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¿Cómo imaginar la vida después de la muerte?

Kimber Shaw | Flickr

Carlos Padilla Esteban - publicado el 21/04/17

Quiero ahondar más en el amanecer que veo

Me gusta detenerme frente a una puesta de sol. Mirar el ancho mar desde la orilla. Recorrer paisajes inalcanzables por largos caminos. Observar desde una montaña una vasta llanura sin ver su final. Me gusta la vida que observan mis ojos.

No quiero vivir ciego a la belleza que me rodea. Con el miedo pegado a la piel por la situación tensa que vive el mundo. No peco de superficial al ver lo bello detrás de una noche oscura. La luz al amanecer el día. La vida después de la muerte.

Y doy gracias a Dios por ese don que me hace de darme unos ojos hondos para no quedarme sólo en la apariencia. Es verdad que me da miedo pasar por alto las cosas bellas que hay escondidas. Y no agradecer por todo lo que vivo cada día, con la ingenuidad de un niño.

Creo que tengo el don de ser niño para descubrir a Dios oculto. Por eso puedo admirarme de las cosas que veo. Sin entrar en un juicio inmediato. Sin atarme a mi prejuicio.

Es verdad que puedo perder esa mirada inocente. Eso me da miedo. Creo que tengo un corazón muy humano y no quiero dejar de tocar lo humano. Porque esa forma de mirar me ata a la vida y tal vez me haga temer algo más la muerte.

Tengo ese don de echar raíces. Y aunque duele extender el alma más allá de sus límites, me niego a vivir la vida sin amar hasta el extremo.

Me gusta mirar a Jesús que surge de la oscuridad de un sepulcro que queda vacío. Me gusta la luz de la Pascua que lo ilumina todo acabando con la noche. Y es por eso quizás que el mar tiene más olas y el cielo más profundidad azul despejado de nubes.

Tal vez mi barca tema adentrarse en las aguas más hondas. El miedo inconsciente a dejar la seguridad que toco en la arena de la playa. La paz de una orilla que me trae recuerdos eternos. Quiero alegrarme al oír la voz de Jesús que me grita: Alegraos.

Mi corazón desea una paz nueva, renovada. Una alegría que no pase. Y toco mis cinco heridas cubiertas de gloria pasada la noche. Todo es posible al llegar el día. Ese misterio de la vida que sorprende a mis ojos.

¿Cómo imaginar la vida después de la muerte? El corazón teme encontrar sólo noche después de un día lleno de luz, al apagarse el rojizo atardecer ante mis ojos. Y cada noche intuyo que pronto surgirá la luz del nuevo día.

Un amanecer me espera. En ese volver a empezar que tiene mi naturaleza. Me deshago en dolores una noche. Caigo, tropiezo y pierdo. Y vuelo lleno de esperanza de nuevo por la mañana. Es como si nada tuviera la palabra definitiva.

El corazón se calma de pronto mirando el hondo mar ante mis ojos. Escucho la voz de Jesús que me invita a encontrarlo en Galilea. Allí donde me amó primero. Ese lugar sagrado de mi primer encuentro. Cuando me dijo que me quería. Cuando me llamó a seguir sus pasos conociendo tan bien mis debilidades, mis torpezas, mis caídas.

Y comprendo que su amor no es un premio por mis talentos. Sino más bien un acto más de una misericordia que no imagino. Una generosidad que supera todo límite.

Y por eso me gusta aún más su voz sobre las aguas calmando mis miedos. Y me alegra su presencia al ritmo de mis pisadas corriendo por la vida. Y quiero guardar como un tesoro sus palabras en mi alma. Su sonrisa. Su deseo de que continúe el camino sin temer las distancias. Es esa certeza que tengo de haber mirado sus ojos y haberme visto en ellos reflejado.

Una persona rezaba: Pongo los ojos en ti. No en mí, ni en mis fuerzas. No en lo que dices. Sino en ti. En tus ojos. Mírame Tú. Entre la gente, mírame, Señor. No quiero perderte de vista. Te quiero mucho Jesús. No sé si yo te hubiese seguido si no hubiera tocado tu voz. No lo sé. Ojalá siempre te mire a los ojos, para creer”.

Deseo volver a sentir su mirada sobre mí. Que me mire. Como me miró otras veces. Que me mire siempre. Cuando caigo. Cuando me mantengo erguido. Tal vez no doy gracias con suficiente fuerza.

A veces siento que soy superficial y me quedo en la apariencia de las cosas. Y no navego en lo más profundo de mi alma. Quiero ahondar más en el silencio de mi vida. En el amanecer que veo. En ese atardecer que me inquieta.

El alma busca un descanso que sea eterno. Y esa paz lograda que en la vida permanece junto a mi alma inquieta. Deseo transformar mi vida en lo que Jesús desea. Ser como Él. Ser Él.

Y me encuentro siempre tan a mitad de camino entre su vida y la mía. Escalando cumbres imposibles. Recorriendo desiertos inciertos. Y creo. Sí, confío en su mano sosteniendo mis pasos. Creo con más fuerza. No puedo dudar de su llamada. Sé que otra vez me llama.

Me siento indigno de su amor, pero Él me ama. Sabe cómo soy, conoce mi alma. Él ve una belleza que yo no conozco. Y me ama con un amor que nunca he sentido. Sé que es así. Lo intuyo. Es la certeza que mueve mis pasos. Y mis remos sobre la barca. Donde Él quiera que vaya en medio de la tormenta. Sobre mis olas. No temo.

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