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¿Quién era Jacinta Marto, la pastorcita que vio a la Virgen en Fátima?

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Sus ojos hablaban de Dios, y ella era insaciable en materia de “sacrificios y mortificaciones”

Después de la primera parte en la que hablamos de Francisco, que sentía la vocación de rezar y consolar al Señor y a la Virgen María por los pecados de los hombres, Aleteia les propone descubrir a Jacinta, su hermana pequeña, cuya única preocupación era convertir a los pecadores y alejar a las almas del infierno. Lucía, su prima, hablaba con la Virgen durante las apariciones; Francisco veía, pero no entendía nada; Jacinta, por su parte, no hablaba, pero lo veía y entendía todo.

Jacinta, su vocación

Jacinta era la menor de los hermanos Marto, nacida dos años después de su hermano Francisco. En 1917, igual que su hermano, no sabía leer y, como él, todavía no había hecho su primera comunión.

Según su prima Lucía, era una niña vivaz y alegre, que iba siempre con el corazón en la mano. Muy sensible, también era un poco gruñona y bastaba poco para contrariarla.

Pero, al igual que Francisco, tenía cierta serenidad espiritual que debía al clima de gran fe que reinaba en su familia. En todas sus acciones parecía vislumbrarse la presencia de Dios y de la Virgen.

Arriba en las montañas, al abrigo de las miradas, disfrutaba con su hermano repitiendo en alto sus nombres. Él llegaba incluso a recitar el Ave María a los vientos, cuidando bien que el eco de cada palabra fuera perfectamente audible.

Es a Jacinta, según afirmó más tarde Lucía, a quien la Santa Virgen transmitió una “mayor abundancia de gracias” y un “mejor conocimiento de Dios y de las virtudes”.

El retrato que Lucía hace de su prima es el de alguien “de corazón puro”, según informa el sitio web italiano de referencia sobre los santos y beatos santiebeati.it. Sus ojos hablaban de Dios, y ella era insaciable en materia de “sacrificios y mortificaciones”.

Al igual que Francisco, había quedado bien impreso también en el corazón de Jacinta la recomendación que les había hecho la Virgen durante su cuarta aparición (fueron seis en total): “Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores”, decía cada vez que se privaba de beber o de comer o padecía burlas o malos tratos.

Y siempre repetía: “Amo tanto al Señor y a la Virgen María que no me canso de decirles que les amo”. Y canturreaba sin cesar: “¡Dulce corazón de María, sed la salvación mía! Corazón Inmaculado de María, convertid a los pecadores, salvad a las almas del infierno”.

Al igual que con Francisco y Lucía, la promesa de la Virgen resonaba sin parar en el interior de Jacinta: “Sufriréis mucho, pero la gracia de Dios será vuestro consuelo”.

El “milagro” del ataúd

Como su hermano Francisco, Jacinta no vivió mucho. Enfermó al mismo tiempo que él de gripe española en 1918, pero murió un año antes que él, después de un largo mes de agonía.

Durante este periodo, la Virgen se le apareció tres veces: “¡Oh, Mamá! (…) ¿No veis a Nuestra Señora de la Cova da Iria?”, exclamó un día.

Murió sola el 20 de febrero de 1920, como le había predicho la Virgen en una visión: “Nuestra Señora nos vino a ver, y dice que en seguida viene a buscar a Francisco para llevarle al cielo. A mí me preguntó si todavía quería convertir más pecadores. Le dije que sí”, relataría más tarde su prima llena de emoción (fatima.be). No era para sanarla, sino para que sufriera más “en reparación a las ofensas cometidas contra el Corazón Inmaculado de María”.

Jacinta murió sola, pero sin temor, porque la Virgen le había prometido venir a “buscarla para ir al Cielo”.

El féretro de la pequeña vidente fue depositado en la iglesia de los Ángeles. Y, cosa extraña, tres días después de su fallecimiento, se cuenta que su cuerpo desprendía un olor a flores, absolutamente sorprendente después de haber estado al aire libre y tras una enfermedad con un carácter tan purulento.

Nadie se lo explicaba. Además, sus labios y mejillas estaban de un bello color rosado, como si la pequeña siguiera viva.

El 12 de septiembre de 1935, sus restos fueron transferidos de Vila Nova de Ourém a Fátima. Cuando abrieron el ataúd, los asistentes pudieron constatar que el rostro de la vidente permanecía intacto. Y permaneció igual durante la exhumación definitiva en la basílica, el 1 de mayo de 1951.

Enviaron una fotografía del rostro de Jacinta a Lucía, que a su vez la envió al obispo de Leiria José Alves Correia, haciéndole partícipe en una carta de su deseo de que un día el Señor tuviera a bien darle “la aureola de los santos, por la grandísima gloria de la Santa Virgen”.

Después de esta carta, el obispo portugués pidió a Lucía que escribiera todo lo que sabía sobre la vida de Jacinta. Estos escritos constituyeron la primera de las seis partes de las Memorias de la hermana Lucía, publicado en 1935.

Su recompensa en la Tierra

17 años después de la peregrinación de Juan Pablo II a Fátima, en mayo del 2000, cuando Francisco fue beatificado junto a su hermana Jacinta (48 años después de la apertura del proceso), el papa Francisco regresó en 2017 al lugar para celebrar el centenario de las apariciones y proclamar, el 13 de mayo, su canonización, que los convirtió en los primeros niños, hermano y hermana, no mártires, en ser santos juntos.

El primer milagro sucedido por su intercesión y escogido para su beatificación fue la curación, el 25 de marzo de 1987, de María Emilia Santos, de Leiria (Portugal), parapléjica, que recuperó la capacidad para andar después de rezar el rosario durante un retiro para enfermos en Fátima.

El segundo milagro seleccionado para su canonización es la curación de un bebé portugués, Felipe Moura Marques, que vivía en Suiza, diabético de nacimiento (diabetes tipo 1) y declarado “incurable”.

Lucia os Santos, prima de los hermanos Marto, podría ser también beatificada y luego canonizada, pero su fallecimiento es más reciente (2005).

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