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La Virgen de Chiquinquirá, la gran intercesora de la paz en Colombia

Dario Hurtado-cc
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El papa Francisco tendrá un momento de oración frente a su imagen cuando visite Bogotá

En el mes de septiembre el papa Francisco se convertirá en el tercero que visite Bogotá, capital de Colombia. Y así como lo hizo Juan Pablo II en 1986, también tendrá un espacio de oración frente al cuadro de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, aunque sin poder visitar el Santuario debido al poco tiempo de su estadía por ello se trasladará el lienzo a la Catedral de Bogotá.

Esta noticia ha alegrado a muchos colombianos, un pueblo mariano y ardoroso en su fe. Sin embargo, los diversos momentos difíciles que ha atravesado el país a veces de forma aparente apagan ese ardor y piedad popular.

Un ejemplo de esa devoción es es Olga Lucía Montero, una mujer natural de Bogotá, que mira con esperanza la visita del papa Francisco y su veneración al cuadro de Nuestra Señora del Rosario de Chinquinquirá. “Puede ayudar a que se aumente la devoción por Nuestra Señora y apreciemos, los colombianos, el gran tesoro y bendición que poseemos en nuestro país”, expresa.

La piedad mariana

La historia comenzó en el año 1560, cuando el español Antonio de Santana recibió el encargo de administrar Suta (Boyacá). Fue él quien solicitó al fraile dominico Andrés Jadraque una imagen de la Virgen María, para colocarla en la capilla de la región.

Fue así cuando Fray Andrés fue a Tunja y encargó a Alonso de Narváez que le pintara una copia de la imagen de la Virgen María. Esta pintura fue hecha en un lienzo de algodón de 1,26 x 1,13 cm., tejido por los indios, utilizando mezcla de tierra de colores y zumo de yerbas y flores. Al ver que a los lados de la imagen quedaba mucho espacio decidió pintar al lado derecho a San Antonio de Padua y al lado izquierdo pintó a San Andrés.

Esta imagen fue colocada en la capilla donde Fray Andrés catequizaba a los indios. Cuando éste fue enviado a otro convento la imagen quedó abandonada y con el tiempo la capilla se deterioró, hasta el punto de dañar la imagen. El cuadro, por tal motivo, fue usado para otros quehaceres domésticos puesto que había perdido su belleza.

En 1577 muere Antonio de Santana y su esposa deciden retirarse a la aldea de Chiquinquirá y llevar consigo el lienzo que era usado para los servicios domésticos. Al pasar los años, María Ramos, cuñada del difunto, decide vivir también en Chiquinquirá y ahí encuentra el lienzo abandonado y en muy mal estado.

María se quiso quedar en Chiquinquirá

“¿Hasta cuándo, rosa del cielo, habéis de estar tan escondida? ¿Cuándo será el día en que os manifestéis y os dejéis ver al descubierto para que mis ojos se regalen de vuestra soberana hermosura, que llene de alegría mi alma?”, repetía María Ramos con frecuencia hasta que un 26 de diciembre de 1586 fue testigo de una luz fulgurante que salía del cuadro e invadía la capilla. Toda la pintura estaba renovada completamente, aunque permanecieron los agujeros que tenía.

Alzando el cuadro se distinguía aún el rostro de la Madre Santísima que permaneció encendido todo el día; hasta quedar la imagen tal como hoy se contempla. La noticia se propagó velozmente y fueron muchos los que acudieron a ver la imagen renovada.

Actualmente, son muchos los que peregrinan al Santuario y se postran ante el cuadro de María para pedir su intercesión. Olga Lucía, quien ha visitado el cuadro en dos ocasiones, comparte que al rezar ante la imagen de Nuestra Señora del Rosario experimenta “alegría de descubrir la forma como actúa la Virgen, y encuentra en Ella un ejemplo a seguir, un modelo de vida”

“Ella es quien me ayuda de llegar a Jesús, a descubrirlo y amarlo cada vez más”, agrega.

Una invitación al recogimiento

Este cuadro ante el cual Juan Pablo II consagró a Colombia bajo los cuidados de María, estuvo en varias capillas desde el prodigio ocurrido hasta que finalmente se ubicó en el Santuario de Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá que desde sus inicios ha sido encargado a los dominicos, y que año a año recibe la visita de peregrinos.

En él se descubre el rostro de María que destaca por su modestia y ligera sonrisa, sus ojos entrecerrados mueven al recogimiento. Aparece con un velo blanco que cubre su cabeza y viste un manto celeste, una túnica rosada, un rosario cuelga de las manos de María y del Niño Jesús, quien en la derecha sostiene tiene un hilo que pende del pie de un pajarillo.

A la derecha de María, está San Antonio de Padua, quien sostiene un libro sobre el cual está el Niño Jesús con el mapamundi en sus manos y en la derecha sostiene una palma. A la izquierda está San Andrés leyendo la Sagrada Escritura y cogiendo la cruz del martirio

María sostiene en sus brazos al Niño Jesús invitándonos a acogernos a Él, quien puede remediar todos nuestros males.“En Ella se descubre el inmenso amor que da paz y tranquilidad que sólo recibe de una madre. Es mi gran consuelo y en quien encuentro un abrazo y amor maternal. Siento que puedo acercarme a ella y encontrar a una gran amiga y aliada que me ayuda a encontrar respuestas y amor”, termina diciendo Olga Lucía Montero.

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