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¿Cómo transformó Jesús las humillaciones y tormentos en amor, serenidad y ternura?

Everett Art/Shutterstock

Sergio Argüello Vences - publicado el 14/05/17

Fíjate en cuánto amor hay en surostro

El Viernes Santo quedé impresionado por la crueldad con que trataban a quien actuaba de Jesús. El camino que eligieron para el Viacrucis era realmente pesado. Yo mismo ya no aguantaba los pies, el calor me estaba haciendo sufrir; me puse a pensar en el joven que estaba en el lugar de Cristo, lo golpeaban bien fuerte. Además quienes salieron de soldados se tomaban muy bien su papel de gritarle y humillarlo.

Después me detuve y me di cuenta de que la verdadera crucifixión debió ser atroz. No puedo ni imaginar la cantidad de dolor, maltratos, tormentos, humillaciones, groserías, abucheos y demás insultos que recibió Nuestro Señor, sentí un escalofrío terrible… en ese momento me volteé para verlo y me sorprendió su rostro tan sereno. Nos miraba con ternura, con compasión.

Me conmovió mucho su mirada y le pregunté: mi buen Jesús, a pesar de que te llamaron borracho, loco, blasfemo y terminaste muriendo de una forma tan cruel, ¿cómo lo hiciste para no amargarte y envenenarte por todo lo que padeciste? ¿Cómo transformaste esas humillaciones y tormentos en amor, serenidad y ternura?

Y es que basta con mirar en nuestro interior, o voltear la mirada a nuestro alrededor para descubrir que el dolor y el sufrimiento han lastimado mucho.

Encontramos personas que fueron heridas pero que no aprendieron a perdonar, y ahora su corazón es una coraza tan dura que no pueden sentir ni el amor, ni la ternura, ni la felicidad. Han levantado unos muros enormes cuya base es el rencor o el miedo y nadie puede cruzarlos, y ante la menor provocación encuentran el veneno suficiente para mantener la amargura y el resentimiento que les sigue secando el alma.

En cambio en otras personas, como en Jesús mismo, las penas y las humillaciones aunque les hicieron sufrir no les envenenaron el alma, al contrario los transformó y los hizo más comprensivos, más amables, más buena gente. ¿Qué hace que ellos actúen diferente?

Como sacerdote me doy cuenta de que las personas más espirituales, más allegadas a Dios y a su Iglesia, pueden sortear más fácilmente las garras de la amargura.

De verdad que conozco personas que han sufrido mucho, que las han hecho padecer, que les han quitado todo, que las han abandonado, estas personas tendrían muchas razones para vivir resentidas… pero su fe, su confianza en Dios las tiene tan serenas…

Y lo confirmo ahora al mirar a Cristo en la cruz: las personas más cercanas a Dios, aquellas que comprenden bien su entrega pueden transformar todos sus padecimientos en amor.

Seguía viendo el rostro de Cristo y sentí que quería decirme algo:

– He venido para enseñarles el camino, cuánto me aflige que algunos permitan que los dolores, las humillaciones y los padecimientos les causen tanto daño y se dejen envenenar el corazón; siento mucha tristeza por que permitan que sus vidas se queden secas, sin amor, sin alegría; pero más me duele cuando quienes sufrieron, ahora hagan sufrir… cuánto me gustaría que voltearan a verme en la cruz y aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón. Quisiera que aceptaran sus heridas y descubrieran que a través de ellas yo podría entrar en sus corazones y desde allí sanarlos y reconstruir toda su vida.

– Mi Jesús, lamento mucho hacerte sufrir por nuestro necio corazón, yo mismo muchas veces me he dejado contaminar, pero el día de hoy al verte transformar todos tus padecimientos en amor y salvación, al contemplar tu mirada tan dulce te prometo ablandar mi corazón para soltar todo lo que me hace daño; quiero dejar mi interior sólo para Ti, para que me salves de la amargura y del resentimiento.

Después de este diálogo con mi Señor parecía que el sol y el cansancio ya no me afectaran. Ahora sólo me falta que las heridas que están en mi corazón y en el tuyo, querido lector, ya no nos lastimen, pidámosle juntos a Dios que venga pronto y sane nuestro dolido corazón. Amén.

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