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Cuando la imagen se digitalizó, el fantasma ya estaba allí

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Les Films du Losange

PERSONAL SHOPPER

Hilario J. Rodríguez - publicado el 26/05/17

Personal Shopper: ¿dónde acaba la realidad y empieza el mundo de los espectros?

Me siento como U (you & tú), el antropólogo empresarial de la novela Satin Island de Tom McCarthy, atrapado en un aeropuerto, un no-lugar, incapaz de escribir un texto convincente que resuma nuestra era. Él comienza con una observación sobre la necesidad de encontrar una imagen con la que uno pueda construir el andamiaje de su identidad, más allá de los relatos o imágenes de fantasmas que nos rodean. Por supuesto, la imagen no existe, pero existe el camino para llegar hasta ella.

Y ese camino que parece haberse detenido en la novela es ya cualquier punto en el espacio, porque en todos convergen signos que nos convierten en lectores/descifradores y porque finalmente todo se ha convertido -como predijo Stéphane Mallármé- en un gran libro pendiente de cobrar forma.

Olivier Assayas en Personal Shopper nos obliga a reconsiderar el oficio de espectador en un mundo donde conectar con imágenes sólidas y no líquidas o evanescentes resulta cada vez más difícil. También nos convierte en una especie de clones del doctor Frankenstein, colocándonos ante un puzzle de piezas que no siempre encajan pero que aun así deben recuperar algo parecido a un cuerpo o una forma.

Esas tareas van dejando de parecernos titánicas y lejos de nuestro alcance en cuanto nos damos cuenta de nuestra privilegiada perspectiva, desde la que podemos ver imágenes superpuestas en un encuadre sin que ellas mismas sean conscientes, actuando cada una en solitario, como si habitasen planos espacio-temporales distintos (que nosotros, sin embargo, observamos en un único plano).

El cine, de esa manera, se convierte en un medio para médiums: el director, el guionista, el compositor de la banda sonora, el iluminador, el montador, los actores, los espectadores… Cada uno tenemos nuestro cometido, cada uno establecemos un tipo de negociación, cada uno conectamos cosas diferentes.

Assayas, en la película, amplía sus lazos con la actriz Kristen Stewart, entregándole a su personaje una película dentro de la película (Victor Hugo à Jersey) que los espectadores no vemos y tenemos que imaginar, convirtiéndonos a nosotros en testigos de presencias que la protagonista no ve aunque intuya (una de ellas posiblemente la de su hermano muerto), e instalando en el corazón del cine misterios propios del medio que tanto ella como nosotros sólo alcanzamos a percibir (a través de mensajes de texto anónimos en la pantalla de un smartphone o movimientos de cámara que siguen al vació y luego registran puertas abriéndose y cerrándose misteriosamente en el lobby de un hotel).

Stewart, por su parte, se desnuda en busca de sí misma, en un contexto francoparlante donde ella sólo habla inglés, dispuesta a realizar un desnudo emocional y físico, librándose del aura de estrella de los actores y actrices norteamericanos, para introducirse en ese contexto internacional (de corporaciones, multinacionales, aeropuertos, terrorismo y nostalgia del futuro) que Assayas lleva desplegando desde Irma Vep (1996), donde ninguna imagen tiene primacía sobre las demás porque el sentido de unas y otras ya no está en sí mismas sino en su interacción, en su amalgama, en su fusión, en su capacidad para generar nuevas imágenes a partir de los residuos o ectoplasmas de la historia del cine al colisionar.

La historia de Maureen, que acaba de perder a su hermano mellizo e intenta establecer contacto con él, parece en realidad la historia de fantasmas en la que vivimos todos a estas alturas. Tiene un trabajo que no le gusta (comprando ropa para una celebridad), una jefa que le disgusta (Nora von Waldstätten), un novio a quien no quiere (Ty Olwin), conocidos pero no verdaderos amigos, y se comunica a través de contactos espectrales, teléfonos móviles, skype y notas manuscritas, sin saber muy bien con quién y con qué fines, hombres o mujeres, el fantasma de su hermano o el de cualquier otro vagando por el espacio.

A todo responde dando la sensación de estar buscando algo o a alguien, pero en el fondo quizás buscándose a sí misma, intentando encontrar una manera de conectar con su cuerpo y a través de él con… posiblemente eso que llamamos «destino». Mientras tanto, a su alrededor se mueven personajes conectados, novios o amantes, en algún caso de una manera peligrosa que acaba en un asesinato.

La valentía de la película es incuestionable. No hay temor en las imágenes al colisionar, a veces dentro del mismo encuadre, mezclando el melodrama con el cine de terror (como en las dos partes de The Conjuring), el cine de terror con el thriller (como en algunas películas de Kiyoshi Kurosawa), y el retrato existencialista con la meditación sobre el medio cinematográfico (como en Berberian Sound Studio).

Assayas convierte las imágenes en movimiento en lugares donde se produce la resurrección, la fusión de vivos y muertos, el lugar de encuentro entre lo que somos y lo que hemos dejado de ser, la distancia más corta entre todo lo que se ha desvanecido y todo lo que comienza a cobrar forma, convirtiendo así el cine en un instrumento exploratorio parecido a los cohetes o las máquinas del tiempo de la ciencia ficción, no muy distinto a como lo utilizaron en tantas ocasiones Chris Marker o Alain Resnais.

Ficha Técnica

Título original: Personal Shopper (2016).
País: Francia.
Director: Olivier Assayas.
Guión: Olivier Assayas.
Reparto: Kristen Stewart, Lars Eidinger, Nora von Waldstätten, Anders Danielsen Lie,Pamela Betsy Cooper, Sigrid Bouaziz, David Bowles, Ty Olwin, Leo Haidar,Benoit Peverelli, Fabrice Reeves, Abigail Millar.

Tags:
cine
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