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Por qué pegar o insultar a un hijo es algo inaceptable, y cómo evitarlo

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Shutterstock-Daniel Jedzura

Luz Ivonne Ream - publicado el 07/06/17

Quienes sufrieron maltrato de niños tienen la responsabilidad de sanar heridas para no repetir esos actos con sus propios hijos

A veces los papás nos olvidamos que nuestra principal misión es amar y hacer felices a nuestros hijos. No sé cuándo nos compramos esa idea de que tenemos derechos sobre sus cuerpecitos y maltratarlos y así, inconscientemente, desahogamos nuestras frustraciones en ellos.

El gritar, desatender, insultar, despreciar, humillar, golpear, comparar, abandonar -entre otros- a quien se supone debemos amar, cuidar, formar, comprender, educar, aceptar, proteger, acoger, etc. de manera incondicional atenta contra la dignidad de esos seres que Dios nos confió. A los niños únicamente se les toca para abrazarles, consolarles, llenarles de caricias y besos.

La violencia genera más violencia. Recuerdo estar dormida en casa de una persona cercana a mi cuando a la media noche entra el papá de esa familia de manera por demás cruel a despertar con golpes a una de sus hijas. Yo me quedé paralizada de miedo. La hija mayor trataba de detener al papá para que dejara de golpearla, pero eso parecía que a él le daba más fuerza.

Una frase en particular que él dijo a su hija me resuena hasta el día de hoy: «Maldita la hora en que naciste». Al poco tiempo, la niña de escasos 15 años se fue a vivir con un narcotraficante y procreó hijos. No necesito agregar más que al día de hoy esa mujer sufre de severos trastornos emocionales y justo lo que el papá hizo con ella, lo repitió con sus hijos.

Toda emoción que no es reconocida y aceptada se vuelve autodestructiva. Este individuo era un hombre por demás violento y lo que estaba haciendo era repetir patrones de conducta. Las agresiones que él había recibido en su infancia y que nunca sanó, las arrastró hasta la edad adulta y las descargó en sus hijos.

Cada uno de nuestros hijos tiene el derecho de vivir su propia vida y nosotros tenemos la obligación de formarles, apoyarles y empujarles a que alcancen sus sueños. Pretender que ellos vivan la vida que nosotros les escogimos o hubiéramos querido tener, que estudien la misma carrera que nosotros o que sean igual de inteligentes también es violencia.

Recuerdo otro episodio en que regresábamos del colegio, y en cuanto entramos comenzó a golpear sin piedad alguna a otro de sus hijos porque había sacado muy bajas calificaciones. Para el señor fue la excusa perfecta para maltratar al hijo porque no era tan inteligente como él. El hombre tomó la raqueta de tenis y delante de sus amigos se la dejó marcada en todo su cuerpo. El niño sólo atinó a decir, con el llanto que no le paraba: «Un día voy a crecer y cada golpe que tú me has dado te lo voy a devolver».

Hace más de 35 años de estas historias. Tristemente la violencia familiar sigue en ascenso y esta no se limita a los golpes o palabras como les compartí en las experiencias anteriores. Cualquier tipo de violencia -directa o indirecta, verbalizada o tácita- deja marcas en la vida de los hijos que difícilmente se borrarán. Deja cicatrices de por vida.

Otro tipo de violencia es esta que ahora se me viene a la mente y de la que también fui testigo. El señor vivía en un tipo de «pent-House» con su esposa. Todos los hijos vivían solos en la casa de al lado. Un día cualquiera fuimos a visitarles y cual va siendo nuestra sorpresa -o susto- al entrar a su condominio vemos que la decoración de todas las paredes eran cuadros de mujeres desnudas en posiciones eróticas.

No, no eran arte. Era pornografía pura. A donde volteáramos había cosas por demás violentas a los ojos de cualquiera, máxime a los nuestros que éramos unos niños. Esto es violencia en toda la extensión de la palabra. Por supuesto que al yo platicar en casa lo que había visto, nunca más me dejaron regresar ahí. Y es que eso es violentar el sano desarrollo de una creatura. Violencia es quitar la inocencia a un niño.

No comparto estas experiencias para enjuiciar a este señor que por demás está decir se encontraba enfermísimo de sus emociones, sino para hacer hincapié en que la violencia se presenta de distintas formas y colores. Una persona violenta y que maltrata no conoce de ninguna clase de límites, como es el caso de este padre de familia que maltrataba a su propia sangre con violencia emocional, verbal, espiritual, moral -al exhibir la pornografía- física, etc.

Seguro muchos ya se estarán preguntando, ¿y la mamá? Pequeño gran detalle. No había mamá. Ella había fallecido en un accidente automovilístico donde el papá iba manejando. Después de este evento el señor se volvió aún más «difícil de amar», por no etiquetarle con algún otro peyorativo.

