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¿Por qué tardas tanto en actuar, Dios?

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 24/04/17

Necesito mirar a Jesús e implorar su Espíritu que calme mis ansias

Sé que la paciencia es esa virtud que necesito para crecer en mi camino. Creer y esperar. Caminar y soñar con la meta que ya intuyo. No quiero dejarme llevar por las dudas y los miedos cuando arrecie la tormenta. Quiero aprender a esperar con paciencia a que el fruto madure. Pero a veces me veo corriendo y exigiéndole al tiempo lo que no me puede dar. Me falta paciencia.

Comentaba el papa Francisco en la exhortación apostólica Amoris Laetitia: “Sin disminuir el valor del ideal evangélico, hay que acompañar con misericordia y paciencia las etapas posibles de crecimiento de las personas que se van construyendo día a día”.

Acompañar con paciencia el lento crecimiento de las personas. ¡Cuánto me impaciento a veces con los demás! Busco resultados inmediatos. Quiero cambios profundos en las personas. Y no es posible. El alma no cambia de golpe. Crece lentamente. Avanza despacio por el camino que Dios le presenta. La madurez en muchos aspectos de nuestra vida no sucede de la noche a la mañana. Lleva su tiempo, requiere paciencia.

Una persona rezaba: “Te pido perdón, Jesús, porque no tengo paciencia con los que me enervan. No quiero que nadie cambie mis planes. Tengo claro lo que quiero y no quiero distracciones. Me molestan las peticiones imprudentes. Esas peticiones que me sacan de lo que yo deseo hacer”.

Me falta paciencia para aceptar al imprudente, para convivir con el que me organiza la vida y quiere decidir lo que a mí me conviene. Puede ser mi orgullo. O mi falta de tolerancia ante los defectos del prójimo.

Soy impaciente. Y quiero que las personas maduren sin dilación. No me quiero enervar con sus defectos. Respeto sus procesos. Acepto el momento en el que se encuentran.

También me falta paciencia conmigo mismo. Sufro con mis pecados repetidos, con mi debilidad manifiesta. Sufro porque no avanzo y ser repiten en mí las debilidades de siempre.

El otro día leía: “En la paciencia adquiriréis vuestro verdadero rostro. Seréis vosotros mismos. La auténtica personalidad cristiana se da en la paciencia”[1]. En la paciencia me encontraré conmigo mismo. En la paciencia ante Dios. Allí me encontraré con mi verdad.

Muchas veces quiero cambiar y no lo consigo. Busco una transformación total que nunca llega. Dejar de pecar, de caer, de errar. Deseo una conversión total del corazón. Y no lo logro. Como si pensara que la meta de mi vida ascética es no cometer ningún pecado.

Soy muy impaciente conmigo mismo. Porque no avanzo tanto como quisiera y retrocedo la mayoría de las veces. Creo que he superado alguna debilidad y pronto vuelve Jesús a mostrarme mi herida. Para que sea más humilde. Para que bese mi verdad. Veo que sigo siendo el mismo.

Mi herida de amor sigue ahí, anclada en el alma, abriéndome por dentro. Cargo con esa herida de amor. Y por eso soy impaciente con Él. Porque quiero tocar su amor pero Él permanece escondido ante mis ojos. Y no palpo su mano sosteniendo mi vida. Y no veo su amor acariciando mi herida. Me duele. Y por eso mendigo otros amores que no me llenan por dentro. Ni sanan la hondura de mi herida.

Los pastorcitos de Fátima se preguntaban dónde estaba Jesús que no podían verlo. Lo llaman Jesús escondido en la Eucaristía. Le rezan a Dios escondido. Está escondido en mi vida, en mis pasos, en mis aguas. Sé que Él tiene paciencia conmigo. Sé que es paciente y misericordioso.

Porque muchas veces vuelvo después de haber caído y Él no me recrimina. No me echa en cara mi debilidad, no resalta mi pecado. En su ternura me ve bueno. Me abraza de nuevo como si no hubiera pasado nada. Como si ese abrazo fuera lo único que yo necesitara para ser mejor.

Y es así. Es lo único que me hace falta. Ser abrazado con fuerza. Busco ese abrazo de Dios que es paciente y misericordioso conmigo. Pero luego yo no soy paciente con Él. No acepto sus planes, sus caminos. Quiero hacer mi voluntad siempre. Que se haga la luz en mi camino.

Estoy acostumbrado a la inmediatez. No quiero perder el tiempo con desvíos. Lo quiero todo ya y ahora y de la forma que yo he pensado. Y los caminos de Dios son más lentos que los míos. Quiero confiar más en sus manos y ser paciente con su amor. Quiero abandonarme en Él.

“Llega un punto en el que el camino se bifurca. Y esta encrucijada es tan compleja que define tu vida, porque lo que hay que elegir es cómo vivir, en qué Dios creer, y si uno está dispuesto (de veras) a ponerse en sus manos[2]. Es la actitud que Dios me pide. En la paciencia buscar el querer de Dios. Con un alma tranquila y paciente. Con un corazón en paz.

Quiero creer en ese Dios que viene a buscarme aunque yo piense que se ha olvidado de mí. Vuelve siempre y sólo me pide que aguarde unos días, un momento, años. Toda una vida esperando su venida a mi vida en el mismo lugar donde Él me dejó.

Ese Dios escondido. Es el misterio que quiero vivir cada mañana. El del sí que aguarda. El de mi sí paciente. Necesito mirar a Jesús e implorar su Espíritu que calme mis ansias.

Aguardo su venida sin exigir nada. Viene de sorpresa, cuando menos lo espero. Sólo sé que tengo que estar ahí. Esperando su abrazo como la primera vez. Esperando su amor que me busca sin reposo porque sabe que yo no me he ido.

Esa paciencia es un don que le pido a Dios para la vida. Un don para saber esperar y aguardar sin poner en duda que me quiere con locura. En la paciencia descubro mi verdad. Sin cuestionar su amor. Sin poner en duda su poder.

[1] André Louf, Escuela de contemplación, Vivir según el sentir de Cristo, 22

[2] José María Rodríguez Olaizola, Ignacio de Loyola, nunca solo

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