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Cómo hizo JFK lo que Al Smith no pudo

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Recordamos al primer presidente católico de EE.UU. en el centenario de su nacimiento

John Fitzgerald Kennedy pasó únicamente dos años, diez meses y pocos días como presidente de los Estados Unidos de América. Tenía solo 46 años cuando murió. Sin embargo, con EE.UU. y todo el mundo recordando este lunes 29 de mayo como el centenario de su nacimiento, un día que, este año en EE.UU. coincide con el Memorial Day (que homenajea a los caídos en guerras), JFK sigue siendo uno de los gobernantes más relevantes e influyentes en los 226 años de historia de la presidencia estadounidense.

La muerte de JFK sigue presente en la mente de muchos estadounidenses, que tal vez recuerden su asesinato como el comienzo de una década muy turbulenta. Su muerte prematura sigue suscitando preguntas y teorías de conspiración. Es también la mayor historia de las historias de familias políticas, con su sobrada ración de tragedia y escándalo.

El día de su elección en 1960, Kennedy se convirtió en el hombre más joven elegido presidente, con 43 años. Su legado sigue presente en ámbitos como el programa espacial, los Cuerpos de Paz, los derechos civiles y las artes.

Además de ser famoso por la invasión fracasada de Bahía de Cochinos y el afortunado final de la Crisis de los Misiles con Cuba, Kennedy también es conocido por ser el primer católico en llegar al cargo más alto del país.

Aunque recientes revelaciones de que Melania Trump sea católica todavía consigan generar alboroto en la sociedad estadounidense, a algunos podría sorprenderle que en 1960 muchos estadounidenses temían directamente la perspectiva de un presidente católico.

Kennedy había pasado seis años representando como demócrata a Massachusetts en la Cámara de los Representantes y ocho años en el Senado, cuando se postuló para la presidencia. Tenía buen porte y la reputación de ser un hombre del pueblo abierto, joven y enérgico. Sin embargo, tenía que superar el prejuicio muy arraigado de que ningún “papista” podía conquistar la Casa Blanca. En 1928, Al Smith, demócrata de Nueva York, ya lo había intentado… y fracasó.

“Había mucha tradición anticatólica, en dos vertientes. Una era el antiguo fundamentalismo: el papa es el Anticristo, la Iglesia es la mujer de escarlata de la Biblia”, explica James Hitchcock, autor de Abortion, Religious Freedom and Catholic Politics [Aborto, libertad religiosa y política católica]. “Luego estaba el anticatolicismo sofisticado, que se daba entre los intelectuales liberales, [incluyendo el sentimiento de que] ciertas enseñanzas católicas, la planificación familiar por ejemplo, no son buenas para la sociedad”.

“Había un ala secular fuerte en el Partido Demócrata que pensaba que los católicos no eran de fiar en temas relacionados con la Iglesia y el Estado, ya fuera en ayudas para escuelas católicas, que los católicos tendían a apoyar, o en temas como el matrimonio y la firme postura católica de que el divorcio no es aceptable”, añade Thomas Carty, autor de A Catholic in the White House? Religion, Politics, and John Kennedy’s Presidential Campaign [¿Un católico en la Casa Blanca? Religión, política y la campaña presidencial de John Kennedy].

De hecho, como congresista, Kennedy apoyaba las ayudas gubernamentales locales a las escuelas parroquiales. “Era bueno para las políticas locales y para su electorado irlandés católico [en Boston] que consideraba injusto pagar impuestos para las escuelas públicas y luego tener que pagar la matrícula si querían enviar a sus hijos a escuelas católicas”, aclara Carty.

Cuando el Kennedy candidato presidencial se pronunció en contra de las ayudas gubernamentales a escuelas católicas, esto fue “probablemente la única cuestión que ayudó a desactivar mucha oposición en su contra”, afirma Hitchcock, que tenía 23 años por entonces. Kennedy fue el primer presidente por el que votó.

