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El recluta de las SS que le dijo no a Hitler

© OTFW CC Via Wikipedia COMP
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Cuando entre el asombro de algunos y la ira de otros, Jozef Mayr-Nusser firmó lo que iba a ser su sentencia de muerte

Konitz, Prusia oriental (hoy Chojnice, en Polonia). Era el 4 de octubre de 1944. En el ex manicomio de la ciudad, convertido en improvisado cuartel, un grupo de reclutas de las temidas SS escuchaban por enésima vez una inflamada arenga patriótica.

Todos estaban en posición de firmes y aguardaban expectantes porque en pocos días se iba a realizar el juramento de fidelidad a Adolf Hitler: Ich schwöre Dir, Adolf Hitler, als Führer und Kanzler des Deutschen Reiches, Treue und Tapferkeit. Ich gelobe Dir und den von Dir bestimmten Vorgesetzten Gehorsam bis in den Tod! So wahr mir Gott helfe! (Yo te juro, Adolf Hitler, lealtad y valentía, como guía y canciller del Imperio Alemán. Te juro a ti y a los superiores designados por ti, obediencia hasta la muerte. ¡Con la ayuda de Dios!).

De repente una mano se levantó y alguien pidió permiso para hablar. Era el recluta del Tirol del Sur Jozef Mayr-Nusser: “Yo no puedo jurar fidelidad a Hitler”.

El sargento, aturdido, mandó llamar al comandante de la compañía, que le pregunto al joven, el porqué de esa afirmación: razones religiosas, replicó el otro. El comandante entonces le ordenó que pusiera por escrito su declaración: entre el asombro de algunos y la ira de otros, Josef firmo lo que iba a ser su sentencia de muerte.

Antes de entregarla, se le acercó su compañero de armas Franz Treibenreif (a quien se debe el testimonio que cuenta lo que sucedió), que le susurró: “No creo que el Señor nos pida esto”. Su lúcida respuesta fue: “Si nunca nadie encuentra el valor de decirles que uno no está de acuerdo con las ideas nacionalsocialistas, las cosas nunca cambiarán”.

Sobre las 6 de la tarde, después de un entrenamiento especial que consistía en echarse cuerpo a tierra, levantarse y arrastrarse en el fango, Josef fue puesto bajo arresto. El 14 de noviembre de 1944 fue transferido a Gdansk, donde se encontraba el tribunal militar.

El 5 de diciembre, escribió, por última vez, a su esposa: “No puedo todavía decirte cuándo se decidirá mi destino y te ruego que seas paciente. Dios, el Padre amoroso que nos cuida siempre y en todo, no nos abandonará”.

A partir de ese día, a Hildegarda no le llegaron más noticias de su marido, hasta el 5 de abril de 1945: una comunicación del hospital militar de Erlangen, llegada a Renon, donde su familia había sido evacuada, informó que José había muerto de bronconeumonía el 24 de febrero de 1945, sobre un tren detenido proveniente de Buchenwald y en dirección a Dachau.

35 años más tarde, un ex guardia de la prisión de las SS, el austriaco Fritz Habicher, al ver en la televisión un documental sobre Josef, lo reconoció. Luego escribió una carta a su viuda Hildegarda: relató cómo el detenido siempre estaba dispuesto a dar una sonrisa y una palabra de esperanza, aunque agotado por el hambre y la disentería, mientras sus fuerzas se estaban apagando lentamente.

El tren tuvo que detenerse en Erlangen debido a una interrupción de la línea de ferrocarril, por lo que los soldados habían obtenido, con dificultad, el permiso para llevarlo al hospital. El trayecto a pie fue fatal para Josef, que, sin embargo, continuaba agradeciendo a todos aquellos que estaban tratando de ayudarlo. El médico, sin embargo, lo envió de vuelta.

Murió a la mañana siguiente: su último gesto de caridad había sido pasar el alimento a los otros prisioneros que estaban más hambrientos que él. Entre sus efectos personales se encontraron un Evangelio, un pequeño misal y un rosario.

Habicher concluyó el testimonio con estas palabras: “Josef Mayr-Nusser murió por Cristo, de eso estoy seguro, aunque me di cuenta solo 34 años después … Aunque no es mucho lo que puedo contar, sigo convencido de que he vivido catorce días junto a un santo, que hoy es mi mayor intercesor ante Dios “.

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