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En el perdón, ¿querer es poder?

Shutterstock-Por Marjan Apostolovic
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No olvido, pero perdono: Testimonio cedido a Despacho pro familia

Me adentré en la vida resentido y desintegrado, dañado por los seres cuyo amor más necesitaba y de quien más esperaba. Nunca creí llegar a perdonar.

Mi padre, un hombre duro, violento, distante, capaz de provocar un paralizante miedo. Mi madre, una oscura sombra que pasó a los demás la factura de sus frustraciones, inseguridades y resentimientos.

Vejaciones, insultos, golpes en el cuerpo, en la mente, en el espíritu… cicatrices profundas.

Los hijos, el alcohol, las drogas, el suicido, eran negros y oscuros fantasmas que formaban una barrera ante los sueños, ilusiones y entusiasmo por la vida que veíamos en otros hogares.

Cuando al fin empecé a salir de ese duro ambiente, en mis esfuerzos por manejar mi vida, mucho tiempo estuve pendiente del espejo retrovisor sin perder de vista esos fantasmas, mientras trataba de alejarme deprisa, sin ver bien al frente, por lo que muchas veces tomé caminos inadecuados con fuertes descalabros.

De pronto, reaccionaba con una ira desproporcionada a sus causas, con impulsos de dañar a los demás dañándome a mí mismo, dañando sobre todo a mi familia, pues paradójicamente siendo mi referencia de amor, me trasladaban inconscientemente a mi sufrimiento de niño.

No es lo mismo tener ciertos resentimientos a ser un resentido en todos los ámbitos de la existencia, y yo lo era.

Toqué fondo llegando a pensar en el suicidio como un trágico final al que estaba predestinado.

Un día decidí abrir mi alma a quien me supo ayudar. Poco a poco dejé de voltear a ver por ese espejo, y cuando lo hacía, podía ver las imágenes de esos fantasmas cada vez más lejanas y menos temibles. Desde entonces suelen venir eventualmente a mi memoria, pero ya no logran que mueran las fibras de mi alma, ya no producen en mí la derrota, incapacidades, pesimismo, autocompasión, complejos, tristeza, nostalgias,… Ya no me lastran con el peso muerto de mi pasado.

Desde entonces cada día renuevo mi esperanza, pues por grandes que hayan sido mis errores; por más grandes que sean mis limitaciones reales o subjetivas; por grandes que hayan sido los daños recibidos, recomienzo con la seguridad de que lo esencial es encontrar el verdadero sentido de mi vida y ser feliz, convencido de que lo que no haga por mí mismo no lo harán lo demás.

¿Cómo lograrlo?

Perdonando y luchando por expulsar el veneno del odio, el resentimiento, el afán de venganza. No eliminando ciertamente los recuerdos y sus malas emociones en un principio, pero sí con la actitud de no consentirlos, para modificarlos progresivamente y lograr cambiarles de signo a través de la misericordia de Dios, que da fuerza cuando no está en nuestras manos no sentir ni olvidar.

Ciertamente partí de superar mi inseguridad, de construirme un buen presente luchando por ser feliz por el camino de la virtud, pero sé muy bien que eso, siendo mucho, al mismo tiempo no era suficiente para eliminar los rescoldos de mi infelicidad si no lograba perdonarme y perdonar.

La experiencia hasta entonces me decía que para sobreponerme al desánimo ante fracasos y tropiezos era necesario actuar en sentido inverso al que marcaban mis sentimientos, haciendo que mi voluntad se sobrepusiera a ellos.

Así, cuando tiraba de mí el pesimismo ante un dudoso resultado, en vez de abandonar una tarea o una meta, seguía adelante hasta concluirla lo mejor posible; o cuando alguien me molestaba, me controlaba, en vez de responder agrediendo decidía ser paciente; o cuando por las frías mañana el calor de las sabanas me retenía, me levantaba con prontitud.

Por ello aprendí que los sentimientos y la voluntad van por caminos distintos, así que decidí perdonar aunque en principio no me encontrase emocionalmente inclinado a hacerlo.

El solo decidirlo dio paz a mi espíritu y en ese momento supe que había radicalmente tomado las riendas de mi vida. Mis profundas heridas van cerrando dejando solo sensibles cicatrices que para nada me impiden la capacidad de vivir en plenitud y ser la mejor versión de mí mismo.

A diferencia del resentimiento, el perdón no es un sentimiento, porque no equivale a dejar de sentir. Es un error comprensible que haya quienes piensan que están incapacitados para perdonar graves daños u ofensas porque consideran que no pueden superar el sentir la herida, y con ello el odio, amargura, afán de venganza…

La incapacidad para dejar de recordar y sentir puede ser efectivamente insuperable por lo menos en corto tiempo, pero lo cierto es que el perdón se sitúa en un nivel distinto y superior al del resentimiento porque está en el nivel de la voluntad y por ello Dios espera que lo logremos.

“Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”

Por Orfa Astorga de Lira.
Escríbenos a consultorio@aleteia.org

 

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