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¿Existen “haters” católicos?

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Personas que publican comentarios de odio en Internet… ni la humillación ni las piedras construyen el vínculo de la caridad

Yo me acuerdo que, cuando tenía 17 años, había una serie estadounidense que se llamaba Beverly Hills 90210. La serie presentaba la vida de adolescentes estadounidenses, y una se llamaba Brenda Walsh. Un día, leí en el periódico que había un movimiento llamado I Hate Brenda (Yo odio a Brenda). Me acuerdo de haber pensado durante un tiempo: «¿quién dice abiertamente que odia a alguien, incluso siendo un personaje de TV? ¿Quién se siente tan cómodo con ello que hasta hace de eso un movimiento?».

El odio en Internet

Bien, «Internet dio voz a millones de imbéciles», según Umberto Eco. ¡Parece que dio más, dio voz al odio de millones!

Según Wikipedia: «Hater» es un término usado en Internet para clasificar personas que publican comentarios de odio o crítica sin mucho criterio.

Diariamente, mi timeline presenta frente a mis ojos muchas iniciativas de esperanza, fe y caridad, pero también una excesiva agresividad crítica. No son ideas, las que golpean verbalmente o por medio de imágenes (memes), sino las personas.

Y abro el Apple Store y ahí está la propaganda de una aplicación llamada: Hater – conoce gente que odia las mismas cosas que tú.

El odio en el ambiente digital cristiano

Muchos de nosotros conoce la frase de san Agustín: «Odiar el error, amar a los que se equivocan«. ¿Habrá ese propósito caducado en nuestros días?

Y al realizar una búsqueda en Google, encontré enseguida en la parte superior un texto que empezaba así: «La frase ‘Dios ama a los pecadores, pero odia el pecado’ no está en la Biblia. Es fruto de una reflexión derivada de una psicología secular, humanista y completamente diabólica».

Parece que Internet permite y protege la difusión de ciertos odios y conflictos que, si se vivieran presencialmente, serían suavizados por reglas de buena convivencia y respeto.

Hay también una cierta permisividad al invadir la privacidad del otro. Al trabajar durante años con adolescentes, he visto la frecuencia con la que se da una exposición por fotos y videos de los «peores» momentos de los demás. Lo que antes era sólo una crítica verbal (aunque llena de vociferación), ahora gana color, imágenes y sonidos descontextualizados, implacablemente juzgados como si al otro lado no hubiera un ser humano.

Además, exponer a otro o incluso multiplicar la exposición que él hizo de sí mismo parece dar cierta satisfacción. Como si hubiera un «nosotros» y un «ellos», donde los límites entre muchachos y maleantes, santos y pecadores, justos e injustos tranquilizara nuestra conciencia.

La intolerancia con las divergencias e incoherencias se mezclan con los intolerantes, divergentes e incoherentes

Renato Rovai, doctorando en Ciencias de la Cultura y la Comunicación en la UFABC y profesor de Periodismo Digital en la Facultad Cásper Líbero, explica que «los haters son personas con ideologías fuertes y que no aceptan opiniones divergentes. Para atacar a los internautas con ideas diferentes, éstos se unen y envían mensajes de odio».

La intolerancia a las divergencias asusta. La incapacidad de dialogar respetando las diferencias se vuelve omnipresente, en especial la intolerancia con la incoherencia, o lo que se considera incoherencia del otro. Un post, una foto, un comentario ya son suficientes para etiquetar al otro y su conducta. Ya son suficientes para ser llamados a orientar su conducta y buena doctrina.

En el ambiente digital, diferente del presencial, todos somos fiscales de la vida ajena.

Los muchas tonalidades en este panorama

Mi amigo, un buen amigo con quien tengo diferencias y semejanzas, me alertó de que existen haters, pero necesitamos saber diferenciar aquellos que defienden la doctrina de aquellos que lo hacen (defender la doctrina) de manera exagerada (por falta de educación) y de los conservadores.

Mi amigo me recordó que son muchos las tonalidades y no sólo blanco y negro. Existen muchas, más de 50, tonalidades en este panorama.

¿Un camino o salida?

Bien, yo no soy filósofo, sociólogo, pensador ni nada parecido. Soy un evangelizador, catequista, cristiano católico. Soy pecador. Todos los días, pienso en cómo construir el Reino de Dios aquí y ahora. Poco a poco. En un «ya» y un «aún no». No tengo las respuestas.

Tengo preocupaciones y sufrimientos por todos, los que odian y son odiados, los que no toleran y no son tolerados. Los que corrigen sin preocuparse en ser corregidos. No quiero la permisividad y la relativización absoluta, pero tampoco puedo dejar de partir siempre del mismo punto, que es paradójicamente el mismo punto de llegada también: el otro.

«Amando al prójimo, limpias los ojos para ver a Dios», nos recuerda Agustín. No cabe en mí aquí juzgar el amor y la caridad de quien publica, comenta o comparte. Tal vez, quepa más la preocupación con la viga en nuestro ojo que con la viga del ojo del otro.

Finalmente, no todos dicen: «¿Señor, no fue en tu nombre que hicimos esto o aquello?». Al final, tenemos que tener más para ofrecer en obras de misericordia.

Corregir forma parte de la dinámica de la comunidad, pero también necesitamos cuidar de la forma, el tono y el timbre, del lugar propicio, aunque ese lugar sea una red social. Publicar textos y exponer argumentos. Dar testimonios de santidad y coherencia. No callar en lo que podamos contribuir para el crecimiento de la Iglesia. No humillemos a los otros al exponer sus limitaciones. No apedreemos cuando el otro parezca estar en pecado. Ni la humillación ni las piedras construyen el vínculo de la caridad que fundamenta el Reino de Dios.

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Por Augusto Cezar (Músico de la Banda DOM, compositor, escritor y conferencista), por Canção Nova.  

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