Además, los católicos eran “excesivamente agresivos” en su oposición al comunismo, señala Carty. El beligerante senador Joseph McCarthy, de Wisconsin, que lideró un esfuerzo para poner en la lista negra a muchos en Hollywood por su afiliación al Partido Comunista, verídica o supuesta, era católico “y en cierto modo era visto como un emblema de la actitud católica hacia el comunismo”, explica Carty.

“Había liberales en el Partido Demócrata que se preguntaban si Kennedy tendría también demasiado de esta actitud, si iba a resultar ser una persona belicosa”, recuerda Hitchcock.

La victoria de Kennedy en las primarias de Virginia Occidental, de gran tradición protestante, fue un buen presagio, pero después de su candidatura, corrió mucha tinta sobre un discurso televisado que dio a un grupo de pastores protestantes:

En pleno auge de la campaña contra el candidato republicano Richard Nixon, Kennedy se dirigió a la Asociación de Ministros Evangélicos del Área Metropolitana de Houston, el 12 de septiembre de 1960, para decirles que no tenía importancia para la campaña en qué tipo de Iglesia creía, sino en qué tipo de país creía.

“Creo en un Estados Unidos en que la separación de la Iglesia y el Estado es absoluta, donde ningún prelado católico le diría al presidente (si este fuera católico) cómo actuar, y donde ningún ministro protestante le diría a sus feligreses por quién votar”.

“No soy el candidato católico a presidente. Soy el candidato del Partido Demócrata para la presidencia, que, además, resulta ser un católico”, declaró. “No hablo por mi iglesia sobre asuntos públicos y la Iglesia no habla por mí”. Y continuó:

Cualquiera sea el tema que pueda tener que considerar como presidente, sobre el control de la natalidad, el divorcio, la censura, el juego o cualquier otro tema, tomaré mi decisión de acuerdo con estos puntos de vista, de acuerdo con lo que mi conciencia me indique que es lo mejor para el país, y sin considerar las presiones ni mandatos religiosos externos. Y ningún poder ni amenaza de castigo podría hacer que decidiera otra cosa.

El voto nacional del 8 de noviembre le dio a Kennedy una victoria ajustada y el 20 de enero era investido como el 35.º presidente de los Estados Unidos.

“En cierto modo, él estableció el modelo, y lo continuaron en gran medida sus hermanos [los senadores Robert Kennedy y Edward Kennedy] y otros más lo siguieron”, resume Hitchcock. El antiguo gobernador del Estado de Nueva York, Mario Cuomo, “lo llevó al siguiente nivel cuando insistió muy firmemente en la separación entre las creencias personales y la política pública”.

Hitchcock percibe una “paradoja” en el hecho de que los años de Kennedy llegaran justo antes del inicio del Concilio Vaticano Segundo.

“Se decía a menudo sobre el Concilio Vaticano Segundo, por boca más de liberales que de conservadores, diría yo, que queremos sacar a la Iglesia al mundo: ‘Sacad la Iglesia del santuario. Tenemos que dar testimonio al mundo, tenemos que trabajar por un mundo mejor. Es lo que nos exige nuestra fe’. Pero cuando llegas a asuntos públicos como el aborto, la respuesta es: ‘Espera, te estás excediendo, vuelve otra vez al santuario. No deberías mezclarte en política’.

“Así que creo que había personas que veían a Kennedy como un representante de este nuevo tipo de católico del Vaticano II, socialmente preocupado, pero que al mismo tiempo decía: ‘Mira, mi catolicismo no influye ni configura mis políticas públicas’”.

De hecho, según señala Carty, había una percepción de que JFK había roto una importante barrera. Muchos estadounidenses católicos le consideraban un héroe; incluso un mártir. En un panegírico, el cardenal de Boston, Richard Cushing, dijo que él era “tan buen católico como yo mismo”, que “pasaba más tiempo en oración privada de lo que muchos sabían”, afirma Carty. “Andrew Greeley lo calificó de doctor de la iglesia, que llevó a los católicos al centro de la vida estadounidense en vez de vivir en los márgenes”.

La mayoría de los católicos no sería tan generosa pero, en el centenario de su nacimiento, sí se recuerda a John F. Kennedy como auténtico un punto de inflexión.

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