco proclamó el decreto sobre el martirio de Teofilios Matulionis, siervo de Dios, lo cual abrió el camino a su beatificación, que se celebrará este domingo.

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