Cuantas historias como la de esta familia conocemos. Cuantas más se quedan sin ser denunciadas, desatendidas, sanadas.

Todo tipo de agresión trae detrás una herida emocional no resuelta. Hay muchos tipos de violencia -maltratos- que a veces nos queremos acostumbrar a ellas o las queremos ver como algo normal y casi no las reconocemos.

Lo siento, ningún tipo de violencia debe ser aceptada, tolerada bajo ninguna circunstancia. Las palabras hieren tanto o más que los golpes y muchas veces sin darnos cuenta maltratamos a nuestros hijos y herimos sus sentimientos afectando de por vida su afectividad.

Está el típico niño que es muy inquieto y hace alguna travesura. La mamá entra en cólera e histérica le comienza a gritar cosas como: “Ya me tienes harta, no te soporto. Estoy aburrida, cansada de ti…” Yo le preguntaría a la mamá, ¿de verdad estás harta, cansada y aburrida de tu hijo y ya no le soportas? O en realidad lo que estás es harta, cansada, aburrida y ya no soportas el “comportamiento” de tu hijo”.

¿Se fijan que diferente es el enfoque? En un cuadro como éste, y utilizando nuestra inteligencia emocional, la manera de dirigirnos al hijo sería: “Me siento muy cansada de este comportamiento. No estoy de acuerdo con tu actuar. Me siento frustrada. Sin embargo, a ti hijo te amo”. Con esto le mandamos al hijo el mensaje que discrepamos con su actuar, pero que nuestro amor por él fue, es y será incondicional. Le estamos reconociendo cómo nos sentimos -en primer persona- y no le “echamos la culpa” a él de lo que nos hace sentir.

Papás, al final de día los hijos son nuestro espejo y un fiel reflejo de nosotros mismos. Cambiemos nuestra actitud hacia ellos. Este tipo de maltrato que generalmente viene de la mamá cansada porque casi todo el día está con ellos es el más común y deja huellas imborrables en la vida de ellos.

Un niño maltratado es más común que maltrate en la edad adulta. Las personas que hemos sufrido de algún tipo de violencia necesitamos concientizarnos y hacer algo -o mucho- por romper con ese círculo vicioso. La violencia en ninguno de sus aspectos es un proceder normal.

Mucho menos lo podemos tomar como parte de la “educación”. Eso de que “la letra con sangre entra” es una aberración. Cuando nos violentamos con nuestros hijos de cualquier forma les mandamos muchos mensajes y no precisamente de amor. Entre ello que no tenemos la capacidad de controlarnos y que somos unas personas aún muy heridas por nuestro pasado y, pero aún, que no les aceptamos. Yo pregunto, ¿ellos qué culpa tienen de lo que hicieron con nosotros?

Necesitamos aprender a detenernos y como dicen, contar hasta cien, antes de soltar el primer golpe o palabra que puedan matar el espíritu de nuestros hijos. Nosotros somos los héroes de ellos y en su cabecita no cabe que su súper héroe le esté maltratando de esa manera.

¿Y saben que es lo más peligroso? Que en el corazón de ellos no es opción el que papá o mamá no les amen. Por lo tanto, muchas veces las agresiones las tomarán como muestra del amor que sus padres sienten por ellos. Es decir, golpes y maltratos igual a amor. Entonces, ¿se pueden imaginar el tipo de cónyuge que elegirá? Así es, uno justo que le demuestre el amor con violencia porque es la única manera en que reconocen el afecto. ¡Qué horror!

Papás, si tenemos frustraciones o cansancio no nos desquitemos con nuestros hijos. Ellos creen todo lo que nosotros les decimos, tanto lo positivo como lo negativo. La próxima vez que sientan perder el control ¡deténganse! y escuchen lo que ustedes mismos están diciendo. Si sus oídos no creen lo que escuchan, imagínense sus hijos como se sienten al escucharles decir tanta barbaridad.

Si pierdes el control con frecuencia y facilidad y eres de los que suelta golpes de manera visceral, te sugiero esta técnica. En cuanto sientas perder el control y después de contar hasta 10 respirando profundamente, muérdete la lengua para no hablar y en vez de empuñar tus manos para atacar y soltar el primer golpe, estira tus manos y entrelázalas detrás de la cintura.

Otra es la que mi mamá practicó conmigo. Cuando la desquiciaba, y aunque estaba muy molesta conmigo, en vez de insultarme o decirme cosas ofensivas, con sus dientes apretados me decía: “Dios te bendiga, Ivonne, Dios te bendiga”. Yo creo que la hice enojar mucho porque ¡vaya que Dios me ha bendecido!

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