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La paternidad espiritual: Cuesta más dar el alma que la sangre

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 09/06/17 - actualizado el 07/11/18

Si me desgasto, otros poseen más vida pero si mi miedo me hace conservar la vida, entonces muero vacío

Creo que vale más dar vida que retenerla, perderla antes que ganarla tan solo por un tiempo.Creo que vale más dar la vida del alma. Abrir la herida del corazón y dejar que brote una vida nueva para otros, para muchos. Antes que morir en la carne merece la pena morir dando la vida en el espíritu.

La paternidad espiritual es más costosa que la física. Todo padre, toda madre, sueñan con engendrar a sus hijos en el espíritu. Hijos de su amor y de su sangre. Pero hijos que también lleven grabada su misma alma, sus sentimientos, sus anhelos. Hijos que posean su misma hondura, su misma fuerza interior.

Creo que cuesta más engendrar en el espíritu. Puede ser un mismo amor. El del hijo engendrado en la carne. Pero no la misma entrega. Lleva más años ser padre en el espíritu, toda la vida. No es lo mismo la sangre que el alma. Cuesta más dar el alma que prestar la sangre.

El alma exige estar dispuesto a dar la vida por amor al hijo. Me pide renuncia y sacrificio. Una entrega plena. Aspiro a tener hijos que lleven mi alma dibujada en su rostro. El color de mis ojos ocultos. Yo soy hijo del alma de mi padre. Tengo mi alma del mismo color que el alma de mi madre. La tejieron lentamente en noches de invierno. Cuando duele negar el propio deseo y vale más la vida del hijo que la propia vida.

Paul Claudel cuenta en La anunciación a María la historia de Violaine. Era una mujer hermosa que renuncia a todo lo que tiene por amor. Sus padres la querían, iba a casarse con el hombre a quien amaba, el hombre que la amaba. Lo tenía todo para ser feliz. Pero, llevada por la compasión hacia un leproso, lo besa. Aun sabiendo a lo que se expone.

Renuncia por compasión hacia el leproso y por amor hacia la vida de su hermana que envidiaba su suerte. Ese beso sanará al leproso. Salvará a su hermana. Y a ella la hará leprosa y rechazada por el mundo: «¿Es acaso el vivir el objeto de la vida? ¿Quedarán atados los pies de los hijos de Dios a esta tierra miserable? ¡No vivir, sino morir, y no fabricar la cruz, sino subir a ella, y dar lo que tenemos sonriendo! ¡Esa es la alegría, esa es la libertad, esa es la gracia, esa es la juventud eterna! ¿De qué sirve la vida si no es para servirse de ella y para darla?».

Violaine da su vida por compasión. Se sirve de su vida para entregar vida a otros. Renuncia, se sacrifica por amor. Y libera lo que está atado. Su hermana se casa con su prometido y tiene una hija. Al poco de nacer muere. Y esa mañana de Navidad corre Mara, su hermana, llena de angustia con la niña muerta en sus brazos a buscar a Violaine.

La busca en el bosque donde vive sola con Dios, escondida. Le exige que le devuelva la vida de su hija. Y le grita cuando ella le dice que no puede hacerlo: «¿Para qué sirves entonces?». Dios en Violaine le devuelve entonces la vida. Sujeta en los brazos de Violaine vuelve a respirar. Y renueva la carne muerta de la misma Violaine.

La niña viva abre ahora sus ojos que ahora son azules como los de Violaine. La hija renacida en el espíritu tiene los mismos ojos azules de quien le ha devuelto la vida. La renuncia de Violaine da vida a otros: «¡Dichosos los que sufren y saben para qué!».

Todo su sufrimiento tiene un sentido. No comprendemos tantas veces el sentido del sufrimiento. Pero en el corazón de Dios estará todo más claro. La renuncia de Violaine salva la vida de una niña. Su lenta muerte en la montaña habrá tenido sentido.

José Luis Martín Descalzo, al preguntarle cómo veía él el sacerdocio, habla de la paternidad espiritual, habla de dar a luz en el alma. Y hace referencia a ese día en el que vio representada la obra de Paul Claudel. Comprendió en ese momento su propia vocación: «Luego otros tendrán los hijos que debieron ser nuestros y aun irán a «exigirnos» que se los resucitemos cuando han muerto. Y entonces tenemos mucho miedo, porque nos piden milagros que nos exceden Y aun así cogeremos a sus hijos en nuestros brazos y se los vamos a devolver vivos, pero con el color de nuestros ojos, nuestra pobre paternidad perdida en algún monte».

Pienso en esa entrega, en esa vida que merece la pena ser vivida. La vida siempre vale cuando se entrega por amor. No importa dónde ni cómo. Tengo claro que mi vida no me pertenece, es de Dios. La sembró Él en mí un día. Me regaló sangre y huesos. Y un alma grande que a veces descuido. Y una fuerza interior que me asombra cada día.

Y también me dio una misión que me supera. Y puso ante mí días que aún no conozco. Sembró en mí la duda y el deseo. El sueño y el amor infinito. El dolor y la esperanza. Y me puso en medio del camino donde me encuentran los hombres.

Y a veces me da miedo amar tanto que se me exija de repente tener que dar el alma. Devolver la vida. Amar hasta el extremo de la muerte. Y tal vez prefiero la tranquilidad de la sangre sin vida. De una vida muerta y olvidada. Prefiero por un momento vivir acomodado.

Y sé que tengo más amor del que retengo a ratos. Y si miro bien mis días tiene sentido todo lo que hago y lo que omito. Y vale más vivir para que otros vivan el regalo de sus vidas, que vivir para mi propio sueño.

Me asombro de nuevo ante el misterio de una paternidad que me vacía. No quiero contener un alma hueca, sin vida, sin hijos. Sé muy bien que si no amo me vacío. Y he descubierto que si me vacío al amar me lleno. Cobra vida en mí mi carne muerta. Y estando ya cansado resucito de nuevo en la mañana.

Me da miedo la renuncia cuando amo. Me duele. Cuando pierdo la seguridad de cuanto elijo. Decido retirarme para dar vida a otros. A un monte. En una cueva. Mi compasión me lleva. Y dejo un hueco abierto al que me sigue por los caminos.

Es tan vano el deseo de ser eterno en medio de la tierra, con los pies atados, demasiadas raíces… He visto que si me desgasto, otros poseen más vida. Pero si mi miedo me hace conservar la vida, entonces muero vacío. Quiero dar el alma mientras amo. No quiero sobrevivir al que es mi hijo.

Entre el egoísmo y la entrega opto de nuevo por lo segundo. Aunque me duela en lo más hondo de mi alma. Aunque a veces me seduzcan mis ganas de vivir mi propia vida. Elegir mi deseo. Abrazar mi sueño. Quiero que los ojos azules de mi alma tengan vida más larga en otras almas. Y acepto perder yo la vida mientras amo. Incluso antes de ser yo amado.

Entre dar y no dar opto por la entrega. No temo perder la sangre y los huesos que me han dado, mi carne sana. Pero no sé por qué a ratos me enredo en lo que quiero. Me amo mal. Y amo mal a los otros. Y no soy todo lo que podría ser si no me buscara tanto. Ansío con fuerza el honor. Un nombre eterno. Mi defensa frente a la ofensa. Todo en un sutil intento por retener las horas que corren por mis dedos. Cómo si quisiera hacer historia… Temo que el olvido me cubra lentamente. No lo quiero.

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