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Las 6 frases nunca debes decirle a un niño

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Mathilde Dugueyt - publicado el 21/06/17

Hay algunas frases que, aunque los padres digan de forma de forma involuntaria o por torpeza, pueden herir al hijo. Para evitarlas, hay que saber adaptar el discurso del adulto, en especial para los más pequeños. Aquí tenéis 6 expresiones muy negativas para los niños y su alternativa positiva.

Las palabras de los padres a menudo exceden lo que piensan en realidad. El niño, con la perspectiva diferente propia de su edad, no entiende las cosas de la misma forma y esas palabras mal medidas se convierten en un factor de estrés. “En lugar de crear una relación de poder y castigo y con semblante autoritario, es mejor escuchar al niño”, aconseja la psicoterapeuta Isabelle Filliozat. De hecho, es preferible manifestar curiosidad y guiar al niño preguntándole: “¿Qué te pasa? Me da la impresión de que es difícil para ti”. En cualquier caso, el diálogo es el mejor inicio para resolver una situación complicada. Hay que encontrar las palabras adecuadas para abrir una conversación y que el niño exprese lo que siente.

Aquí hay 6 ejemplos de frases negativas para un niño y su alternativa positiva, según aconseja Isabelle Filliozat.

La frase negativa: “¡Eres insoportable!”

Muy a menudo, esta frase surge de la boca de un padre o madre frustrado que necesita ayuda. El estrés le lleva a atacar al niño y transmirle su cólera. Son palabras extremadamente violentas y crueles. Hay riesgo de que el niño se paralice, pierda su tono muscular y su organismo quede en silencio; sin embargo, rápidamente su cuerpo se desata y el niño se vuelve agresivo. Va a devolver el ataque, quizás no al padre o madre, sino a uno de sus hermanos, por ejemplo. Es una reacción de estrés extremo, un comportamiento desbordante.

La alternativa positiva: “Me doy cuenta de que hoy no hemos salido mucho a la calle y que no ves otra solución que desfogarte saltando sobre el sofá”.

La frase negativa: “¡Vete a tu habitación!”

Esta exclusión es muy difícil de entender para un niño. La frase es doblemente negativa, ya que significa: “No quiero verte aquí porque te has portado mal”. En un momento en que el niño necesita de su padre o madre, el otro le pide que se aísle. Están activadas las zonas cerebrales relativas al estrés.

Cuanto más pequeño es el niño, más necesidad tiene de tener a sus padres delante para que le ayuden a autorregularse. Antes de los 13-14 años, no está preparado para controlar sus emociones. Hay que darse cuenta de que al poner palabras a su dolor, diciéndole: “Veo las lágrimas que corren por tu cara”, la palabra crea una autorregulación de las emociones.

La alternativa positiva: “Ven a mi lado, dame un abrazo y vamos a hablar tranquilos”.

La frase negativa: “Es que te ríes de mí: ¡acabas de hacer exactamente lo que te he prohibido!”

Desde el nacimiento, el cerebro es diferente y cambia con la edad. Un niño de entre 2 y 3 años no entiende la negativa. Cuando le decimos, por ejemplo, “no entres en la casa con las botas llenas de barro”, escucha “entra en la casa con las botas llenas de barro”. Y lo hará mirando a los padres para asegurarse de estar respondiendo bien a su petición.

A partir del momento en que prohibimos alguna cosa, existe el riesgo de que el niño quiera volverlo a hacer. El adulto tiene la impresión de haber retomado el control con la prohibición. Paraliza al niño con un sentimiento de miedo y vergüenza, pero no lo educa. La relación causa-efecto no está definida. El niño va hacer y repetir lo prohibido hasta controlar esa situación de miedo y vergüenza.

La alternativa positiva: “¿Qué es lo que pasa? Dime lo que sientes”.

La frase negativa: “¡Para ya con el berrinche!”

Cuando el niño parece tener un berrinche, hay que volver al motivo o la necesidad real. El niño está expresando alguna cosa. Si está pidiendo incesantemente ver un dibujo animado, por ejemplo, no es eso lo que quiere en el fondo. De hecho, reclama afecto, un abrazo, para responder al estrés producido, para calmar su cerebro. Según la situación y el carácter del niño, la respuesta es proponerle un momento de descanso o un rato de juego al aire libre.

La alternativa positiva: “¿Te gustaría salir a dar un paseo?” o “¿Y si jugamos a un juego de mesa o hacemos un dibujo?”

La frase negativa: “¡Siéntate!”

Es una de las frases más tóxicas que se pueden decir a un niño. Obligarle a sentarse lo pone en una posición de estrés máximo, no es natural para él. El niño tiene necesidad de correr o de subirse a los árboles para su bienestar, pero también para favorecer su concentración en clase, por ejemplo. El movimiento beneficia su capacidad de atención. Cuanto más obliguemos al niño a hacer sus deberes sentado, con más frecuencia será víctima de estrés con dificultades.

Cada uno tiene sus propias necesidades, algunos niños pueden ponerse de pie para trabajar con una mesa a la altura apropiada. Por otro lado, estar sentado permanentemente daña los músculos de la espalda y del perineo. El niño necesita desarrollar su musculatura para mejorar su tono corporal y minimizar el estrés. Como resultado, tendrá una mejor salud cerebral y una regulación emocional.

La alternativa positiva: ¿En qué postura prefieres ponerte?

La frase negativa: “¡Me agotas!”

Esta frase se utiliza mucho como forma de culpar al niño por el estado emocional del padre/madre, responsabilizándolo de ello. Es un gran factor de estrés para el niño. En lugar de culparle por ese cansancio, podemos expresar ese humor de forma simbólica, con un imán en el frigorífico, por ejemplo. Un sol para los días en que todo va bien, una nube para los momentos en que no nos sentimos tan bien y un rayo para los días más difíciles. El niño es empático por naturaleza, así que por contagio va a comprender los sentimientos de los padres y actuará en consecuencia.

La alternativa positiva: “Estoy cansado/a y necesito mimos”.

Si quieres saber más: ‘Comment élever les enfants les plus heureux du monde ? Les recettes du bonheur danois’ [¿Cómo criar a los niños más felices del mundo? Las recetas de la felicidad danesa], por Jessica-Joelle Alexander e Iben Dissing Sandahl (editorial JC Lattès)

Tags:
educaciónniños
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